LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

El fantasma de la deflación cabalga de nuevo

Tras hundir la inflación de la eurozona a su mínimo en cuatro años, la crisis amenaza con provocar una espiral de caídas de precios

Puesto de frutas en el mercado de La Boquería de Barcelona.
Puesto de frutas en el mercado de La Boquería de Barcelona.JOAN VALLS / NurPhoto/ Getty Images

Es ya todo un clásico de las últimas crisis. No hay fenómeno que asuste más a los economistas que la deflación. Japón ya probó lo duro que es una caída generalizada y prolongada de precios, un proceso en el que los consumidores posponen sus decisiones de compra; las empresas sufren para mantener beneficios y tratan de rebajar salarios; y la deuda se convierte en una carga cada vez más pesada para familias, empresas y Administraciones públicas. La crisis del euro desempolvó el fantasma la década pasada, pero el Banco Central Europeo de Mario Draghi impidió que se materializara. Ahora, la pandemia y la crisis mutante que la acompaña han devuelto el temor a los precios alicaídos.

Lo acaba de mencionar el vicepresidente del BCE, Luis de Guindos. “No olviden”, pidió a los periodistas de Der Spiegel que le entrevistaban, “que ahora, al igual que en 2015 y 2016, nos enfrentamos a presiones deflacionarias que hay que detener”. Más directo fue el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, en su defensa de la nueva artillería aprobada por el BCE. “Cuando la incertidumbre es muy alta, cuando existe el riesgo de baja inflación o incluso deflación, la respuesta de la política monetaria debe ser aún más contundente y rápida”, afirmó.

Pero, ¿realmente va a devolver la pandemia a la economía global este temido fenómeno del que se sabe cómo se entra pero no cómo se sale? Imposible saberlo por ahora. Esta es una crisis muy distinta a todas las que se recuerdan. Pero las señales preocupan. En su reunión de junio, el Consejo de Gobierno del BCE alertó de que ese riesgo está en el nivel más alto desde 2008. “La deflación no es por ahora lo más probable. Pero ya no es un escenario de baja probabilidad”, aseguraban las actas de esa reunión hechas públicas el pasado jueves. Los bancos centrales de EE UU y de Japón han lanzado mensajes similares estas semanas.

El coronavirus ha generado una crisis de oferta, por las dificultades a la producción fruto del confinamiento y de esta llamada nueva normalidad que tan poco se parece a la antigua. Esto debería impulsar los precios. Pero esta crisis también afecta, y mucho, a la demanda. El cóctel de destrucción de empleo, incertidumbre económica y miedo a contagiarse deprime la demanda como ningún otro. Y esto tira hacia abajo los precios. La duda es qué va a predominar a medio plazo. “La crisis ha activado mecanismos en los dos sentidos. ¿Qué quedará como efecto conjunto? Nuestra sensación es que dominarán las fuerzas que contribuyan a bajar los precios”, responde Óscar Arce, director general de Economía y Estadística del Banco de España.

En el muy interesante artículo La crisis de la covid-10: ¿inflacionaria o deflacionaria?, Peter Bofinger desgrana los efectos del virus sobre los precios en tres fases: durante el confinamiento, la nueva normalidad y la época poscovid que llegará tras el hallazgo de una vacuna o una cura definitiva. Este economista llama la atención a sus colegas que alertan de que la lluvia de liquidez decretada por el BCE de Christine Lagarde puede generar una ola de subida de precios similar a la hiperinflación de la Alemania de entreguerras: y les dice que están mirando en el lugar equivocado. “El riesgo mayor es que la pandemia provoca una deflación en la economía global”, concluye Bofinger, profesor en la Universidad de Würzburg y antiguo miembro del comité de sabios que asesora al Gobierno alemán.

Los datos, por ahora, apuntan en esa dirección. La zona euro registró en mayo la tasa de inflación más baja en cuatro años: los precios crecieron solo un 0,1%, a solo un paso del estancamiento, sobre todo por el efecto de la energía cada vez más barata. Las caídas ya son un hecho en 12 de los 19 países de la eurozona —entre ellos España, donde los precios descendieron el mes pasado un 0,9%—. La inflación subyacente, un indicador muy importante, pues excluye los productos más expuestos a bruscos vaivenes, se mantiene aún en un respetable 0,9%. Pero las perspectivas de futuro no son nada halagüeñas. El BCE ha revisado a la baja sus previsiones, con una inflación que este año quedaría en el 0,3%, y que en 2022 continuaría aún lejos de su objetivo de acercarse al 2%.

“El ajuste ya se está produciendo. Hay precios que suben, como alimentación o sanidad, mientras que otros bajan mucho. No solo la energía. También ropa y calzado o automóviles. Pero eso no quiero decir que estemos ya en deflación. Para ello sería necesario un proceso sostenido. Por ahora vemos cambios en las pautas de consumo y producción que no sabemos cómo acabarán”, explica Raymond Torres, responsable de coyuntura de Funcas, que cree que la crisis de demanda se va a prolongar en el tiempo, lo que incrementará las presiones deflacionistas. “No estamos aún en la antesala de un periodo deflacionario. Pero hay riesgos que nos acercan. O al menos de un periodo prolongado de baja inflación. De ahí la importancia de las últimas decisiones del BCE, claramente dirigidas a conjurar ese peligro”, concluye el director de Economía del Banco de España.


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