Los ministros de Exteriores de Rusia y Ucrania anuncian una reunión en Turquía para buscar una salida al conflicto

Pese a ser miembro de la OTAN, Ankara mantiene una postura de cierta neutralidad, bloqueando el acceso de buques rusos al mar Negro, como pedía Ucrania, pero sin secundar las sanciones a Moscú impuestas por Occidente

El submarino ruso Rostov-del-Don frente a la mezquita de Süleymaniye (Estambul) en su travesía hacia el mar Negro el pasado 13 de febrero.
El submarino ruso Rostov-del-Don frente a la mezquita de Süleymaniye (Estambul) en su travesía hacia el mar Negro el pasado 13 de febrero.YORUK ISIK (REUTERS)

Los ministros de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y ucranio, Dmitro Kuleba, tienen previsto reunirse por primera vez este jueves en Turquía para tratar de buscar una salida al conflicto desatado por la invasión rusa de Ucrania. En principio, lo harán en la ciudad sureña de Antalya y en un formato a tres, con la presencia de su homólogo turco, Mevlüt Çavusoglu. “Nuestro objetivo más urgente es el cese de los combates”, explicó el jefe de la diplomacia turca al anunciar la cita, que consideró un “paso importante” hacia la paz y la estabilidad. Posteriormente, la portavoz de Exteriores rusa, María Zajarova, confirmó a la agencia TASS la participación rusa en la reunión.

La iniciativa es el resultado de los esfuerzos diplomáticos de Turquía, cuyo presidente, Recep Tayyip Erdogan, ha hablado por teléfono con una veintena de jefes de Estado y de Gobierno desde el inicio de la guerra, incluida una conversación este domingo con su par ruso, Vladímir Putin, y varias con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El ministro de Exteriores turco ha mantenido a su vez 40 reuniones telemáticas con sus homólogos para preparar el terreno, entre ellas seis con Kuleba y cuatro con Lavrov. “Eso sin contar los mensajes que nos enviamos continuamente”, añadió.

Turquía es uno de los miembros de la OTAN con más pedigrí —entró a formar parte en 1952—, pero en los últimos años ha preferido negociar su expansión exterior directamente con el Kremlin. Ha comprado a Rusia un sistema de misiles que puede suponer una amenaza para aeronaves de la Alianza Atlántica y, sin embargo, también ha vendido armas a Ucrania, especialmente drones que están castigando las columnas militares rusas. Cómo combinar todas estas variables se ha convertido en la cuadratura del círculo para el Gobierno de Erdogan al iniciar Rusia la guerra en Ucrania: Ankara condenó “la invasión ilegal”, pero se abstuvo en la votación sobre la expulsión de Rusia del Consejo de Europa; ha cerrado los estrechos al paso de buques militares rusos, pero rechaza secundar las sanciones de la UE y EE UU. Una de cal y otra de arena.

La razón es que se trata de uno de los países —fuera de los directamente implicados— que más puede perder a raíz del conflicto. “Turquía sigue una política de equilibrio. La principal razón es que los dos Estados que están combatiendo son vecinos importantes, con los que Turquía mantiene relaciones de carácter estratégico y un elevado volumen comercial”, afirma Muhittin Ataman, analista del centro de estudios progubernamental SETA.

Erdogan se ha acostumbrado en los últimos años a hablar de tú a tú con su homólogo ruso, Vladímir Putin, con quien le resulta más fácil llegar a acuerdos que a través de la farragosa institucionalidad que implican los tratos con sus socios occidentales, en cuyas negociaciones siempre aparecen referencias a los derechos humanos, la imparcialidad judicial y otros asuntos, a su juicio, molestos. A la vez, el Gobierno turco teme enfadar a Rusia y que esta le pague desestabilizando aquellos escenarios como Siria, Libia y el Cáucaso, donde la sintonía entre ambos líderes ha permitido que cada país conserve su esfera de influencia. Pocos días antes del inicio de la invasión de Ucrania, el viceministro de Exteriores de Rusia, Mijail Bogdanov, explicó que las conversaciones entre los militares rusos desplegados en Siria y su contraparte turca estaban “muy avanzadas”, y pocos desean que se reanuden las hostilidades. En el recuerdo queda el bombardeo de hace dos años —que numerosos analistas achacan a la aviación rusa— que mató a 34 soldados turcos en Siria, pero que Ankara evitó atribuir a Moscú. “Turquía y Rusia han conseguido atemperar sus diferencias. Hay temas en los que no están de acuerdo, pero tratan de que eso no empañe sus relaciones”, defiende Emre Ersen, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Mármara.

La prudencia turca también se explica por razones económicas. Turquía compra a Rusia un tercio del gas y un cuarto del petróleo que consume, y una empresa rusa construye la primera central nuclear turca. El 80% del trigo que importa Turquía proviene de Rusia y Ucrania, y lo mismo ocurre con otros cereales y el aceite de girasol. El encarecimiento en las materias primas puede tener un efecto nocivo en una Turquía donde los precios se han doblado en apenas un año. Ersen subraya, además, que las sanciones contra Rusia y el propio conflicto pondrán en aprietos dos métodos turcos para obtener divisa: el turismo (rusos y ucranios son el 27% de los visitantes a Turquía) y la construcción en el exterior (empresas turcas tienen proyectos por valor de 18.000 millones de euros en Rusia).

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Alianza estratégica con Ucrania

A pesar de esta aparente posición neutral, hay un gran enfado turco con Rusia por su ataque a Ucrania, asevera Yörük Isik, analista del think-tank estadounidense Middle East Institute y director de la consultora estambulí Bosphorus Observer, especializada en temas marítimos. Erdogan se reunió con Zelenski en Kiev solo tres semanas antes de la intervención rusa: firmaron un tratado de libre comercio y el líder turco se ofreció a mediar ante Moscú. “Turquía es el principal inversor extranjero en Ucrania, y allí hay cientos de empresas y miles de ciudadanos turcos. Esta relación tiene un aspecto militar muy importante, porque son dos países que se complementan perfectamente. Lo que Turquía necesita desesperadamente, por ejemplo motores y tecnología aérea, lo tiene Ucrania, y viceversa”, apunta Isik.

Ucrania ha comprado vehículos militares a Turquía, ha encargado la construcción de corvetas y ha recibido al menos una docena de drones artillados Bayraktar TB2. La semana pasada llegó un segundo lote, ya en plena guerra, pero el Gobierno turco se escudó en que son acuerdos comerciales llevados a cabo por una empresa privada (empresa, eso sí, que pertenece a la familia de un yerno de Erdogan). Estos drones se han mostrado efectivos frente al avance ruso, tanto que en las redes sociales se ha popularizado una canción en honor al arma de fabricación turca. Además, empresas militares turcas habían llegado a acuerdos con la fábrica ucrania Motor Sich para manufacturar los motores de los nuevos helicópteros de ataque turcos, de los drones TB2 y de un modelo superior, el Akinci. Esa fábrica está situada en Zaporiyia, cerca del frente de combate, y, cree Isik, “probablemente se convertirá en un objetivo de Putin”.

Teniendo en cuenta esto se entiende que Turquía haya invocado la Convención de Montreux y haya prohibido el tránsito por los estrechos del Bósforo y los Dardanelos (a través de los que se comunican el Mediterráneo y el mar Negro) a los barcos militares rusos, una medida exigida por Kiev desde el primer día de ofensiva. La pasada semana, el ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavusoglu, anunció que se había pedido a Moscú retirar una petición de paso de cuatro buques. Según Reuters, se trataba de dos destructores, una fragata y un navío de reconocimiento.

“Esto son palabras mayores”, dice Isik, que asegura que durante varias semanas esta flotilla estuvo compuesta por siete naves, parte de ellas de la flota rusa del Pacífico y una armada con misiles de crucero, y estuvo dando vueltas en el norte del mar Egeo hasta que varios buques partieron hacia el sur, lo que indicaría que “Turquía presionó a Rusia incluso antes de aplicar Montreux para evitar que esos buques entrasen al mar Negro”. Para endulzar el mal trago a Rusia, Çavusoglu ha hecho extensible la prohibición del paso de buques militares por los estrechos “a todos los Estados”, algo que no está recogido en la Convención de Montreux, que se ciñe únicamente a los Estados beligerantes. Lo interesante, resalta el experto naval, es que la OTAN sacó sus naves del mar Negro a finales de enero, cuando es habitual que siempre haya alguna en patrulla rotatoria: “Probablemente, alguien en Bruselas tomó la decisión de no dar a Rusia la oportunidad de buscar provocaciones que utilizar como excusa”.

El cierre de los estrechos turcos no tendrá gran efecto en la ofensiva en Ucrania a corto plazo, puesto que ya hay una importante presencia naval rusa en el mar Negro, incluidos seis buques de sus flotas del Norte y el Báltico. Pero, sostiene el profesor Ersen, a medio-largo plazo podría afectar a la comunicación con el despliegue ruso en Siria, ya que obliga a que todos los suministros lleguen por vía aérea.

Otro efecto del conflicto, si no se detiene pronto, puede ser que Turquía refuerce su cooperación con países del Este de Europa como Bulgaria, Rumania y Polonia si se siente “amenazada” por Rusia, opina Ataman. E igualmente, podría resultar en la normalización de las relaciones entre Turquía y el resto de la OTAN, toda vez que Ankara está mostrando “su valor estratégico para la seguridad en Europa”.

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