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COLUMNA

Entre todos

Una televisión pública no debería convertir en lacrimógeno lo que es dramático y hacer espectáculo de la caridad

Los impulsos caritativos fueron engullidos hace tiempo por la acción solidaria. Se trató de un acto de justicia social. La palabra “caridad” en sí no tenía culpa, ni tan siquiera en su acepción de virtud teológica, dado que define el auxilio que una persona le presta a otra; pero las palabras se acaban definiendo por su uso, y la caridad tiene hoy la innegable connotación de ser un parche a los derechos humanos, nunca la solución a la desigualdad. Eso no quiere decir que la generosidad con el necesitado no sea admirable. Los españoles están dando en estos tiempos prueba de ello, incluso ha habido un aumento del dinero, según datos de la European Anti Poverty Network, que destina el ciudadano a fines sociales en la declaración de la renta.

La cuestión es que cualquier acto movido por la voluntad de ayudar a quien más lo necesita tendría que ser discreto, y quien airea su generosidad es el que espera adornarse con ella. Pero, sobre todo, hay que preservar la dignidad del necesitado, que aun estando en una situación lamentable jamás debería convertirse en carne de show televisivo. Eso es algo incontrolable en la televisión privada pero esperamos una actitud diferente de la pública. Muchos de ustedes saben de lo que hablo. El programa de creciente popularidad Entre todos, dedicado a convertir en lacrimógeno lo que es dramático y a hacer espectáculo de la caridad, es una muestra de cómo vulnerar las reglas de respeto hacia el necesitado (para colmo, a veces es un menor), ignorando la idea de justicia social para volver a aplaudir el impulso caritativo de la España de Ustedes son formidables. Con esto, repito, no critico los actos individuales de ayuda al otro. Si no fuera por ellos no sobreviviríamos. Pero los pobres tienen dignidad. Que se lo pregunten si no a quien más sabe de esto, los trabajadores sociales.

 

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