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Biden, inflación y coches de segunda mano

El repunte de los precios se debe en buena medida a que los ciudadanos vuelven a viajar y compran vehículos usados

Atasco en una autopista en Los Ángeles, California.
Atasco en una autopista en Los Ángeles, California.Mario Tama / Getty Images

¿Debería el presidente Biden dar carpetazo a su programa porque los estadounidenses se están apresurando a comprar coches de segunda mano? Vale, estoy siendo un poco sarcástico, pero solo un poco. Eso es más o menos lo que dicen los economistas que intentan sacar grandes conclusiones del informe sobre la inflación publicado el miércoles por la Oficina de Estadística Laboral.

Es cierto que, si bien la mayoría se esperaba una subida de los precios al consumo, el actual repunte está siendo mayor de lo previsto. La tasa de inflación interanual ha superado el 4%, por encima del anterior pico, en 2011. No es absurdo preguntarse si una inflación inesperadamente elevada significa que la economía tiene menos margen para avanzar de lo que el Gobierno de Biden y la Reserva Federal habían supuesto; podría ser cierto, y en tal caso, tal vez los planes de gasto de Biden resulten excesivos y la Reserva Federal tenga que plantearse pronto una subida de los tipos de interés.

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Pero ni los detalles del informe ni la historia reciente respaldan esas preocupaciones; por el contrario, indican que los políticos deberían mantener la calma. Esto no parece en absoluto una reproducción de la estanflación vivida en la década de 1970; da la impresión de ser una incidencia pasajera, que refleja turbulencias transitorias mientras la economía se esfuerza por recobrarse de las perturbaciones de la pandemia. Y la historia nos dice que es muy mala idea que a los políticos les entre el pánico ante estos repuntes. Para entender por qué, recordemos lo ocurrido en 2011, la última vez que observamos este tipo de desvío inflacionario. Entre finales de 2010 y comienzos de 2011 se produjo una fuerte subida de los precios al consumo, impulsada por el aumento de los precios del petróleo y de otras materias primas, en un momento en el que el mundo se estaba recuperando de la crisis financiera de 2008. La inflación de los precios al consumo alcanzó el 3,8%, un poquito por debajo de este último índice.

Y los halcones de la inflación se pusieron como locos. El representante Paul Ryan (¿se acuerdan de él?) frio a preguntas a Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, acerca de sus políticas monetarias expansivas, con la cantinela de que “lo más dañino que un país puede hacerles a sus ciudadanos es devaluar la moneda”. Sin embargo, Bernanke no se dejó intimidar. La Reserva Federal se centró en la inflación “básica”, una medida que excluye los precios volátiles de los alimentos y la energía, y que (correctamente) considera que da una idea más precisa de la inflación subyacente que la inflación general. Y la cabeza fría de la Reserva Federal se vio justificada: la inflación bajó enseguida y el dólar no se devaluó.

Los políticos de otras partes no fueron tan racionales. Al igual que Estados Unidos, la zona euro experimentó un pico en el índice de precios al consumo, pero no en la inflación básica. Sin embargo, al Banco Central Europeo le entró el pánico. Subió los tipos de interés a pesar de un desempleo muy elevado, y al hacerlo empeoró la fuerte crisis de endeudamiento del continente.

La lección de 2011 es doble. En primer lugar, no debemos reaccionar con excesivo nerviosismo ante las fluctuaciones a corto plazo de la inflación. En segundo lugar, cuando se produce una fuerte subida de precios, fijémonos en los detalles: ¿parece un aumento de la inflación subyacente, o parece un desvío provocado por factores temporales? Lo cual nos lleva a la subida de precios del mes pasado. ¿Parece algo por lo que preocuparse? No, la verdad es que no. Es cierto que, si esta vez nos centramos en la definición habitual de inflación básica y excluimos los alimentos y la energía, la historia no cambia mucho. A lo largo de los últimos 12 meses, la inflación básica fue del 3%, no muy inferior a la inflación total; y solo en abril, la inflación básica estuvo ligeramente por encima de la inflación general.

Pero algunos economistas llevamos un tiempo sosteniendo que los cambios de los precios en el transcurso de los próximos meses probablemente se verán inflados por factores temporales que las mediciones convencionales de la inflación básica no tienen en cuenta. Hace un mes, advertí de que “íbamos a tener una recuperación extraña”, con “una serie inusual de cuellos de botella” que provocarán “muchos repuntes pasajeros de otros precios aparte de los alimentos y la energía”.

Y claro, los precios de abril se vieron impulsados en gran medida por factores peculiares relacionados obviamente con la reactivación de la economía. Cuando la gente habla de la inflación subyacente, raramente tiene en mente el precio de los coches de segunda mano; y sin embargo, el 10% de incremento mensual en el precio de los coches usados —en parte porque los ciudadanos están listos para volver a viajar, y en parte porque una escasez de chips informáticos está afectando a la producción de coches nuevos— explica un tercio de la inflación de abril. También se produjo una subida del 7,6% en el precio del “alojamiento fuera del hogar”, porque se vuelve a viajar.

Y están también los “efectos de base”: hace un año, muchos precios bajaron porque buena parte del país se encontraba confinada, de modo que la simple vuelta a la normalidad tenía que parecer un aumento temporal de la inflación. Los cálculos de la Casa Blanca que corrigen estos efectos muestran una inflación considerablemente más contenida. Estos argumentos a favor de descontar las cifras de inflación a corto plazo no son excusas a posteriori. Escribí sobre los cuellos de botella y los desvíos temporales hace un mes; y aproximadamente por la misma época, los economistas de la Casa Blanca advirtieron de que se producirían efectos de base equívocos. Lo que estamos viendo es lo que preveíamos ver, solo que en una medida un poco mayor.

Esto no significa que todo el programa económico de Biden salga bien. Puede que, efectivamente, acabe resultando excesivamente ambicioso. Pero las cifras más recientes, tanto en lo referente a la inflación como al empleo, no nos dicen nada de si eso es o no verdad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2021. Traducción de News Clips.

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