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La mirada feminista se abre paso en la economía

Las mujeres reclaman que los cuidados sean remunerados y que se anteponga el bienestar social al material

Ilustración Negocios
Cinta Arribas
Miguel Ángel García Vega

La economía feminista es una ecuación con distintos resultados. Todos, pueden ser, correctos. Al igual que todas las mujeres no son iguales y tienen diferentes rostros. El pensamiento económico femenino son infinitas parcelas. Minifundios. Aunque juntos construyen una tierra fértil en la que durante décadas muchos economistas solo distinguieron un suelo baldío y polvoriento. Pero aún hoy se impone ese sentido de no molestar. Como esos carteles que cuelgan en las habitaciones de los hoteles y que protegen la intimidad del deseo. Una de las principales economistas españolas, experta en esta corriente, pide el anonimato. “Es un tema muy espinoso”, justifica. Su propuesta es kantiana. Diferentes categorías.

La “economía feminista” reniega del capitalismo actual. Después, en la taxonomía, caminaría la “economía de género”. Aquella que habla de lo que se denomina en la jerga “cuentas satélites”. Lo que aportarían al PIB si se incorporaran trabajos (generalmente efectuados por mujeres) como cuidar de los hijos y los mayores, atender la casa o la familia. Y al final. O al principio —depende de quién observe el rostro— estarían las “economistas liberales”, “que aceptan la economía neoliberal [privatización, libertad de los mercados financieros]: esto es algo que chirría mucho a las feministas”, avisa la académica. Por entender bien las fuerzas centrífugas y centrípetas que gobiernan esta corriente económica. “Una economista como la influente Mariana Mazzucato” [profesora en la University College London], “quien ha defendido que ‘el capitalismo actual resulta incompatible con el feminismo’, nunca sería invitada a unas jornadas de economía feminista”, admite la docente madrileña.

Los grandes bancos publican infinidad de estudios con decenas de páginas del coste económico de orillar a las mujeres. Goldman Sachs escribe (en un informe de marzo de 2021) su narrativa de cifras. Cerrar la fractura salarial y de trabajo de las mujeres estadounidenses contribuiría en 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros). El 7,3% de la riqueza del país. Y la Bolsa se dispararía entre el 3% y el 9%. La misma firma (febrero de 2022) reconoce que las mujeres negras contabilizan el 6% de la población del país pero solo son propietarias del 2% de los negocios. Números infinitos cuando la gente aspira a una vida “pequeña” y “segura”. La inequidad avergüenza. Solo el 0,5% de las mujeres negras posee su propio negocio. Una tasa 24 veces por debajo comparada con las mujeres blancas.

Esta tierra que una vez estuvo yerma y perteneció a hombres huecos reclama algo más que números. La brecha de género sigue costando al mundo 160 billones de dólares (143 billones de euros) al año.

Las palabras, y no las cifras, son la econometría femenina. “El capitalismo actual resulta incompatible con el feminismo”, comparte, con Mazzucato, Joyce Jacobsen, presidenta y profesora de Economía de los Colleges Hobart y William Smith en Estados Unidos. “Sin una intervención gubernamental significativa para compensar las cargas del trabajo no remunerado, el capitalismo no igualará el terreno de juego entre hombres y mujeres”. El mismo destino le aguarda a la pobreza y la reducción de la inequidad. No existe un único feminismo ni tampoco un único paradigma económico. “Pero cada vez resulta más claro que el modelo “masculino” de la economía, formado por un sujeto independiente, sin responsabilidades ni vínculos afectivos, con prioridades claras centradas, exclusivamente, en el éxito social y mercantil por encima, incluso, de toda ética, no resulta válido ni en la teoría ni en la práctica, si queremos que nuestra vida en este planeta sea sostenible ecológica y socialmente”, avisa Yolanda Jubeto, doctora en Economía Aplicada de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).

Marchas feministas en Nueva York el 8 de marzo de 2020.
Marchas feministas en Nueva York el 8 de marzo de 2020.Erik McGregor (LightRocket via Getty Images)

El capitalismo actual no sirve al modelo feminista porque busca multiplicar sus ganancias económicas frente al beneficio de la sociedad. Ambos pensamientos resultan incompatibles. Las políticas neoliberales de los años sesenta y setenta de Thatcher y Reagan justifican el comienzo. Pero nunca el presente. “El 52% de la población europea son mujeres”, desgrana Emilio Ontiveros, responsable de Analistas Financieros Internacionales (AFI). “Sin embargo, sus ratios de inclusión son menores y cobran menos que los hombres”. Y la igualdad de género que promueven los Fondos Next Generation (dotados con unos 105 millones de euros de forma directa para esta cuestión, aunque con la igualdad como eje transversal que se tendrá en cuenta en buena parte de las convocatorias) es escasa. Parecen destinados a trabajos de hombres. La activista feminista egipcia Nawal El Saadawi (1931-2021) escribió: “No creo que los derechos de las mujeres provengan del Gobierno, de ningún Gobierno. Creo que obtienen sus derechos por su propio esfuerzo”. Aunque, en un mundo justo, nadie debería luchar por derechos universales, solo disfrutar de ellos. Hace siglos que el filósofo griego Demócrito de Abdera enseñó a sus discípulos que “preferiría entender una sola causa que ser el Rey de Persia”.

Salario por cuidar

Un trabajo de la oenegé Oxfam de 2020 —citado por The New York Times Magazine— revela que si las mujeres estadounidenses recibieran el salario mínimo por el trabajo que desempeñan en la casa y el cuidado de sus familiares hubieran ganado 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) durante 2019. Resuena un monólogo interior: “Mira dónde llegaríamos si nos valoraran”. Aunque las mujeres no quieren solo que ese trabajo se valore o remunere, quieren que se comparta para que las oportunidades de desarrollo profesional sean iguales a las de los hombres. Quizá el capitalismo de los cuidados sea el único aceptable. Sin embargo, los expertos, que danzan con el neoliberalismo, miran sus pasos. “Se puede ir más allá”, indica Martin Wolf, prestigioso analista económico. “Para mejorar los resultados desiguales de la economía de mercado, en el papel de la familia como elemento básico económico y de la sociedad. Sin embargo, la visión y los intereses de las mujeres son diferentes en muchos aspectos”.

Tal vez sea cierto. Quizá haya que preguntárselo a un mito. Silvia Federici, 79 años, académica y teórica del trabajo doméstico y una de las pensadoras socialistas feministas más influyentes del último siglo, quien se ha ganado el privilegio de ser un tesoro nacional estadounidense. Lleva décadas criticando la forma en la que la sociedad capitalista no reconoce lo que ella llama “trabajo reproductivo”. No es solo tener hijos. Es el cuidado del hogar, la familia, los mayores, las personas a su cargo, alimentarlos, sanarlos. Bañar a la abuela o cuidar, a diario, del césped. La sociedad ni lo recompensa ni lo acepta. Un grupo de actrices ricas y ejecutivos (incluyendo a Julianne Moore, Charlize Theron y los líderes del agregador de gimnasios ClassPass o Birchbox, distribución de maquillaje) reclaman un Plan Marshall para madres que incluya una asignación mensual del Estado. En marzo de 2020, la académica, profesora de estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton y activista Keeanga-Yamahtta Taylor escribió proféticamente en The New Yorker: “La vida de los estadounidenses se ha visto súbita y dramáticamente alterada, y cuando las cosas se ponen patas arriba, el fondo sale a la superficie y queda expuesto a la luz”. Fue un año de desagradables revelaciones, que la mayoría de los americanos —los millones de personas que fueron despedidas o revocados sus permisos de empleo, o que tuvieron la suerte de ser denominadas no esenciales— vivieron aislados en casa. ¿El hogar como cárcel? ¿Y el ser humano ajeno al sufrimiento? Pese a todo, Federici es optimista: “Existe mucha belleza, generosidad y coraje, Dios mío. Todavía hay gozo y belleza en este mundo. Y espero que prevalezca sobre aquellos que solo quieren controlarla y destrozarla”.

Aunque las mujeres no quieren portar una rama de olivo en el estrado de la ONU. Son otros amaneceres. Sin justicia, la tierra abrasa bajo sus pies. Defienden lo que la historia y la desigualdad les ha arrebatado a lo largo de siglos. Linda Scott, profesora emérita en la Universidad de Oxford, bien podría ser la sucesora de los postulados de Federici. Son firmes. Toda mujer es a la vez patria y exilio. El siglo XX —describe— fue el punto álgido de la huida. El intercambio era la única medida de actividad económica. Las mujeres —al no recibir ingresos por su trabajo doméstico— no contaban en las estimaciones de las economías nacionales. “Pese a cultivar y producir el activo más valioso de todos: el capital humano”, recuerda. Trabajaban sin remuneración en las explotaciones agrícolas y el dinero era entregado al cabeza de familia. “Como consecuencia, la unidad de medida más pequeña en economía continúa siendo el hogar. Y el dinero controlado (o no) por ellas resulta prácticamente imposible de calcular porque la riqueza se atribuye al hogar y a su (presunto) jefe de la familia”, reflexiona. Se entiende ahora que esos estudios de billones de euros que publican las consultoras son narrativas desde las élites. Las mujeres —calcula Scott— producen ahora mismo el 40% del PIB mundial y más del 50% del suministro de los alimentos del mundo. Y sin ellas resulta imposible resolver —frente a los desafíos geoestratégicos— el gran problema del planeta: la inequidad. Economistas masculinos: Piketty, Varoufakis (quien se disculpa por no participar en el reportaje debido a la guerra contra Ucrania) o Branko Milanovic llevan años, al igual que Santo Tomás, introduciendo el índice en esa llaga.

Sin embargo las mujeres son diferentes a los hombres. Esa idea de igualdad económica es una pieza de mármol fracturada en las canteras de Carrara. Inservible. Uno de los mayores errores de una sociedad patriarcal. “Cuando las mujeres tienen dinero y libertad de decidir cómo gastarlo, eligen invertir en buena nutrición, educación y atención sanitaria, sobre todo para sus hijos”, desgrana Linda Scott. “Este comportamiento en el gasto saca a la gente de la pobreza, establece y mantiene la clase media y contribuye al crecimiento económico nacional”. Trincheras frente a la violencia machista. Esta agresión y sus muertes —estima— le cuesta al mundo el 5% (visitas al hospital, tratamiento postrauma, días de trabajo perdidos) de su riqueza. Y la diferencia salarial entre hombres y mujeres apenas sorprende. En el Reino Unido, en un hogar medio, es de 9.000 libras (10.800 euros) sobre una renta estándar del 39.000 libras (46.800 euros).

La economía jamás es ciega. Vive empujada por siglos de inercia machista. Además —como afirma María Solanas, directora de Programas e investigadora de género del Real Instituto Elcano— “lo que no se mide, no existe”. Las vacunas no tuvieron en cuenta la menstruación de las mujeres ni sus cambios hormonales. Los coches sitúan sus Air-Bag a la altura de los hombres. Cuando las mujeres son, de media, más bajas. Además, a la hora de diseñar este dispositivo no se ha tenido en cuenta el impacto en las mujeres embarazadas. Y las oposiciones a jueces las ganan más mujeres que hombres. Pero la “trampa” llega con los puestos de libre designación. Hombres. Resulta comprensible que reciten el verso de T.S Eliot: “Estoy cansado de mi vida, y de las vidas que vendrán detrás de mí”. Ni la política fiscal es un acomodo. “Las mujeres de media ganan menos que los hombres y su capacidad de ahorro resulta muy inferior, y, claro, tampoco pueden aprovecharse de la Bolsa o de la subida de los tipos de interés”, analiza Patricia Gabaldón, profesora de Economía de IE University.

Y en este aquelarre de la infravaloración, las mujeres han soportado infinidad de anuncios, libros de autoayuda, música, discursos políticos cuya epifanía era que sufrían un problema de “falta de confianza”. La profesora Rosalind Gill, codirectora del Centro de Investigaciones de Género y Sexo de la Universidad de Londres, pulveriza este arquetipo en su reciente Confidence Culture (Duke University Press, 2022). Pulveriza la tesis con escuadra y cartabón. “En esta cultura, la solución pasa porque las mujeres trabajen y se cambien a sí mismas, en lugar de transformar un mundo injusto”, critica. Esa cultura habita en la publicidad sobre el cuerpo y la belleza —sintetiza la docente—, en los consejos acerca de la crianza de los hijos y las iniciativas en las que los objetivos se formulan, cada vez más, en términos psicológicos, y no materiales: hacer que las niñas se sientan más seguras y resilientes. “¡Hace poco una empresa dijo que la brecha salarial entre hombres y mujeres es culpa de las propias mujeres!: ¡Tienen que tener más confianza para pedir dinero!”, exclama indignada.

Alguien debería escribir un libro titulado Machiavelli for Women (Maquivelo para mujeres). ¡Ah!, ya está escrito en 2020. Lo firma la periodista económica Stacey Vanek Smith y argumenta que la transparencia ayuda a traer el cambio. En el Reino Unido es obligatorio que las empresas con al menos 250 empleados expliquen sus diferencias salariales entre hombres y mujeres. Ni parecido a España.

Mentes brillantes

De hecho, la primera Nobel de Economía, Elinor Ostrom, lo ganó en 2009. Murió tres años después. Y su planteamiento ni siquiera era feminista, sino social (bienes comunes). “Las mujeres que cursan el doctorado en economía resultan más brillantes que los hombres”, admite Emilio Ontiveros. Pero luego desaparecen. La maternidad es la gran causa. ¿O familia o carrera? En décadas, la decisión no ha cambiado. Un valle de cenizas oscurecido bajo un horizonte de chatarra. “El problema de la falta de representatividad entre los economistas es que las personas que ocupan cargos influyentes tienen una experiencia y una formación muy limitadas, por lo que resulta probable que no comprendan los retos que enfrentan muchos de sus conciudadanos”, cuenta Diane Cole, docente de Políticas Públicas de la Universidad de Cambridge. Y eso que la hasta hace poco economista jefe del FMI (Fondo Monetario Internacional) era una mujer como lo es también la del Banco Mundial.

A pocos les importa. “Si preguntas [a la gente joven] quién es un economista, dirán que es un hombre joven aburrido en traje”, asegura en el Financial Times Sarah Smith, profesora de Economía de la Universidad de Bristol. “Si preguntas sobre de qué trata la economía, contestarán de dinero, banca y finanzas”. “Durante demasiado tiempo han venerado la independencia y denigrado las conexiones humanas. [Los economistas] han tratado las emociones como algo irracional e indigno de incorporarse a los modelos económicos”, lanza Victoria Bateman, profesora de Economía en la Universidad de Cambridge. Hay palabras puestas una tras otra que muestran un cruce de caminos entre el dolor y la vergüenza. “He llegado a ser mujer en un mundo en el que cuanto más sana estás, más loca te hacen parecer”. Es la palabra sincera de Hannah Nelson, una trabajadora doméstica afroamericana. Reside entresacada del libro The Social Construction of Black Feminist Thought, 2008 (La construcción social del pensamiento feminista negro) de la socióloga Patricia Hill Collins.

Esa locura ilumina los versos del desparecido compositor italiano Franco Battiato: “En una época de locos nos faltaban los idiotas del Horror”. El ataque a Ucrania también tiene género en estos días de acero retorcido y dolor. “La invasión subraya la importancia de alejarse de los combustibles fósiles”, indica Ebru Kongar, profesora de Economía en Dickinson College (Pensilvania). “La audacia de la invasión rusa se debe, en parte, a que su poder proviene de esos hidrocarburos y de la dependencia que el mundo tiene de ellos”. Y aclara: “La economía feminista heterodoxa [incorpora las relaciones de poder, interroga y desafía las normas] hace hincapié en el aprovechamiento de recursos sostenibles y alejarse de esa dependencia”. Ese es el lado del puente que eligen otras feministas como Radhika Balakrishnan, profesora de Estudios de la Mujer, Género y Sexualidad de la Universidad Rutgers (Nueva Jersey) o Nancy Folbre, responsable del programa de Género y Trabajo de los Cuidados de la prestigiosa Universidad Amherst (Massachusetts). “Soy una entusiasta de la economía heterodoxa porque está más atenta a la identidad colectiva y al conflicto”, defiende. Pero hablábamos de una guerra. La bisectriz donde civilización y Humanidad agotan su geometría. “Los economistas deberían prestar más atención al despliegue de la fuerza y la violencia, así como al impacto del cuidado y de la ayuda mutua”, observa Nancy Folbre. Es el nuevo Zeitgeist, el clima de la época. Abrasa como el Infierno de Dante.

Una mujer selecciona chiles en  Bangladesh.
Una mujer selecciona chiles en Bangladesh.Kazi Salahuddin Razu (NurPhoto via Getty Images)

Habitación con vistas a la brecha salarial

La historia se equivoca. La economía feminista no empezó en los años 60 del siglo pasado. Al contrario. Comenzó en Inglaterra en 1928 cuando Virginia Woolf (1882-1941), una de las grandes voces narrativas de los últimos 150 años, escribió: “A woman must have money and a room of her own if she is to write fiction”. Acertó. “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. La frase da título al ensayo Una habitación propia. Desde entonces han luchado por ese lugar. Como la estadounidense Zelda Fitzgerald (1900-1948). Una se suicidó en el río Ouse, la otra pereció en el incendio del psiquiátrico en Asheville, donde estaba ingresada con un trastorno depresivo similar al de Woolf. Bajos sus pies, entonces, se abrieron muchas de las grietas que todavía hoy sufren las mujeres. “Uno de los principales factores que contribuyen a la diferencia salarial entre hombres y mujeres es la “penalización por la maternidad”, reflexiona Linda Scott, profesora emérita de Emprendimiento e Innovación de la Universidad de Oxford y autora de Double X Economy: The Epic Potential of Empowering Women (La economía doble X: El épico potencial de incluir a las mujeres, Temas de Hoy).

“Piénselo. Un empresario nunca dirá que va a pagar menos a un hombre porque ahora es padre. Al contrario. Resulta probable que le remunere más, pues tiene una familia que mantener. Lo que hace esa persona cuando paga menos a una madre es quitarle recursos necesarios a los niños, sólo para meter dinero en su bolsillo. ¿Qué clase de monstruo hace eso?”, se cuestiona.

Desde luego alguien indiferente a la condición humana y la urgencia de la natalidad. Es igual que un agujero negro y su singularidad: el tiempo y el espacio se detienen. “Solo muy recientemente, en 2018, Islandia (el país que encabeza los rankings mundiales sobre igualdad) aprobaba la primera ley que sanciona la brecha salarial”, recuerda María Solanas, directora de Programas del Real Instituto Elcano. La economía, y las políticas económicas, no son neutras al género. “Toda la economía está atravesada por la desigualdad de género”, confirma Paula Rodríguez, directora del Centro Interdisciplinar de Estudios Feministas, de las Mujeres y de Género (Cinef). Y critica: “El olvido del enfoque de género afecta a todas las disciplinas debido a la devaluación del aporte que hacen a ellas las mujeres”.

Y allí donde la línea del horizonte se borra como una goma de nata y los bueyes pasan lento sobre la nieve —el campo— la brecha labra sus surcos. La precariedad laboral de la mujer se acentúa en el mundo rural —defiende un trabajo de CaixaBank—: la tasa de temporalidad de las trabajadoras es del 60,9% frente al 52% de los hombres y España es el quinto país de Europa con el índice de actividad rural femenina (73%) más baja. Otra vez el distinto pulso del tiempo. Al día, las mujeres del campo dedican dos horas y siete minutos más que los hombres al hogar y la familia. Esta desigualdad tiene un coste. Si la resta fuera cero se podrían incorporar 38.500 millones de euros a la riqueza del país. Un 3,1% de su PIB en 2019.

Sin embargo, son números en una pantalla digital. Y la tierra son terrones que se desmenuzan entre los dedos. En España y en Argentina. El país sudamericano ha sufrido mucho en las últimas décadas. Hoy, citando a su presidente, Alberto Fernández, ha hecho “de la lucha contra la violencia de género” una prioridad máxima para todo el mundo. Es el mayor territorio de la región que legaliza el aborto. Detrás hay tres mujeres “activistas” y “feministas”. Mercedes D’Alessandro, primera directora que tiene Argentina de Economía, Igualdad y Género; Elizabeth Gómez Alcorta, la primera ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad y Vilma Ibarra, la principal asesora legal del presidente. “No estamos en contra de los hombres. Todo lo que queremos hacer es desmantelar un sistema que ha abusado y herido a las mujeres”, recalca la política. El ser humano debe aprender que una gran mujer es aquella que no espera por nadie.


Sobre la firma

Miguel Ángel García Vega
Lleva unos 25 años escribiendo en EL PAÍS, actualmente para Cultura, Negocios, El País Semanal, Retina, Suplementos Especiales e Ideas. Sus textos han sido republicados por La Nación (Argentina), La Tercera (Chile) o Le Monde (Francia). Ha recibido, entre otros, los premios AECOC, Accenture, Antonio Moreno Espejo (CNMV) y Ciudad de Badajoz.

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