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Nueva generación de clásicos

Se les conoce como la quinta del 85. Son solistas españoles, músicos brillantes con gran porvenir. Una hornada que salió del esplendor.

Ahora afrontan con paso firme y herramientas propias la crisis y atesoran éxito internacional.

La violinista Leticia Moreno, el director de orquesta Andrés Salado, la pianista Judith Jáuregui y el trompetista Manuel Blanco. Ver fotogalería
La violinista Leticia Moreno, el director de orquesta Andrés Salado, la pianista Judith Jáuregui y el trompetista Manuel Blanco.

En 1985, España no había ingresado en la Comunidad Europea. Faltaba un año. Pero ocurrieron cosas que estaban llamadas a traernos un rayo de luz casi tres décadas después, en tiempos de crisis, cuando hasta esa llama en la que hemos depositado tanto orgullo de pertenencia queda a punto de fundirse y dejarnos en mitad de un apagón sonoro de recortes que den al traste con lo labrado. La esperanza, en este caso, se escribe con música…

Cuando Manuel Blanco nació en Daimiel (Ciudad Real), aún no se había colocado la primera piedra de gran parte de los auditorios que existen hoy en España. Corría precisamente el año 1985, y este, su país, salía de un letargo histórico del que poco a poco se iban salvando las carencias. El vendaval y la avalancha de arte, de cultura que nos empezaba a iluminar –desde la movida hasta la eclosión de festivales internacionales de música–, coincidía con el hambre espiritual que padecíamos hasta marcar un tremendo complejo de inferioridad con respecto a Europa.

Años después, tras resolver la incógnita de su futuro, Manuel apartó de su mente y su horizonte la idea de dedicarse al toreo y se hizo trompetista. Hoy es el contundente solista de la Orquesta Nacional de España y ha ganado con la puntuación más alta de la historia el prestigioso concurso de intérpretes de Múnich. Muchos creen en Europa que, desaparecida la figura del legendario Maurice André, no se ha producido un fenómeno igual en su campo desde hace décadas.

Ese mismo año también nacía Judith Jáuregui en San Sebastián. Entonces, una escuela como Musikene no existía en su ciudad, ni se había convertido todavía en el hervidero de talento que es hoy. Es más, faltaban centros especializados en España, y aquellos que deseaban dedicarse profesionalmente a la música no contaban con lugares así, ni con otros de referencia como la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC), en Barcelona, ni mucho menos la pionera y el gran referente internacional en ese campo que es la Escuela Reina Sofía, en Madrid. Hoy, esta pianista de 27 años, que acaba de publicar un disco de homenaje a Alicia de Larrocha, no deja de tocar en grupo con virtuosismo junto a intérpretes salidos de las aulas de Musikene.

Leticia Moreno: “En el violín trato de volcar la intensidad de todas mis pasiones”

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Nacida en Madrid en 1985, debutó dentro del ciclo Juventudes Musicales cuando tenía 12 años. Después perfeccionó su talento junto a Rostropóvich, Vengérov o Zakhar Bron. Ahora actúa frecuentemente por Europa y América y ha tocado junto a orquestas de la talla de la Sinfónica de Chicago o la Filarmónica de Viena.

El caso de Leticia Moreno es aparte. Cuando Manolito Blanco y Judith Jáuregui andaban quizá afinando sus superdotados oídos en la cuna, esta mujer de ojos enormes, espalda de piedra tallada y piel oscura venía al mundo en Madrid. Poco después agarró lo que hoy se ha convertido en una de las más llamativas extremidades de su cuerpo: el violín. Había empezado a tocarlo con seis años, en 1991, justo la fecha en que Mstislav Rostropóvich se colocó su violonchelo entre las piernas para defender la democracia en la moribunda Unión Soviética. Lo hizo tras el golpe de Estado sufrido por Gorbachov en el país que había abandonado junto a su esposa en 1974 y al que poco a poco fue regresando. Once años después, cuando Leticia tenía 17, se convirtió en su alumna. El maestro la enseñó durante los cinco últimos años de su vida en sucesivos encuentros por varias ciudades europeas. Hoy ella triunfa junto a directores como Zubin Mehta y encara una carrera internacional con enormes oportunidades.

Nombres como los suyos o el del chelista granadino de 29 años Guillermo Pastrana –que vive ahora en Zúrich– o el director de orquesta Andrés Salado o el pianista argentino afincado en España Horacio Lavandera, la violinista Ana María Valderrama, también del 85… Músicos que aún no han llegado a cumplir los 30 y que son ya una realidad palpable, una referencia creciente en las salas de conciertos, nombres más que balbucientes en los circuitos, un fruto, el fruto, un producto de años de bienes, de tranquilidad, de riqueza, de esfuerzo público y apoyo privado con apañados –a la espera de una ley urgente– métodos de mecenazgo, que han logrado el objetivo y el sueño acunado tras horas de estudio y desvelos de convertirse en músicos y vivir de ello.

Álvaro Guivert, director de contenidos de la Fundación Albéniz, a la que está adscrita la Escuela Reina Sofía, cree que se ha cuajado por fin una joven, nueva y sólida generación de intérpretes solistas en España. “Hasta ahora había flores en el desierto. Pero desde hace unos años ya podemos hablar de generaciones”.

Manuel Blanco: “Maurice André me dijo que poseía el don de transmitir desde el corazón”

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Nació en Daimiel (Ciudad Real) en 1985. En Múnich, en 2011, se convirtió en el intérprete que conseguía más puntuación de la historia del concurso de solistas. A partir de ahí comenzó una carrera internacional que compagina con su plaza en la Orquesta Nacional.

La explicación viene dada por varios factores, según Guivert. “Unas infraestructuras muy bien dotadas, una mejora de la educación y sobre todo un encuentro fluido y continuado entre público e intérpretes”. Interés, armonía y hábito. La música en las ciudades de todo el país no ha sido en los últimos tiempos un acontecimiento aislado, sino una costumbre continua, un placer que no se interrumpía alimentado por las decenas de ciclos y programaciones que se han sucedido durante las tres últimas décadas. La mayoría, como las orquestas sinfónicas, se han consolidado. Otros hoy van cayendo por el camino ahogados por la crisis y los recortes que también afectan a la caída de alumnos en los conservatorios: como en Madrid, donde han descendido un 40% los inscritos, o en Valencia, tierra musical, un 23%.

¿Sobrevivirá ese sabroso caldo de cultivo a los años de desastre? Según Guivert, el nervio del mundo musical en España es lo suficientemente sólido como para resistir. Pero no todo. De hecho, orquestas como la de Extremadura o Murcia se han movilizado ante el desprecio y los ataques de representantes políticos hacia esas instituciones, donde han aplicado la inmisericorde política del hacha y encima les han echado la culpa de todos los males. Todas las demás van sobreviviendo como pueden. Nada volverá a ser igual.

En ese contexto, antes favorable, hoy más adverso, van consolidando sus carreras estos jóvenes que encuentran su rasgo y su diferencia generacional con respecto a músicos mayores. “Nos hemos quitado el complejo de inferioridad”, asegura Andrés Salado, de 29 años, director de orquesta que ha tocado ya con varios de sus coetáneos. “Somos la generación sin fronteras. Salimos, nos comunicamos sistemáticamente, estamos en contacto perpetuo y nos alegramos de los triunfos de cada uno por esos mundos”.

Creen que saben reconocer las carencias y las diferencias entre ese pasado en el que una figura solista en España era una especie de bicho raro, y ellos, que ya son un grupo. “Somos rigurosos, responsables, nos ayudamos, creamos víncu­­los, nos juntamos en proyectos comunes sin ánimos dogmáticos y tratamos de hacerlo de manera productiva”, añade Salado, que el año pasado pudo agarrar la batuta en el Festival de Lucerna, un escenario donde en 2011 triunfó también Javier Perianes, entonces con 32 años, al piano.

Judith Jáuregui: "Me enganché al escenario con Schumann"

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Nacida en San Sebastián en 1985, Judith Jáuregui empieza a ser habitual de las orquestas españolas. Ha creado su propio sello discográfico, en el que acaba de publicar un disco de homenaje a Alicia de Larrocha. Francia y Venezuela han sido sus experiencias internacionales, donde ha actuado con la prestigiosa Simón Bolívar o la Orquesta de Radio France, entre otras formaciones.

Para ello, además, buscan labrar nuevos públicos que se identifiquen con ellos y se entusiasmen con lo que hacen. Les preocupa el envejecimiento de los auditorios. Leticia Moreno es especialmente activa en eso. Se ha involucrado en una iniciativa con la Fundación Príncipe de Girona en la que ofrecerá un concierto donde el 50% del público será menor de 35 años.

Desean sentir esa comunión, ese furor que encuentran por ejemplo cuando viajan –casi todos lo han hecho últimamente– a Venezuela para tocar junto a la Simón Bolívar ante un público que en su mayoría es adolescente, infantil y juvenil. Resulta contagioso, vibrante, eufórico.

Se consideran hijos de un tronco ya liberado de cierta concepción espartana y rígida que va pasando a la historia, sin que ello suponga una falta de rigor. Para Moreno, la interpretación es en gran parte instinto y sentimiento. La clave, según ella, “es saber madurar ese instinto”. A eso le enseñó Rostropóvich, pero también otro de sus maestros, Maxim Vengérov, recién aparecido en los escenarios este año después de una prolongada retirada. “Yo amo poder tocar el violín y dedicar mi vida a ello. Con todo, tiene sus momentos duros, pero a mí esos momentos me hacen crecer”, afirma Moreno.

Lo que para esta violinista es un placer, para Judith Jáuregui fue un suplicio del que al menos pudo rescatar su enorme vocación para la música. Tiene mérito esa historia, que no le hizo ni por lo más remoto rendirse: “Yo llegué al piano por accidente. De hecho empecé estudiando violín, pero casi lo dejo traumatizada. Tenía una profesora rusa que me hacía llorar. Me amenazaba con cortarme los dedos si no tocaba bien, así que lo tiré por la escalera. Tenía cinco años”, asegura la donostiarra.

Aquello era otro mundo. Y con profesores como Laurentino Gómez, Judith aprendió sobre todo a disfrutarlo. Sin miedo. “Tanto que a los ocho años ya tocaba en público. Llegué desde muy niña a gozar de manera natural en el escenario. Me enganché a ello”. Sus padres, su ambiente, también han colaborado. “Nunca pretendieron que fuera Mozart”.

Lo mismo le pasa a Manuel Blanco. No recuerda haber sufrido ninguna presión. Solo aliento. Lo suyo ha sido la consecuencia de una evolución natural. Su padre, policía local, y su madre, ama de casa, lo sacrificaron todo para que él y su hermana Puri –percusionista– pudieran dedicarse a lo que se dedican. Les despertaron la afición.

“Nos traían los domingos por la maña­­na a Madrid desde Daimiel en nuestro Renault 9, con un bocadillo, a ver los conciertos matinales de la ONE”. Ahora, Manuel es el trompeta solista de la orquesta a la que peregrinaba y donde empezó a tocar con 19 años. No es la única donde presta su arte. También formaciones como la Concertgebouw de Ámsterdam o la Gewandhaus de Leipzig solicitan sus servicios. Sigue la senda de otros con gran prestigio internacional que han pasado los 30, como el trompa José Vicente Castelló, que colabora con Claudio Abbado.

Andrés Salado: "Un director necesita afinación, oído, carisma y capacidad de comunicar"

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Madrileño, de 29 años, Andrés Salado procede de familia de músicos. Tras estudiar percusión y violín se decidió por la dirección de orquesta, algo que quizá sabía desde niño cuando en su casa fue designado titular de la Deutsche Grammophon dirigiendo cada disco que encontraba. Hoy ya han pasado por sus manos muchas formaciones nacionales y ha viajado a Milán y Lucerna.

Y no es el repertorio clásico lo único que seduce a Blanco. “También el jazz. Bueno, eso cuando me tomo dos copillas”. Entonces se arranca por Chet Baker, su ídolo más que Miles Davis, el hombre blanco infiltrado en un arte creado por los negros que se abonó a una rueda de fracasos. Pero eso no va con Blanco. Prefiere batir marcas. Acaba de llegar de una gira en Japón. Cuando conoció a Maurice André personalmente, le dijo algo fuerte. El maestro le escuchó y, lejos de querer asustarle, le advirtió: “Tienes una gran responsabilidad. Te va a tocar marcar una época”. A ello se aplica. Disfrutando con el camino que le marcan otros maestros, como su compañero José María Ortiz, en la ONE, o Reinhold Friedrich, solista de Lucerna. “Él me aportó una gran expresividad. Busco emocionarme y emocionar a quien me escucha, no pretendo alcanzar la perfección, pero sí que quien me oiga se quede con los pelos de punta”, comenta Blanco.

Son arriesgados, bastante descarados, algo desafiantes, pisan fuerte y se niegan a ir pidiendo perdón. Se buscan la vida y no desaprovechan ninguna oportunidad para actuar solos o en grupo. Dominan las redes sociales y tienen una mentalidad abierta, muy moderna, que les diferencia de sus predecesores. Alfonso Aijón, promotor y agente español, más de 40 años en el negocio, compara y realiza un recorrido histórico por los rasgos que les distinguen. “Se me ocurre pensar que entre la generación de intérpretes que nace en los años treinta del siglo pasado y la más actual existe un vacío de, digamos, talento, que abarca dos décadas”. Aunque haya nombres de referencia, pesos pesados a resaltar que abrieron brecha: “Los Achúcarro, Orozco o De Larrocha estudian en España, ganan concursos, conectan con empresarios extranjeros que les ayudan a actuar con orquestas, grabar discos y dar recitales. Así montaron sus carreras”, afirma Aijón.

Entre ellos y la generación actual existe un puente que puede ser el pianista Javier Perianes, un andaluz de Nerva con mucho talento, muy espabilado, ejemplo y referente en la carrera de quienes ahora le siguen. “Él comienza también sus estudios en España”, explica Aijón. “Pero entiende que eso de los agentes no funciona y se mueve por su propio impulso entre directores y pianistas como Daniel Barenboim. Después consigue que funcione en su caso el boca a boca, que es, a mi juicio, el medio de comunicación más fiable en este mundo”.

Todo hasta llegar al año del señor de 1985. “La nueva generación de intérpretes españoles se centra casualmente en los nacidos en 1985”, afirma Aijón. Tienen las mismas características: “Participan en algún concurso, se perfeccionan en el extranjero, viajan mucho, se informan sobre sus colegas, hacen entrevistas y no desperdician la mínima oportunidad para actuar, aunque sea haciendo concesiones económicas. Además descubren la música de cámara, que les da una formación adicional y fundamental para desarrollar sus carreras, aparte de ser una manifestación con más salidas”.

Son purasangres supervivientes. Y tienen un hambre que se agudiza con la aparición de la crisis. Saben aprovechar sus ventajas: “La situación es difícil para ellos y su esperanza está en las nuevas tecnologías, especialmente Youtube, y muchos se han decidido a fabricar su propio sello discográfico”. Resumiendo: para Aijón, responsable de un ciclo mítico como el de Ibermúsica en Madrid, “esta nueva buena oleada de intérpretes nace, creo yo, de una apremiante necesidad de sobrevivir en la profesión que han elegido y en la que solo se puede destacar con dedicación y sobre todo con imaginación y originalidad”.

Han crecido al socaire de buenos vientos que, si bien han parado de soplar, hay que exprimir, como dice Víctor Pablo Pérez, director de orquesta, responsable de la Sinfónica de Tenerife, Galicia y ahora de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. “En España sobraba talento y faltaban método y oportunidades. Las ha habido y han saltado. El problema llega con la crisis. Si cunde el ejemplo de recortes propuestos como el que puede afectar a los miembros de la Orquesta de RTVE, a quienes proponen llevar a la inactividad durante cuatro meses al año, volvemos a hace 30 años”, afirma. “Yo en nuestro mundo creo que los políticos debían aplicar la teoría de André Malraux cuando fue ministro de Cultura con De Gaulle. Decía: ‘Ya sabemos que esto de la música clásica es caro. Ya que no lo podemos evitar, al menos hagámoslo bueno”.

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