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Salif Keita: el príncipe y su banda

Hace 40 años, Les Ambassadeurs abrieron, desde Malí, los sonidos de África al mundo

Viajamos a Bamako para asistir al renacimiento de una banda legendaria

El grupo que catapultó a la voz de oro africana y a Amadou&Mariam llega a La Mar de Músicas

Salif Keita, fotografiado en Bamako en junio de 2014. Ver fotogalería
Salif Keita, fotografiado en Bamako en junio de 2014.

Hay un momento en que un sonido escalofriante estalla en un espacio casi a oscuras de un barrio de Bamako, la capital de Malí. Ocurre cuando un negro albino desata su garganta sobre el ritmo hipnótico que entretejen quienes manejan teclados, bajo, guitarra, batería y dos instrumentos netamente africanos, el n’goni y la calabaza.

Entonces desaparecen los niños que venden fruta o agua sobre el barro rojizo ahí fuera, se esfuman las cifras de la pobreza y enmudecen los ecos de la guerra.

Con ese canto cristalino de Salif Keita y la energética música de Les Ambassadeurs, una orquesta legendaria reconstruida ahora, casi 30 años después de su desaparición, Bamako ya no es el calor, el polvo o lo que la miseria roba; esa peculiar banda sonora vitalista, luminosa, hace que la ciudad se torne en tu cabeza en una coreografía industriosa de motos y coches que recorren las calles jugando con el río Níger.

Pero para llegar hasta esta epifanía a la que es imposible hurtar un baile y que ha sido desplegada ante unos pocos privilegiados que asisten a los ensayos del grupo (el joven técnico de sonido, la hija del viejo bajista o los guardaespaldas de Keita, que no han dudado en sacar el móvil e inmortalizar el momento) han tenido que pasar 40 años, muchos viajes, una huida in extremis, colaboraciones con músicos de medio planeta, carreras olvidadas al volante de un autobús, horas de convivencia y cariño, y muy al principio, una rivalidad.

El escenario del Hotel Buffet de la Gare, en Bamako, donde actuaba Salif Keita a principios de los 70 con la Rail Band antes de incorporarse a Les Ambassadeurs.
El escenario del Hotel Buffet de la Gare, en Bamako, donde actuaba Salif Keita a principios de los 70 con la Rail Band antes de incorporarse a Les Ambassadeurs.

La competencia entre la ‘gare’ y el motel. La estación de ferrocarril de Bamako es una mole de ladrillo con aire fantasmal. Parecería en desuso si no fuera porque en una pizarra se anuncia, con fecha de 28 de junio de 2014, la salida de un convoy. En una esquina, un letrero indica la entrada al hotel Buffet de la Gare y a una explanada con árboles en la que solo se atisban dos lagartijas con el lomo azul. “De pequeño me escapaba para ver tocar ahí a la Rail Band”, dice, pícaro, el subdirector del hotel, que, sorprendentemente, continúa abierto pese a su aspecto arrumbado. Señala un pequeño escenario decorado con los tres colores (verde, amarillo y rojo), casi irreconocibles, de la bandera de Malí. “Salif Keita cantaba por los bares hasta que llegó aquí”. El ministro de los ferrocarriles del Gobierno que surgió del golpe de Estado de 1968, el teniente coronel Karim Dembélé, apadrinó una orquesta para animar las noches en el local. Y la privilegiada voz del albino interpretaba canciones mandinga.

No muy lejos de la estación, el propietario del también estatal Motel de Bamako, convencido por el número dos de la Junta Militar, el temible Tiékoro Bagayoko, fundó una orquesta con los mejores músicos del oeste de África. El propósito era idéntico. Amenizar las veladas de una exclusiva e internacional clientela. Allí, junto al río y bajo los árboles cargados de mangos, como relata el experto en músicas africanas Andy Morgan, bailaban diplomáticos, expatriados, viajeros, prebostes del régimen, prostitutas finas y el propio Bagayoko, un ardoroso aficionado que alguna vez sacó su revólver para reclamar sitio en la pista con un par de disparos al aire.

“Se constituyó con gente de Senegal, Burkina Faso, Ghana, Guinea, Costa de Marfil o Malí”, rememora el pianista, cantante y compositor Idrissa Soumaoro, de 64 años, ya retirado como inspector general de enseñanzas musicales del país. “Por eso se les llamó Les Ambassadeurs, cada uno representaba su cultura”.

La Rail Band y Les Ambassadeurs convivían en una amistosa rivalidad. La primera preservaba el arte de los griots, los juglares que narraban la historia, pero hacían incursiones en la salsa y el jazz. La segunda buscaba la sintonía con lo que escuchaban los jóvenes malienses vestidos con pantalón de campana y grandes gafas de sol: The Beatles, The Rolling Stones, Santana, Otis Redding o Celia Cruz. Aquel ramillete de talento pronto empezó a evolucionar desde las versiones (atacaban todo tipo de música: salsa, rock, afrobeat, música francesa) hacia la composición, cuando se incorporó el propio Idrissa y el gran guitarrista Manfila Kanté, que sería el líder de la orquesta.

“Les Ambassadeurs venían a mi casa y dormían allí, salíamos juntos, éramos amigos”, cuenta Salif Keita. “Mi íntimo era Ousmane Dia, muy buen cantante. Vi que podría aprender mucho de él. Pero yo estaba en la otra banda, y contaban conmigo”. Una disputa allanó el camino. “Lo mío era la música tradicional, pero aprendí mucho. Fueron una buena escuela para mí”. Corría el año 1973. El supergrupo se encaminaba a su leyenda.

Les Ambassadeurs, con Salif Keita de blanco, durante sus ensayos.
Les Ambassadeurs, con Salif Keita de blanco, durante sus ensayos.

Entre Hendrix y Pacheco. Entra Salif Keita a la sala insonorizada (ha sido el último en llegar, con casi una hora de retraso) con paso seguro, marcando distancias. Vestido con un atuendo tradicional claro que apenas destaca de su piel despigmentada. Ha llegado un noble, el descendiente directo de Sundiata Keita, fundador del imperio de Malí en el siglo XIII, cuya extensión cubría buena parte del oeste de África. Salif, de 64 años, es una rareza, no solo por ser blanco en un país que escupe al paso de los albinos para conjurar la mala suerte. Aunque su padre era un campesino de Djoliba, un pueblo cercano a Bamako, su linaje le impedía dedicarse a lo que más amaba: ser un griot destinado a exaltar las bondades de poderosos y nobles como él mismo. Escapó a la capital, donde los bares en los que cantaba y una estera en el mercado fueron su hogar.

Hoy se sienta en un gastado sofá de terciopelo junto a las jóvenes coristas aquí en Moffou, un centro cultural que él fundó hace varios años con estudio de grabación, radio y otra sala de conciertos. Le acompañan un par de guardaespaldas (su entourage asegura que teme a la ira de su exesposa) y otro albino, un artesano a quien ha apadrinado y que trabaja en su fundación para combatir la enfermedad. Keita pide que se repita el tema donde se quedaron el último día de ensayos para la gira europea que les llevará este verano a 9 países en 10 conciertos; entre ellos, el del Festival La Mar de Músicas en Cartagena (Murcia) el 25 de julio. Sigue el ritmo con el pie envuelto en una babucha y mueve los labios repicando la letra de la canción en bambara, la lengua más común en Malí.

Ousmane Kouyaté, el guitarrista de Les Ambassadeurs.
Ousmane Kouyaté, el guitarrista de Les Ambassadeurs.

La mayoría de los 12 músicos que forman un círculo en esta pequeña sala de conciertos convertida en local de ensayo rondan los 70 años. Su maestría se nota en el sonido, no tanto en la enérgica ejecución. Cheick Tidiane Seck, de 61 años, se sienta a los teclados, orgulloso de su camisa con la efigie de Jimi Hendrix. “¡Me la hizo su hermana!”, exclama. Es un hombre expansivo, que ha trabajado con Manu Dibango y Hank Jones, el pianista del compositor de jazz Charlie Parker. Acaba de publicar un disco en el que toca todos los instrumentos. Ha sido capital en la reunión de Les Ambassadeurs. “Siempre hemos alimentado la necesidad y la ambición de volver y tocar juntos, con ayuda o sin ella”, dice. “Esta orquesta era mítica, ha diseñado el advenimiento de la música moderna en Malí”.

Y tanto. Enfrente está Ousmane Kouyaté, de 62 años, alto, elegante, un virtuoso de la guitarra. Un guineano que abandonó sus estudios de agronomía para seguir los pasos de Les Ambassadeurs hacia Abiyán, la capital de Costa de Marfil, donde se instalaron en 1978, cuando cayó su protector, el teniente Bagayoko. El grupo se salvó de la detención por la mentira de un policía amigo que compartía con ellos un guiso de cordero en la frontera. “Ya están al otro lado”, dijo por teléfono. Kouyaté ha trabajado con una larga lista de músicos, entre ellos el propio Keita.

Algunos de Les Ambassadeurs: de izquierda a derecha, Mamadou Bakayoko alias 'Pacheco', batería; Madibo Kone, percusionista y Samake Haraoura, n'goni, uno de los nuevos componentes.
Algunos de Les Ambassadeurs: de izquierda a derecha, Mamadou Bakayoko alias 'Pacheco', batería; Madibo Kone, percusionista y Samake Haraoura, n'goni, uno de los nuevos componentes.

En un lateral se sienta el profesor Idrissa a los teclados. “Nos queríamos, nos entendíamos, nos comunicábamos bien. Les Ambassadeurs era fantástica como orquesta. No ha habido dos. Y el ambiente era maravilloso, éramos como una familia. Siempre había quien te proponía discretamente cosas para mejorar. Cuando viajábamos, íbamos en el mismo autobús y dormíamos en el mismo sitio. Lo hacíamos todo juntos”. Los cuatro jóvenes del grupo, las dos coristas y los que tocan la calabaza y el n’goni, colaboradores habituales de Keita, les miran con reverencia. Están tocando con sus mitos. También adopta un tono reverencial Madibo Kone, de 75 años, a los bongos. Cuando Les Ambassadeurs se fueron a Costa de Marfil, él tuvo que quedarse por su familia y sobrevivir como conductor de autobús.

Falta Amadou, el guitarrista ciego del conocidísimo dúo de afrosoul Amadou & ­Mariam. Tiene conciertos fuera. A la batería, Mamadou Bakayoko, alias Pacheco, un tipo chupado con una camiseta del Che a quien cuesta entender. Todo tiene su porqué… ­Johnny Pacheco les visitó y tocó con ellos, igual que la Orquesta Aragón.

Salif Keita se levanta y escucha, uno a uno, el sonido que sale de la batería, el que genera el viejo percusionista y el joven que golpea la calabaza. Su gesto brusco para la música:

–¡Esto no está haciendo bailar! ¡Hacen todos lo mismo!

Cheick responde:

–Hemos estado haciendo eso cinco días.

–Tú haces jazz, tú eres un jazzman, pero esto no mueve a bailar. ¡Lo lamento!

Keita se enerva. Aflora su perfeccionismo. O su capricho. “Tiene una dualidad: por una parte no escucha a nadie, por otra es encantador”, dice un colaborador suyo, “pero creo que todas las personas fascinantes son complicadas”.

La tensión crece, ahora se discute en bambara. Hasta que interviene Idrissa tapando el intercambio con las notas de su teclado:

–Parad ya.

Cheik Tidiane Seik, a los teclados. Es uno de los principales responsables de la reuníón de Les Ambassadeurs.
Cheik Tidiane Seik, a los teclados. Es uno de los principales responsables de la reuníón de Les Ambassadeurs.

Les Ambassadeurs se disolvieron en 1985. Pero dejaron muchos hitos: como cuando Salif Keita improvisó ante el presidente de Guinea Sekou Trouré un canto de alabanza griot llamado Mandjou que les supuso la protección del dudoso mandatario. Cuando el ya himno personal de Trouré fue grabado años después colándose el grupo una noche en un estudio de Costa de Marfil, el tema fue un éxito panafricano. O cuando pasaron tres meses en el invierno neoyorquino empapándose de los sonidos de finales de los setenta.

Una isla en medio de la ciudad. Lo único que se ve desde aquí son grandes árboles de sombra generosa, plantas que buscan el frescor y una extensión de agua en tonos verdosos que parece no tener fin. Es lo que contempla al levantarse todos los días Salif Keita. “Estoy en Bamako, pero en el campo”, dice alzando la barbilla, como señalando al río Níger. “Es inimaginable en una gran capital encontrar un lugar como este, en el medio del agua… Adoro estar aquí. Es mi paraíso. Me siento muy unido al agua. No puedo pasar una semana sin ver el río o el mar. Me hace falta. Es bueno para mi cabeza”. Keita vive en una isla de seis hectáreas en el río Níger, una especie de Neverland con dos caballos, un par de antílopes, un caimán y una cabra que sigue a todos lados a la cocinera. Hay bungalós para alquilar, bar al aire libre, sala de conciertos, esculturas (un león o una grotesca sirena que preside la piscina) y porches donde algunos músicos de Les Ambassadeurs celebran el inicio del Ramadán con un guiso de cordero.

Salif Keita se dirige a su casa, construida sobre una barcaza, en una isla del río Níger.
Salif Keita se dirige a su casa, construida sobre una barcaza, en una isla del río Níger.

Pero Salif, el hombre cuya carrera estalló acuñando el afropop tras el fin de Les Am­bassadeurs (ha publicado una decena de discos de estudio y colaborado con artistas de la talla de Santana, Wayne Shorter o Cesária Évora), no abandona su casita a orillas del río, construida sobre una barcaza fluvial. Allí entran y salen sus mujeres y sus amigos. Él les espera en el porche, sentado a una mesa que tiene la forma del continente africano. Los días que no compone suele ir a ver a su familia, al pueblo, juega a las damas (“es algo muy inteligente”, explica) y, si puede, evita la ciudad.

En busca de la música. Esa ciudad invisible desde aquí: Bamako, dos millones de almas. Hace nada era la meca para los amantes del extraordinario tesoro musical de Malí, que se desplegaba en festivales y bares donde gozar con genios como Toumani Diabaté, el mago de la kora; Ali Farka Touré (que interpretaba interludios musicales en las sesiones de Les Ambassadeurs) o Rokia Traoré. Pero eso fue antes de 2012, antes de la guerra.

“Nuestra nación pasa por un momento de crisis dolorosa, queremos llamar a la unión de todos los pueblos, como dice el lema de Malí”. El siempre sonriente Cheick, el buda negro, se ensombrece. El país no solo se sitúa en los puestos de cabeza de los indicadores de pobreza de todos los países de mundo (el undécimo con menor renta per capita). Sus 20 años de régimen democrático, con muchas carencias, eso sí, se rompieron en 2012 con una asonada militar y la división en dos del país por la revuelta de los tuaregs del norte y grupos yihadistas, que prohibieron los conciertos. Trescientas mil personas huyeron hacia el sur y 500.000 niños están en riesgo grave de desnutrición. Aún hoy, con unas elecciones democráticas celebradas en 2013, el norte está en manos del tuareg Movimiento Nacional de Liberación del Azawad. No hay rastro de turistas, solo llegan hombres y mujeres de uniforme con cascos azules.

Hay dos temas que despiertan a Salif Keita de su letargo frente al río. Uno es el albinismo, su empeño en que sus semejantes dejen de ser atacados y marginados, y otro, Malí. “Necesitamos ayuda. Y tenéis que decir que no estamos en guerra, que el problema está en el exterior”. Parece algo más complejo. El príncipe albino es partidario de una regeneración de las clases dirigentes.

En memoria. Sokou Dibaté, el bajista, vive en París. Tiene 73 años. Es uno de los ocho supervivientes de Les Ambassadeurs. Todos dicen algo parecido: “Algunos partieron a la aventura, otros han muerto… La muerte es un viaje sin retorno. Ya no están el batería, el saxo, el balafonista, Mafila, nuestro director. No estaremos en el mismo lugar que ellos, pero sin duda nos han llamado. No olvido a ninguno”.

Les Ambassadeurs con Salif Keita, Cheik Tidiane Seck y Amadou Bagayoko (de Amadou&Mariam) actúan en el festival La Mar de Músicas en Cartagena el 25 de julio a las 23.00 en el Auditorio Parque Torres dentro del especial 20º aniversario. El festival se prolonga hasta el día 26.

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