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La hiperinflación devora la economía de Turquía

Los precios en Turquía aumentaron un 70 % en abril, aunque otros cálculos sitúan la inflación en más del doble, lo que amenaza la recuperación económica del país euroasiático al contraer la demanda interna

Compradores en un mercado callejero de Estambul este jueves.
Compradores en un mercado callejero de Estambul este jueves.ERDEM SAHIN (EFE)
Andrés Mourenza

Los precios en Turquía aumentaron un 69,97 % en abril respecto al mismo mes de 2021 espoleados por la invasión rusa de Ucrania (Turquía tiene gran dependencia de ambos países), los problemas en la cadena de suministros global y los propios desequilibrios de la política económica turca. Entre los grupos de productos que mayor alza de precios registraron, según el Instituto de Estadística de Turquía (TÜIK), están los alimentos (89 %) y el transporte (106 %). Esta elevada inflación está devorando la capacidad adquisitiva de los turcos y contrayendo la demanda interna, lo que amenaza con reducir considerablemente el crecimiento económico que se esperaba para 2022.

La situación de los precios es, en realidad, mucho peor que la reflejada en las estadísticas oficiales, pues hay serias dudas sobre la fiabilidad de los datos de TÜIK. El Grupo de Estudios sobre la Inflación (ENAG), compuesto por académicos y expertos en econometría, estima que el índice de precios al consumidor superó el 156 % interanual en abril. ENAG ha publicado estos cálculos a pesar de las presiones y procesos judiciales que sufre y de la ley que se prepara para aprobar el Parlamento y que castigará con hasta tres años de prisión el publicar estadísticas sin aprobación oficial. Sin embargo, el director del grupo, Veysel Ulusoy, ha advertido de que continuará publicando sus datos, que consideran más cercanos a la realidad de “hiperinflación” que vive el país. No en vano, el índice oficial de Precios del Productor llegó al 122% en abril. En el país, los precios de producción suelen reflejarse de manera casi automática en los precios al consumidor.

La guerra en Ucrania ha echado por tierra el proyecto del Gobierno turco de aprovechar la depreciación de la lira turca (su valor cayó un 45% durante el pasado año) y la previsión de una recuperación global para aumentar la exportación y los ingresos por turismo. En el primer trimestre de este año, las exportaciones turcas solo cubrieron un 69,5% del valor de las importaciones, frente a un 82% el año anterior, lo que ha disparado el déficit por cuenta corriente: en febrero —últimos datos disponibles— superó los 20.000 millones de euros en monto acumulados durante los últimos doce meses. La razón es el fuerte incremento del precio de la energía y de las materias primas, imprescindibles para mover una industria turca que es mayormente de ensamblaje.

“Te presentas a una licitación para suministrar algún tipo de material después de consultar los precios a los productores, pero, si la ganas, vuelves al cabo de diez días a los productores y han subido los precios”, explica un pequeño empresario turco que prefiere no ver publicado su nombre: “Tampoco puedes pactar los precios con ellos, porque no saben cuánto les van a aumentar los costes de producción ni adelantarles el pago porque no sabes si vas a ganar el concurso. Así es imposible hacer negocios”.

El alza de precios está repercutiendo en el consumo. El Índice de Confianza del Consumidor, publicado por el instituto de estadística oficial, se situó en abril en su nivel más bajo de las últimas dos décadas, inferior incluso al registrado durante la crisis financiera global iniciada en 2008, que, si bien es cierto, no afectó a Turquía tanto como a otras partes de Europa.

“Sinceramente, no me esperaba una cifra tan alta de inflación en abril, pero es que los precios de producción también están aumentando muy rápidamente, así que es de esperar que el índice de precios al consumo superará el 80% en los próximos meses”, explica Seyfettin Gürsel, director del Centro de Investigaciones Sociales y Económicas de la Universidad de Bahçesehir (BETAM). La inflación ha provocado “una gran caída del bienestar”, porque “la inflación va tan rápido que los salarios se han quedado atrás”, y ello pese a la subida de un 50% del salario mínimo decretado en diciembre por el Gobierno: “Esto está incrementando la pobreza y reduce fuertemente la demanda”.

Así, la economía turca se está ralentizando, en un país que necesita un crecimiento de un 3-4% anual para asumir en el mercado de trabajo a la ingente población joven que posee. Si en 2021 el PIB turco se incrementó un 11% respecto al año anterior y en el último trimestre de ese año la economía creció un 9,5%, BETAM estima que en el primer trimestre de 2022 lo hizo un 5,8%. Aunque, según Gürsel, todavía es pronto para dar números sobre el segundo trimestre, cree que la inflación y la reducción de la demanda forzarán a “revisar mucho más a la baja las expectativas de crecimiento”.

Pese al incremento de los precios en Turquía y a la política monetaria cada vez más restrictiva de la Reserva Federal de EEUU y otras instituciones similares, el Banco Central turco no ha dado muestras de que vaya a elevar el tipo de interés de referencia. En sus últimas reuniones ha decidido mantenerlo estable en el 14% tras varios recortes el pasado otoño. El resultado ha sido que los bancos privados turcos -incluido Garanti, la filial de BBVA- han triplicado o cuadruplicado sus beneficios durante los tres primeros meses de este año, dado que, con el precio del dinero rebajado, han mantenido el interés de los préstamos en torno al 25%.

Y, puesto que con niveles tan altos de inflación y réditos tan bajos en los depósitos bancarios ahorrar en liras turcas carece de sentido, muchos fondos se han dirigido a la inversión inmobiliaria, disparando los precios (algo a lo que también ha contribuido la llegada de ciudadanos rusos y de Oriente Próximo en busca de pasaportes a cambio de inversión). Tanto alquileres como precios de venta se han multiplicado por 2,5 en apenas un año y esta burbuja inmobiliaria amenaza con agravar los problemas de vivienda que se viven desde el año pasado y que afectan principalmente a las capas más desfavorecidas y a los jóvenes.

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