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El largo viaje de la India al desarrollo

Modi, que ha vuelto a ganar las elecciones aunque con menos apoyo, prometió equiparar el PIB per cápita con el de otras potencias. Una misión difícil, aunque no imposible

Elecciones India
Devotos hindúes se reúnen cerca del templo Kashi Vishwanath en Varanasi (India) el pasado 13 de mayo.Anindito Mukherjee (Getty Images)

En 2021, el primer ministro de la India, Narendra Modi, prometió a sus ciudadanos un regalo para el primer centenario de la independencia: llegar a 2047 como un país desarrollado. Un umbral que en la categorización del Banco Mundial, más accesible que la del FMI, alcanzaría multiplicando por más de seis la renta per cápita del país. Difícil pero no imposible, si se tiene en cuenta la mejora de 55% en la renta per cápita que la India registró entre 2014 y 2023, cuando el PIB ascendió desde el puesto 90 hasta la quinta posición mundial.

El primer ministro acaba de renovar esta semana mandato para un nuevo Gobierno de cinco años, esta vez en coalición y sin la mayoría que disfrutó durante las dos legislaturas anteriores. ¿Cuánto más podrá acercar la realidad de su país a la India desarrollada, que prometió para 2047? Tanto sus simpatizantes como sus detractores reconocen la importancia que en esa carrera ha jugado y seguirá jugando su apuesta por mejorar las infraestructuras, añadiendo 10.000 kilómetros de carreteras al año desde 2018; duplicando el número de aeropuertos en una década; y llevando en el mismo período de 745 a 1.600 millones toneladas la capacidad de carga de los doce principales puertos del país.

Diez años en los que el Gobierno también ha sabido capitalizar la proliferación de móviles baratos fabricados en la India, donde casi 1.000 millones de personas ya tienen conexión a internet, desplegando un sistema de identificación digital (Aadhaar) y una herramienta digital de pagos (UPI) que han contribuido a la bancarización de más de 500 millones de personas.

Con un incremento del 70% en las transacciones digitales durante los últimos cinco años (cifras oficiales), la digitalización ha ayudado tanto al desarrollo del mercado interno como a la mejora de las infraestructuras y la estandarización de impuestos al consumo en todo el país. Como dice Raghuram Rajan, profesor de Finanzas en la Universidad de Chicago y gobernador entre 2013 y 2016 del Banco de la Reserva de la India (el banco central), las ventajas de registrar digitalmente las operaciones comerciales son evidentes: desde los aumentos en la recaudación para las arcas estatales; hasta las mayores posibilidades de conseguir préstamos para los empresarios.

Pero en la alta informalidad de muchas empresas indias, dice, también ha tenido efectos adversos. “Las pequeñas compañías que lograban sobrevivir moviéndose en una zona gris sin pagar todos sus impuestos, lo tienen ahora mucho más difícil”, explica. “Es algo bueno a largo plazo, pero a corto plazo, la salida de estas empresas genera un problema de empleo, porque las corporaciones más grandes que las sustituyen suelen necesitar menos trabajadores”. En cualquier caso, para multiplicar por seis el PIB per cápita hace falta algo más que desarrollar el mercado interno. Especialmente en un país donde la renta per cápita sigue por debajo de los 3.000 dólares, y donde solo 60 millones de habitantes (de los más de 1.400 que tiene el país) ingresan una cantidad superior a los 10.000 dólares al año.

La exportación de software y servicios para empresas ha funcionado como motor de arranque de la economía india. Aunque el sector solo emplea a dos millones de personas (de los 410 millones que componen su población activa), contribuye con un 10% al PIB. En los últimos años, a las grandes proveedoras de servicios, como Infosys y Tata Consultancy, se les han sumado delegaciones de multinacionales que usan la India como centros de servicios más baratos.

En busca de una fuente más generosa de empleos, y aprovechando el intento de Occidente de reducir la dependencia con China, la India ha puesto en marcha planes de promoción industrial, un sector en el que ahora mismo trabajan formalmente unos 35 millones de personas. Uno de esos es el del Estado de Karnataka (el de Bangalore), donde la legislación laboral ha sido relajada inspirándose en el modelo chino, y donde millones de dólares en dinero público se han destinado a atraer inversores como la de Foxconn, que ya está produciendo allí sus iPhones.

El espejo chino

En 2023, Rajan publicó junto a Rohit Lamba el libro Breaking The Mould: Reimagining India’s Economic Future (Romper el molde: reimaginando el futuro económico de la India), donde los dos economistas argumentan en contra de imitar el modelo chino. En la India no se pueden expropiar terrenos y el despido no es tan sencillo, sostienen. Además, la automatización de la industria ha reducido su capacidad de generar trabajo. “Por no hablar del proteccionismo creciente, tanto por temas de seguridad como comerciales, ningún país quiere que su producción se vaya lejos”, explica Rajan.

Rajan no está de acuerdo con la “idea de que los servicios no pueden ser intensivos en empleo”. “El salario de un guardia de seguridad, de un barrendero, o de un empleado de tienda, es equivalente al que se percibe en los trabajos industriales de menor capacitación”, dice. “Y no son solo los servicios exportables los que pueden crecer, también los que requiere un país de 1.400 millones de personas necesitado de profesionales de la enseñanza, de la enfermería, de la medicina, o del comercio”.

Otra diferencia radical con China es la calidad de la educación y de la atención sanitaria. En la edición de 2020 del Índice de Capital Humano del Banco Mundial, la India obtuvo una puntuación de 0,49 (sobre un total de 1), por debajo de países más pobres como Kenia o Nepal. En opinión de Ashoka Mody, profesor en la Universidad de Princeton, la dificultad para darle otra oportunidad al 46% de los trabajadores que ahora se ocupan en el muy ineficiente sector agrícola tiene que ver con las deficiencias en la educación y con la escasa participación de la mujer en el mercado laboral. “Solo en torno al 30% de las mujeres en edad de trabajar tiene empleo, mientras que en China o en Vietnam ese porcentaje es superior al 60%”, denuncia. Las trabas culturales que dejan a las mujeres en casa y hacen que reciban salarios menores por trabajos idénticos a los de los hombres explican esta escasa representación, dice la economista Swati Narayan.

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