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EL PULSO COLUMNA i

Santo patrono del padre Brown

El creador del padre Brown es uno de esos autores que gracias a Borges ha devenido clásico para el lector de habla hispana

Chesterton, de vacaciones en Brujas, en 1927. Ampliar foto
Chesterton, de vacaciones en Brujas, en 1927. Corbis

Además de novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cronista de viajes, escritor de cuentos policiales, crítico, polemista y creador de la doctrina económica distributiva, Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) tenía abierta desde 1958 una causa por su beatificación, reactivada hace menos de un año. Por lo tanto, Chesterton está en carrera de santidad y cuando el Vaticano certifique un milagro podría ser elevado a los altares.

En la mayoría de librerías inglesas es imposible encontrar sus libros, porque no es un autor que reediten con frecuencia las editoriales británicas. Tampoco en Estados Unidos, donde existen numerosas sociedades que honran su obra y su memoria como The American Chesterton Society (www.chesterton.org). Sin embargo, en España y América Latina nunca faltan reimpresiones y nuevas traducciones de Chesterton, porque el creador del padre Brown es uno de esos autores que gracias a Borges ha devenido clásico para el lector de habla hispana y por eso se continúa reeditando en México (FCE y Sexto Piso), Argentina (Losada, Emecé, Lohlé y Ágape) y España (Acantilado, Renacimiento, Pre-Textos, Espuela de Plata, Valdemar, Alta Fulla, Ciudadela, Acuarela de Libros...). ¿No es un milagro que un autor inglés fallecido hace casi un siglo sea más popular en el idioma de Cervantes que en la lengua de Shakespeare?

Chesterton no tuvo una especial formación religiosa, pues de adolescente practicó la ouija y el espiritismo. Más tarde se declaró agnóstico e incluso se adornó con más de una ironía anticlerical, hasta que en 1901 se casó con Frances Blogg, convirtiéndose de pronto a la religión de su mujer: el anglicanismo. No obstante, atraído por la religión y él mismo poseído por una fe voraz, comenzó un proceloso acercamiento al catolicismo durante el cual publicó los ensayos Herejes (1905), Ortodoxia (1908) y La superstición del divorcio (1920), así como las dos primeras entregas de las aventuras del padre Brown, divertido detective inspirado en la figura del sacerdote católico John O’Connor. A lo largo de aquellos años Chesterton polemizó más de una vez con escritores agnósticos como H. G. Wells y Bernard Shaw, quienes fueron sus rivales pero jamás sus enemigos, porque el humor y la inteligencia le depararon cariños y admiraciones a pájaros. En 1922 Chesterton se convirtió al catolicismo sin decirle nada a su mujer, pero ella se convirtió también en 1926. Para entonces Chesterton ya había publicado la biografía de san Francisco de Asís (1923), el ensayo El hombre eterno (1925) y el poemario La reina de siete espadas (1926), textos que sin duda terminaron de animar al papa Pío XI a concertar una cita con Chesterton en Roma en 1929. El escritor colombiano Juan Esteban Constaín ha dedicado una deliciosa novela –El hombre que no fue jueves– a la secreta misión que el Papa le encomendó a Chesterton, aunque no es menos novelesco que Pío XI lo declarara Defensor Fidei cuando falleció. ¿No es milagroso que después de batirse en nombre de una fe minoritaria contra todos los estamentos religiosos e intelectuales de Inglaterra Chesterton muriera en olor de simpatía y multitud?

El 10 de marzo de 2013 el cardenal arzobispo de Buenos Aires –promotor en 2005 de la I Conferencia Iberoamericana sobre Chesterton organizada por la Sociedad Chestertoniana de Argentina– solicitó la reapertura de la causa por la beatificación de Chesterton y tres días después fue proclamado Papa. ¿No es un milagro que Borges y Bergoglio sean piezas de una trama digna de El secreto del padre Brown?

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