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Lo que está vivo

La literatura es una forma de reivindicar la individualidad y la independencia de criterio en épocas de forzosa uniformidad, de redes sociales y obsesión por gustar

En su bello diario de viaje por Túnez de abril de 1914, Paul Klee revela un cumplido que le hizo el pintor Louis Moilliet: “Hasta que te conocí”, le dijo, “pintaba como quien mira por una ventana”.

No sabemos cómo se pinta “como quien mira por una ventana”, por supuesto; pero parece evidente que Moilliet se refería a la diferencia sustancial entre aquello que en pintura (y en literatura, por supuesto) nos parece que está vivo y aquello que no lo está. ¿Cómo definir esa diferencia? Aunque la crítica literaria se encarga de ello desde hace décadas, no existe unanimidad al respecto: cada uno de nosotros, en tanto lectores, puede reconocer esa diferencia, por supuesto, pero sólo puede formularla de manera individual.

La conversación sobre arte es, precisamente, una conversación acerca de la individualidad y las formas en que encontramos en las obras aquello que nos conmueve. La falta de una instancia objetiva que establezca qué vale y qué no vale en arte es (para bien y para mal) la que determina, por una parte, que nunca nos pongamos de acuerdo; por otra, que la conversación no tenga un punto final previsible. ¿Es A un buen libro? ¿B es un buen autor? ¿Su libro C es mejor que su libro anterior, D? Cada lector responde a estas preguntas de manera individual; cada uno de ellos tiene razón de una forma distinta. Y la literatura es precisamente eso, una forma de reivindicar la individualidad y la independencia de criterio en épocas de forzosa uniformidad, de redes sociales y obsesión por gustar. Épocas, finalmente, en las que todos parecen seguir el consejo de Antón Chéjov: “Una vez en la jauría, no ladres si no quieres…, pero, eso sí, ¡mueve la cola!”.

 

 

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