Opinión
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A punto de despegar

La remontada está en marcha. Sin embargo, tanto la coyuntura económica como la sanitaria todavía dependen sobremanera de la política económica

Terraza de una cafetería de Santa Cruz de Tenerife.
Terraza de una cafetería de Santa Cruz de Tenerife.Ramón de la Rocha / (EPA) EFE

La economía española está acercándose al punto de inflexión que marcará un antes y un después en la crisis surgida a raíz de la pandemia. Las señales de una incipiente recuperación son ya tangibles: mejora de los indicadores avanzados de actividad, incluso en el sector de servicios; pedidos netamente al alza, que vaticinan una aceleración en los próximos meses; repunte de la afiliación a la Seguridad Social (descontando los trabajadores en ERTE y los autónomos con prestación, se crearon 31.000 empleos en marzo y 68.000 en abril, que quiebran la mala racha del inicio de año).

Ese giro es fruto de la aceleración de la vacunación y de su corolario para la economía: una reducción de la incertidumbre que ha venido pesando como una losa sobre el gasto de las familias, atemorizadas por la sucesión de olas de contagio y el riesgo de perder el puesto de trabajo. En un entorno sanitario algo menos amenazante, de momento, se vislumbra un saludable cambio de tendencia en el consumo (los datos de ventas minoristas, de producción de bienes de consumo y de gasto con tarjetas auguran un segundo trimestre en positivo). La construcción también sale de su letargo, como evidencia el fuerte rebote del consumo de cemento desde febrero. Prueba de que los hogares emplean en renovación de vivienda parte del exceso de ahorro acumulado durante la crisis.

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Y es que estamos recorriendo el camino trazado por los países más avanzados en la inmunización. En Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, el tirón de la demanda de los hogares, precedido por unos presupuestos públicos muy expansivos, parece haber doblegado las tendencias depresivas de los últimos tiempos.

Trasladando esos resultados a nuestro país, el punto de no retorno se alcanzaría en torno a una cobertura antivirus del 40% de población adulta con al menos una dosis. Al ritmo actual, España podría rebasar ese umbral a inicios de junio, y conectar con la recuperación en marcha en los mercados de exportación más importantes para la economía española.

El turismo es una incógnita. La experiencia británica demuestra que las restricciones a la movilidad internacional y el temor a viajar perduran más que el miedo a consumir dentro del propio país. De momento, en España, el sector registra una mejora notable de las reservas desde mediados de abril, entre el 20% y el 50% según diversas estimaciones aún incipientes. Sin embargo, ojo con extraer conclusiones precipitadas porque los niveles de partida son irrisorios. Además, las reservas se han producido en un contexto sanitario esperanzador, por el nivel reducido de contagios y de hospitalizaciones hasta el fin del estado de alarma. Un deterioro en esas cifras, eso sí, echaría al traste las sensaciones que se perciben con vistas a la temporada turística de verano. Eso será clave.

Otro escollo es la aparición de cuellos de botella en algunos de los sectores más pujantes de la industria y de los servicios, que dependen de la importación de semiconductores y de otros suministros clave que empiezan a escasear en los mercados internacionales. Bienvenidos sean los fondos europeos, pero los 140.000 millones para España del Next Generation se harán realidad a destiempo, es decir, cuando la economía ya haya dejado atrás lo peor de la crisis. Algo que obligará a desplegar el arte de la priorización para incentivar la inversión sin presionar sobre los costes de producción.

Pero el principal desafío para la economía española es la generación de consensos en torno a la agenda reformista, preludio de un crecimiento con empleo de calidad. Esa es también una condición necesaria para garantizar la sostenibilidad de la deuda pública, en el entorno del 120% del PIB.

La remontada está en marcha. Sin embargo, tanto la coyuntura económica como la sanitaria todavía dependen sobremanera de la política económica: de su capacidad de adaptación para no frustrar la inflexión del ciclo y de transitar del arsenal anticrisis a la transformación del modelo productivo. Tanto Bruselas como el BCE tendrán ahí mucho que decir.

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