Selectividad
Tribuna
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¡Hola, universidad!

Las pruebas de Selectividad son paradójicas: son necesarias y absurdas a la vez. Deben existir, pero su estructura ha de cambiar

Examen de Selectividad en la Universidad Politécnica de Valencia.
Examen de Selectividad en la Universidad Politécnica de Valencia.ROBER SOLSONA/EUROPA PRESS (Europa Press)

Estos días de junio se cumple el ritual iniciático de las pruebas de acceso a la universidad. Cada comunidad autónoma de nuestro país las calendariza y las denomina a su manera. En Madrid empezaron el día 6, en Cataluña lo harán el 14; unos las llaman EvAU y otros PAU. Un antropólogo las vería como un rito de paso, de la heteronomía de una enseñanza secundaria tutelada por profesionales de la educación a una autonomía como estudiantes supervisada por profesionales de la educación y de la investigación. Arnold van Gennep, autor de la biblia Los ritos de paso (1909), lo habría descrito como un rito liminar de socialización de los más importantes en la vida de una persona en la que ponemos a prueba nuestro soñado horizonte de expectativas. Las experiencias de liminaridad, lo que la psicología de autoayuda denomina ahora como live events, acostumbran a ir acompañadas de ansiedad, de ilusión, de pavor, de mucho esfuerzo, sacrificios y renuncias, de tener que demostrar en la Selectividad lo que ya se demostró aprobando un bachillerato o un ciclo formativo de grado superior.

Los griegos nos enseñaron que el mito de Sísifo define como pocos la naturaleza humana; que los futuros estudiantes de universidad no se rinden fácilmente, asisten religiosamente en sus institutos o escuelas a clases de repaso de preparación de la Selectividad o incluso pagan academias más o menos furtivas que les prometen el aprobado seguro y el acceso al grado soñado. Alumnos y alumnas comparten resúmenes y apuntes en formato digital y crean grupos de Whatsapp entre iguales que resuelven dudas sobrevenidas en el insomnio y en tiempo real; comparten la desesperación por los pares mínimos en Instagram o el tedio con Platón en Twitter. Es simplemente la confirmación del nietzschiano quien tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo.

Las pruebas de Selectividad son paradójicas: son necesarias y absurdas a la vez. Necesarias porque se impone un sistema de acceso a la universidad ya que ni la oferta es ilimitada ni los criterios para escoger entre el grado de Medicina o el de Comunicación Audiovisual están siempre sólidamente fundamentados. No siempre se corresponde el ideal con la realidad, los sueños con nuestras competencias y nuestras capacidades, nuestra aptitud para cursar el doble grado de Física y Matemáticas, nuestra matrícula de honor en Bachillerato y el morir súbitamente por una décima a la baja fruto del senequista errare humanum est. La prueba debe existir, su estructura debe cambiar, su peso en la nota de acceso a la universidad también.

Poco ayudan en estos días de ilusión y temor los inquietantes fatalismos dominantes sobre la mala salud de la educación, sobre la ignorancia supina de nuestros alumnos y alumnas, la melancolía de Saturno de un pasado siempre mejor que aqueja a docentes de secundaria y universitarios. Deberíamos hacer un ejercicio de empatía y acordarnos, como correctores y vigilantes de Selectividad, como docentes universitarios, de nuestro ya lejano rito de paso, cuando de un profesorado que nos conocía por nuestro nombre o apellidos y nos enseñaba a ras de suelo sin alzarse sobre tarima alguna, como sigue sucediendo en secundaria, pasamos a una enseñanza ex cathedra que no siempre hace honor a ese nombre y en donde somos poco más que un número y una silueta anónima al principio o al final del aula. Deberíamos no banalizar que un 40% de nuestro alumnado de los primeros cursos de grado yerra el tiro, cambia de grado o, aún peor, abandona demasiado pronto desencantado sobre su futuro en la universidad.

Las pruebas de acceso a la universidad comienzan con esa pérdida de identidad. Se cierne sobre nosotros de nuevo la paradoja de la alienación de ser una simple etiqueta con un código de barras y la necesidad de un anonimato que garantice una corrección imparcial, sin favoritismos de corrector que sabe si el alumnado que el imparcial azar le ha dado en suerte evaluar estudió en la escuela pública o en una escuela de los Propagandistas de Cristo.

No reclamo ni paternalismo ni edulcoramiento alguno de la realidad. Tan solo reclamo el acompañamiento que desearíamos el día de nuestro rito de paso a la universidad; que la evaluación sea justa y la acogida en la universidad amable. El alumnado debe tener claro que su futuro depende tan solo de sus propias competencias y capacidades, que toda la culpa no es siempre de los otros, pero también la tranquilidad de que su futuro no está en manos de mercenarios que corrigen Selectividad para ganarse 1.000 euros extras y que degradan la profesión el resto del curso. Tampoco los docentes universitarios deben ver a los alumnos como una especie que viene fracasada de la secundaria y que no sobrevivirá al darwinismo académico. Esos falsos docentes existen y existirán, pero son minoría. La receta es sencilla: frente al apocalíptico adiós a la universidad, un jovial y motivador: ¡Hola, universidad!

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