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La atomización de la protesta o por qué los sindicatos luchan por su supervivencia

Las nuevas formas de trabajar ponen en jaque la concepción tradicional de las relaciones laborales y el peso de las centrales en la negociación colectiva

Un manifestante protesta contra la política de Emmanuel Macron en Lyon, el pasado 24 de abril.
Un manifestante protesta contra la política de Emmanuel Macron en Lyon, el pasado 24 de abril.JEFF PACHOUD (AFP/Getty Images)

Las sociedades evolucionan y con ellas su forma de contemplar el trabajo. En ocasiones, como sucedió con la pandemia y el confinamiento, la reconversión de las relaciones laborales se produce de forma abrupta, y la implementación de nuevas fórmulas como el teletrabajo saltan sin preaviso del terreno experimental al práctico. No hay tiempo para ensayos cuando están en juego la supervivencia del negocio (y del empleo). En otras, como con la guerra de Ucrania, el tablero económico mundial se resquebraja y el equilibrio entre los contrapesos de la negociación colectiva se ve comprometido. Cuando los precios suben y los salarios se estancan, como está sucediendo a nivel global por el encarecimiento de los costes de la energía, la clase obrera se empobrece y prende la llama del conflicto.

Enarbolando la antorcha del desencanto se encuentran los sindicatos. Organizaciones centenarias que transitan, al mismo tiempo, por un momento clave en su supervivencia. Perder el paso en un escenario de reconversión laboral, sobre todo cuando este se encamina hacia una progresiva individualización del trabajo, podría comprometer su capacidad de influencia en el diálogo social.

Las centrales no son ajenas a este fenómeno, que se ha acentuado especialmente en aquellos sectores en los que el trabajo a distancia se ha convertido en una demanda principal, y se afanan en surfear una ola que les obliga a crear nuevos canales de comunicación que transiten entre el plano personal y el virtual. Pero definir el objetivo solo sirve para dibujar la orografía del camino. De la misma forma que los pasos que se den en los próximos años servirán para descubrir la verdadera distancia que les queda por recorrer.

“Sabemos que podemos hacer frente a los nuevos retos y superarlos, pero no debemos perder de vista las muchas lecciones aprendidas en más de 150 años de organización sindical”, reconoce Owen Tudor, secretario general adjunto de la Confederación Sindical Internacional (CSI). “Estamos asistiendo a un cambio en algunos aspectos clave en la forma de trabajar. Es importante que analicemos continuamente cómo hacer llegar nuestro mensaje a los afiliados y al público para que puedan participar en la vida del organismo. Al mismo tiempo, aunque los sindicatos deben perfeccionar y desarrollar su uso de las tecnologías, el contacto personal va a seguir siendo realmente importante en el futuro para la organización sindical”.

La traslación de un mensaje que siga apelando a la unidad en un ecosistema cada vez más atomizado es la principal preocupación de los sindicatos. Máxime si la consideración que venía realizando el individuo de su trabajo lo ha rebajado varios escalones dentro de su escala de prioridades tras la vivencia de una pandemia, y en medio de un marco internacional cambiante.

Según un estudio de Adecco Group Institute, la inestabilidad económica y geopolítica actuales son las principales preocupaciones de los trabajadores a nivel mundial, por encima de la aparición de nuevas tendencias puramente laborales. Entre ellas sobresalen la automatización y la gig economy, que engloba a aquellos trabajos esporádicos que tienen una duración corta y en los que el contratado se encarga de una labor específica dentro de un proyecto. Una tendencia originaria de Estados Unidos y que nació hace una década como respuesta a las distintas crisis del mercado laboral, y que supone una amenaza para la contratación ordinaria.

‘Uberización’ económica

Sin embargo, el concepto clave que expertos y representantes sindicales coinciden en señalar como el principal desafío al que se enfrenta el mercado de trabajo, y en consecuencia, preocupa a todos los agentes sobre los que repercute, es el de la “uberización de la economía”. Esto es, el uso de la tecnología para conectar trabajadores independientes con clientes que necesitan servicios, sin la necesidad de un intermediario tradicional o una empresa establecida. Un fenómeno que toma su nombre de la compañía de transporte con conductor Uber, pionera en la implementación de este tipo de fórmulas.

Se trata de una veta por la que las plataformas y los algoritmos que regulan los flujos de trabajo han tratado de alterar el paradigma de las relaciones laborales entre empleadores y empleados, abocándolos en muchos casos a la precariedad. “Las plataformas no han inventado nuevas formas de trabajo, es algo que debemos tener claro. Se han valido de las que ya existían para adaptarlas a un nuevo modelo mucho menos costoso. Además, son altamente ineficientes en materia de productividad laboral”, señala Adrián Todolí, profesor titular de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Universidad de Valencia.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) también ha venido alertado de los peligros de una estandarización de este tipo de prácticas laborales. “Las plataformas digitales ya se han integrado en nuestra vida cotidiana y ofrecen más oportunidades de generación de ingresos para los trabajadores, en particular para aquellos que antes quedaban al margen del mercado laboral”, señala Guy Ryder, director general de la OIT, en uno de los últimos informes publicados por el organismo. “Pero este modelo de negocio presenta algunos problemas, como el hecho de que los trabajadores de estas plataformas digitales experimenten dificultades para encontrar un trabajo bien remunerado que les permita obtener unos ingresos dignos, engendrando el peligro de la pobreza laboral”.

El caso paradigmático es el de los repartidores de comida a domicilio. El bum que experimentó este gremio durante el confinamiento por la covid puso al descubierto la posición de debilidad que existía entre los riders y las empresas para las que trabajan. Hasta el punto de que, amparados por distintas sentencias judiciales que reconocían la relación de laboralidad de los trabajadores, sindicatos, empresarios y Gobierno alumbraron en 2021 la ley rider. Desde entonces, el número de repartidores con contrato laboral se ha duplicado, y hoy supera la cifra de los 11.000. Una conquista que el sindicalismo toma como ejemplo para afrontar el resto del proceso transformador que se avecina.

“Con el despliegue de algoritmos en el mundo laboral, los sindicatos han desarrollado políticas y creado su base de información, pero necesitan hacer más para traducir esto en orientaciones prácticas sobre los asuntos que están en la mesa de negociación, como la reducción de la jornada laboral sin recorte salarial, la organización del trabajo de forma más humana, la protección de la intimidad de los trabajadores o una transición justa para descarbonizar [reducir el impacto medioambiental] el trabajo”, comenta Tudor, máximo responsable del órgano sindical internacional.

Pero hay gigantes frente a los sindicatos. Empresas globales como Twitter, Amazon o Starbucks, cuyas ramificaciones no han parado de extenderse por todo el mundo, y que han mostrado reiteradamente su desagrado ante la idea de que sus trabajadores se alineen dentro de unos organismos que los representen. En 2021, Amazon gastó 4,3 millones de dólares (3,9 millones en euros) en consultores antisindicales para frenar las diferentes campañas organizadas por sus trabajadores. Comportamientos que muchas de ellas han tratado de reproducir fuera de las fronteras estadounidenses, todavía sin éxito.

El modelo norteamericano es muy singular, ya que para que se reconozca al sindicato como un interlocutor válido dentro de la empresa es necesario que haya una votación interna que le arrogue esta potestad. Se trata de un primer escollo que en Europa no existe, porque el sindicato adquiere capacidad de presencia en la empresa de manera directa por la vía de la afiliación”, analiza Jesús Cruz, catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Sevilla. “Es cierto que en algunos países de la Europa continental se ha tratado de excluir a los sindicatos, y que se ha tratado de trasladar esta práctica al resto de territorios. Algo que, evidentemente, supone una dificultad añadida a la hora de defender su permanencia como una institución necesaria”, completa el catedrático.

La adaptación de sindicatos eminentemente nacionales a estas empresas globales es otro de los desafíos a los que se habrán de enfrentar las centrales en el corto plazo. “Es algo que dependerá en gran medida del contexto en el que opere cada sindicato. Para muchos de ellos lo principal será la cuestión jurídica en cuanto a la definición que se establezca del concepto de trabajador, y para los sindicatos que operan en profesiones cada vez más fragmentadas e individualizadas será una prioridad absoluta la defensa de las leyes y normas que regulan las denominadas formas atípicas de empleo”, detalla Tudor.

Pero jerarquizar las regulaciones es importante para evitar traspiés. “Hay que acomodar primero el derecho del trabajo a las nuevas formas de trabajar y es después cuando debemos entrar en el juego los sindicatos. No podemos dejar escapar ese tren”, se suma Fernando Luján, vicesecretario general de Política Sindical de UGT. “Las grandes empresas han ido deshaciéndose de todo lo que no tenía un valor añadido. Han creado a su alrededor pseudo empresas que en realidad no son tales, sino que recogen las migajas de las grandes compañías y ahí han intentado dividir primero a los trabajadores y luego, con eso, debilitar al sindicato”, explica.

La evolución tecnológica ha marcado históricamente el sino de la economía. Hasta el punto de representar al mismo tiempo el papel de generadora del cambio y de proveedora de soluciones ante las nuevas realidades. El amplio abanico de herramientas técnicas que fomentan la deslocalización es el siguiente paso en el proceso evolutivo laboral. “Los empleadores, los trabajadores y por supuesto, los sindicatos, hemos entendido perfectamente que el modelo industrial clásico que ha venido colocando a los trabajadores en un mismo espacio va camino de desaparecer”, reflexiona José Varela, responsable de Digitalización de UGT. “Lo que tenemos que hacer, simple y llanamente, es entender que eso está pasando y no negarlo. Si ya tienes una gran parte de tu plantilla que durante un número elevado de días no aparece en la oficina, tienes que empezar a introducir dentro de tu rutina nuevas formas de llegar hasta ellos”, añade.

Aplicaciones

De entre todos los dispositivos electrónicos que se han convertido en imprescindibles en el día a día, el teléfono móvil se erige como una de las herramientas imprescindibles en el tránsito hacia un nuevo modelo comunicativo. “Nosotros estamos enfocando toda nuestra modernización a través de aplicaciones que nos permitan llevar a cabo un asesoramiento de manera más directa, y que sirvan para generar sinergias”, explica Vicente Sánchez, secretario confederal de Transformaciones Estratégicas de CC OO. “La transformación digital es un salto para la sociedad en su conjunto”, añade.

Tomando las redes sociales como referencia a la hora de medir la capacidad de influencia virtual, el margen de crecimiento aún es notable para los dos sindicatos mayoritarios en España. Los 62.400 seguidores con los que cuenta CC OO en Twitter, y los 49.400 de UGT representan una masa aún no muy elevada en comparación con el volumen de sus afiliados, que en ambas organizaciones se sitúa en el entorno del millón de trabajadores. “Lo cierto es que una mayoría significativa de personas apoya lo que defienden los sindicatos y apoya el derecho a organizarse. Pero lo que tenemos que mejorar aún más para convertir ese sentimiento público en poder colectivo”, razona Tudor.

El contexto socioeconómico también nubla la visión sindical. “La política económica dominante en la mayoría de los países privilegia al capital y relega el trabajo a un segundo plano. “Se necesitan desesperadamente políticas gubernamentales que garanticen una fiscalidad progresiva para financiar servicios públicos de calidad e invertir en la acción por el clima, la economía asistencial y las infraestructuras, y que permitan a los trabajadores obtener una parte justa del pastel económico, incluido el establecimiento de salarios mínimos con los que la gente pueda vivir una vida decente”, apunta el máximo representante del CIS.

La magnitud del cambio al que se enfrentan unas organizaciones que surgieron a mediados del siglo XIX —el primer sindicato se constituyó en 1827 y agrupó al gremio de obreros constructores de Filadelfia (EE UU)—, exige no solo la definición de un diagnóstico, sino también la fortaleza suficiente para afrontarlo con garantías. ¿Y en qué estado llegan a este momento tan trascendental? “Los sindicatos gozan de una mala salud de hierro”, ironiza Jesús Cruz, catedrático de la Universidad de Sevilla. “Pero lo cierto es que los desafíos a los que se enfrentan hoy son especialmente complicados”, valora.

A su juicio, los cambios en el plano organizativo y tecnológico que están fomentando las empresas “hacen más difícil al sindicato desarrollar su actuación más tradicional y complican la manera de relacionarse con sus afiliados y en general con los trabajadores”. Algo que “viene de tiempo atrás, pero que ahora está acentuándose cada vez más”, matiza.

Los últimos datos recogidos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierten de una bajada progresiva en la afiliación sindical a nivel global. Entre 2009 y 2019 se produjo una caída de casi tres puntos (del 18,1% al 15,8%) en la media, mientras que en España esta fue de casi cinco (del 18,3% al 12,5%). Al mismo tiempo, uno de los últimos estudios publicados por el CIS concluye que se está produciendo un “retroceso real y constante de los derechos de los trabajadores en todo el mundo”. Algo que está produciendo que “los niveles de desigualdad económica actuales deriven en un descontento masivo y alimenten la desconfianza en la propia democracia”, conviene Tudor.

“Si queremos mantener la cohesión de la sociedad, necesitamos proteger a la persona. Es decir, concebir un derecho del trabajo en el que la persona sea el centro. Si esto no se produce, el debilitamiento laboral se extenderá por otras ramas de la sociedad, y lo que haremos será dinamitar el modelo social que tenemos”, analiza Luján, de UGT. “En nuestro caso, sí que se produjo una caída de la afiliación significativa en 2011, tras la crisis económica y financiera, pero que tuvo más que ver con el aumento del desempleo que con una fallida transformación de los sindicatos”, agrega el sindicalista.

En el plano español, las estadísticas advierten de que la fortaleza de las organizaciones sindicales en las calles se ha limado en los últimos años. Tomando como referencia el número de huelgas convocadas que contabiliza el Ministerio de Trabajo, mientras que en 2019 (último año antes de la irrupción del coronavirus) se llevaron a cabo 896 huelgas secundadas por 265.000 participantes, en 2022 fueron muchas menos, 679, y reunieron a un número sustancialmente inferior de personas (193.000).

¿A qué se debe esta progresiva pérdida de confianza en los sindicatos? “Está relacionada con el hecho de que no estén dando respuesta a problemas como la devaluación salarial. Pero esto es como la pescadilla que se muerde la cola, porque si no aumentan su volumen de afiliación tampoco consiguen que su capacidad de influencia crezca. La realidad es que no es algo de ahora, sino de los últimos 30 años”, explica el profesor Todolí.

Para este académico, la pérdida del sentimiento de representatividad de los trabajadores respecto a las organizaciones sindicales se ha magnificado, entre otras razones, por el paulatino empequeñecimiento del tamaño de las empresas. “El auge de la subcontratación está detrás de esta merma. Porque cuanto menor es la plantilla, más se fomenta la competencia entre trabajadores, que es algo que se está viendo especialmente en aquellos empleos que están ofreciendo las plataformas. Lo que están buscando es que el trabajador no se sienta parte de un grupo y defienda unos intereses comunes”, indica.

La última estadística de marzo sobre el número de empresas inscritas en la Seguridad Social evidencia el gran peso que tienen dentro del tejido productivo nacional las compañías con una plantilla más reducida. De las 1.322.734 que se contabilizaron el mes pasado, el 52% tenían de uno a dos trabajadores, y el 22,7% de 3 a 5.

Mostrar músculo

Este lunes se celebrará el Primero de Mayo, día internacional de los trabajadores. El enclave por excelencia para que las centrales sindicales, que han convocado 73 manifestaciones por toda España bajo el lema “Subir salarios, bajar los precios, repartir los beneficios”, muestren músculo. Más aún cuando la inflación sigue adulterando la cesta de la compra, mientras que sindicatos y empresarios continúan sin pactar una senda de aumento salarial que le haga frente. Aun así, en el entorno académico la ola inflacionista se concibe como un fenómeno temporal, que no tiene visos de mantenerse en la agenda sindical en el largo plazo. “Considero que otras cuestiones estructurales sí que estarán en la hoja de ruta durante más tiempo. Por ejemplo, el hecho de que se esté produciendo una caída de la tasa de cobertura de los convenios colectivos”, apunta el catedrático Cruz.

“Muchos de los retos serán similares a los que los sindicatos han afrontado durante décadas, como los salarios justos, la garantía de los derechos de organización y negociación colectiva para todos los trabajadores, la garantía de que los lugares de trabajo sean higiénicos y seguros, la lucha por la igualdad y la no discriminación y otros asuntos básicos tradicionales”, analiza Owen Tudor, del CIS. “Los sindicatos se han enfrentado al fascismo y a la guerra en diferentes momentos de la historia, y nuestra determinación de proteger la democracia y trabajar por la paz y la seguridad común es más fuerte ahora que nunca”, concluye.

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Sobre la firma

Gorka R. Pérez
Es redactor de la sección de Economía y está especializado en temas laborales. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Antes trabajó en Cadena Ser. Es licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco y Máster en Información Económica de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

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