palos de ciego
Columna
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El triunfo de los desgraciados

La ironía no desempeña sólo una función negativa, no es sólo destrucción; antes que nada es creación

pablo amargo

Hace tiempo que deberían haberse disparado todas las alarmas. Primero fue la ironía, luego el humor; primero fue David Forster Wallace, luego Emmanuel Carrère. La pregunta es: ¿qué ha ocurrido para que dos de los grandes narradores de nuestro tiempo –uno autor de La broma infinita y otro de numerosas bromas, desde El bigote hasta Le Royaume, dos ironistas desesperados y practicantes del humor negro– abominen de la ironía y el humor? ¿Qué clase de amigos estamos haciendo si nos estamos haciendo enemigos de esa pareja? ¿Qué demonios está pasando?

El primero, ya digo, fue Forster Wallace, que además tiene el mérito de haber sido el primer narrador posmoderno en haber arremetido contra el posmodernismo. Hace ya casi un cuarto de siglo el escritor norteamericano argumentó, en algunos ensayos memorables, que vivimos bajo una dictadura de la ironía; según él, esto es tanto más peligroso cuanto que la ironía, “por divertida que resulte, desempeña una función que es casi exclusivamente negativa. Es crítica y destructiva, sirve para limpiar el terreno”, pero “resulta singularmente poco efectiva cuando se trata de construir algo que sustituya a la hipocresía a la que desacredita”. Para Forster Wallace, quien ha impuesto esta tiranía sobre nuestro tiempo es sobre todo la tele, y el resultado de ella es una cultura superficial, frívola, donde domina un sarcasmo invasivo, un ennui permanente y un permanente recelo de toda autoridad (salvo la autoridad de la propia tele, claro está); también, una literatura y un arte incapaces de la seriedad y la ambición suficientes para tratar de las “viejas verdades y certezas del corazón” de las que hablaba Faulkner.

En cuanto a Carrère, desde hace ya tiempo viene insistiendo, como hizo hace poco en el Festival de la Risa de Bilbao, en que “en los países en que vivimos el humor es la ideología dominante”. Como el escritor norteamericano, el francés responsabiliza de este hecho a la tele, que ha impuesto una filosofía consistente “en hacer una bromita prácticamente de todo, hablar sólo de manera irónica, siendo graciosos permanentemente”. El resultado es, siempre según Carrère, que “todos pensamos que tenemos que ser divertidos todo el rato y ya casi nada es divertido”, y que “a mí lo que me parece ahora más transgresor es precisamente expresarse de manera más seria, más ingenua o naif, aunque a alguien le pueda parecer ridículo”. Sobra decir que el doble y coincidente diagnóstico de Forster Wallace y Carrère es en gran parte atinado, aunque sólo sea porque lo bueno llevado al extremo acaba convirtiéndose en malo; sin embargo, sería un error garrafal tener que destruir lo bueno para destruir lo malo. Forster Wallace, creo, confunde la ironía con el cinismo: la ironía no desempeña sólo una función negativa, no es sólo destrucción; antes que nada es creación.

Se trata de un instrumento de conocimiento: muestra que la realidad (sobre todo la realidad humana, la realidad moral) no es única sino múltiple, poliédrica, contradictoria; don Quijote está loco pero también está cuerdo, es ridículo pero también es heroico: eso es la ironía. Y por eso no es sólo el principal instrumento de la novela, sino también la mejor arma que hemos inventado contra la intolerancia, el fanatismo y la estupidez. Pero, si la ironía es una forma de la inteligencia, el humor es una forma de la decencia, y por eso escribió La Rochefocauld que “la seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”. Aunque ahí la palabra seriedad quizá no sea exacta, porque ni el humor ni la ironía son el reverso de la seriedad; al contrario: son dos de las cosas más serias del mundo, sin las cuales apenas es posible un arte ambicioso y serio, ni desde luego una narrativa grande, mucho menos una gran novela. La prueba es Cervantes; la prueba es Kafka, quien sostuvo que, “en un mundo sin Dios, el sentido del humor es casi una obligación moral”. Tal vez por eso, más que abominar del humor Carrère abomina de la gracieta. Ahora bien, la gracieta es precisamente lo que practican los que no tienen gracia. Y sería un crimen dejar en manos de esa gente la ironía y el humor, dos cosas indispensables para llevar una vida digna. Sería el triunfo de los sin gracia; es decir: el triunfo de los desgraciados.

elpaissemanal@elpais.es

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