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'MORBUS NAUTICUS' COLUMNA i

Un monumento glorioso

“Escribo mejor que todos vosotros juntos”. Era verdad. Y todos nos echamos a reír

Le dijeron que lo que tenía era incurable. Seis meses de vida, sentenció el médico. Encajó el golpe con entereza. Tan sólo murmuró que no quería sufrir demasiado. Uno de sus hijos, neurólogo, le prometió que así sería. Y así fue. Todos nos esforzamos para que la tristeza no se apoderara de sus últimos meses, pero el mayor empeño fue suyo. Quiso vivir al borde del mar y del cielo. Empezó a escribir. Textos muy breves, recuerdos de infancia y de juventud, a los que llamó Los trabajos del olvido y que son de lo mejor que he leído en mi vida. Nos los leía en voz alta. La lluvia recorría los cristales y él contemplaba los árboles desnudos, negras siluetas del final del invierno. Con los ojos brillantes una vez nos dijo: “Escribo mejor que todos vosotros juntos”. Era verdad. Y todos nos echamos a reír.

La noche en la que murió, sin que supiéramos que era la última, nos reunimos en su habitación. Todos sus hijos menos el mayor, que había decidido abandonar este mundo hacía unos años, y yo. Hablamos con ilusión de la antología de poemas de Pedro que se publicaría poco después, cuando de pronto él exclamó: “Qué bien se está cuando se está bien”. Murió horas después. Aún estaban con él dos de sus hijos. Ignoro lo que pasó por su alma en ese instante. Si el terror enturbió sus ojos. Sólo sé que nos dejó un ejemplo de fuerza y generosidad. Aquel hombre en una cama, consumido, se convirtió en un monumento glorioso a la orilla del ser. Tres años después, y dentro de unos días hará diez, la torre Windsor se consumió como él, uno de sus creadores. Frágil e indefenso gigante. Sin emitir una queja. Sin hacer daño a los que tenía a su alrededor. Sin venirse abajo.

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