Emprendedores

La crisis pone a prueba el modelo de las ‘start-ups’

Los emprendedores quieren demostrar que son una pieza fundamental para construir una economía más resiliente que ayude a salir de la crisis

Íñigo Juantegui, fundador y consejero delegado de Ontruck, empresa tecnológica orientada al transporte de última milla.
Íñigo Juantegui, fundador y consejero delegado de Ontruck, empresa tecnológica orientada al transporte de última milla.INMA FLORES / EL PAIS

La inversora de capital riesgo Aileen Lee acuñó en Silicon Valley el término unicornio, empresas tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares, para referirse a esa mezcla de asombro y extrañeza que causan al resto del mundo. Hay, según un recuento de The Economist, 450 negocios en el planeta que trotan sobre una llanura de 1,3 billones de euros de capital, el equivalente al PIB español, prometiendo un futuro eficiente, limpio o simplemente divertido (la primera en el ranking, Toutiao, es dueña de la app de vídeo TikTok). La mayoría proceden de la efervescencia tecnológica que surgió tras la Gran Recesión, cuando cualquier informático que supiese escribir código era un candidato a empresario. Y tras ellas se han construido miles de negocios de nombres extraños que creen anticiparse a cómo se organizará la economía del mañana.

Desde Estados Unidos a Corea del Sur, las inversiones de los últimos años en start-ups son fabulosas: los fondos de capital riesgo apostaron en 2019 121.000 millones en el país que antes fue cuna de los llamados FANG (Facebook, Amazon, Netflix y Google), los abuelos de toda esa camada tecnológica. En su lucha por ser el motor del mundo, China ha colocado cuatro empresas entre las 10 primeras start-ups más prometedoras: la mencionada Toutiao, Didi (de transporte), la teleco Kuaishou y DJI, de software.

Pero la crisis de la covid ha hecho bajar la marea rápidamente y ha arrancado el bañador a muchos nadadores. Wirecard, la fintech que fue una de las joyas tecnológicas alemanas, se ha declarado en suspensión de pagos y su primer ejecutivo ha sido arrestado por un supuesto fraude de 1.900 millones. Firmas aparentemente robustas como Lime (de patinetes eléctricos), Uber (transporte) o Airbnb (turismo) han caído en sectores condenados a pasar por el purgatorio de la distancia social. Otras, en cambio, han salido muy beneficiadas, como la española Glovo. Su modelo de crecimiento basado en un consumo de capital intenso que a menudo no va acompañado de un retorno en ingresos hará que esta crisis se convierta en una prueba de fuego para todas ellas. Porque esos modelos de negocio escalables —y quizá algún día rentables— se enfrentan ahora con la realidad de unos mercados en recesión que van a pinchar más de una burbuja.

Los países se están moviendo para poner a salvo su talento. Alemania ha anunciado 2.000 millones de euros en inyecciones para reflotar negocios tecnológicos, y Francia, otro tanto, con 1.300 millones. La Asociación Española de Startups ha reclamado ayudas urgentes apelando a que crean valor y generan competitividad. Francisco de Paula Polo, alto comisionado del Gobierno para España Nación Emprendedora, ve en ello la oportunidad para reconstruir el tejido productivo a través de alianzas entre empresas innovadoras y grandes compañías tractoras. “Así podemos solventar uno de los grandes problemas: el de la escala”. Su departamento diseña una hoja de ruta que el país debería tomar con una visión a 10 años y que será transversal, con medidas en varios ministerios.

Pero por ahora el país es un alumno muy poco aventajado en el tablero mundial de la disrupción. Aquí las empresas tecnológicas están acostumbradas a vivir en la escasez financiera y a recibir muchos portazos antes del primer éxito. Quizá por ello las más exitosas hayan volado a otros mercados, como al norteamericano (caso de LetGo, que facilita ventas de segunda mano) o al del Reino Unido (Fever, de planes de ocio).

Iñaki Berenguer, con un impresionante currículo (estudios en Cambridge, beca Fulbright y MBA por el MIT), vivía antes de que llegase el virus entre Nueva York y Madrid. Su primer proyecto, Pixable, que inventó un nuevo estándar para fotografías en las redes sociales, lo construyó y vendió en Estados Unidos por 30 millones de dólares. Después fundó Klink, vendida en 2015. Y, por último, Coverwallet, de la que ahora es consejero delegado y que también ha vendido a AON por 330 millones. Éxito tras éxito. Sus oficinas en Madrid, estos días llenas de silencio, son un lugar luminoso donde cualquiera se sentiría cómodo trabajando. “Una empresa de producto requiere el mismo esfuerzo en EE UU que en España, pero allí la recompensa es 20 veces mayor”, reflexiona.

Su relato está lleno de ideas y de entusiasmo. “En el siglo XXI no hace falta un hombre renacentista que sepa hacerlo todo. Esto es más como ser el cabecilla de una banda”, sonríe. Es viernes 19 de junio y por la puerta han entrado dos únicos empleados, una joven iraní que dice estar cansada del teletrabajo y otro español. Berenguer habla del esfuerzo que supone “alinear a toda la empresa hacia donde quieres ir”, a lo que, dice, un emprendedor debe dedicar un tercio de su tiempo. Otro tercio lo emplea en atraer a los mejores profesionales y retenerlos, y el resto, en asegurarse de que “hay dinero en la caja, tanto para cuando lo necesitas como cuando no lo necesitas”.

Hace cuatro meses las cosas iban bien y nadie esperaba requerir liquidez extra en 2020, por eso insiste en lo importante que es estar preparado. “Obviamente habrá sectores que sufran más, como todo lo que tenga que ver con el turismo, pero aunque este año se estanquen, nadie se lo va a reprochar. En cambio, las empresas que ahora arrancan van a empezar a crecer dentro de 24 meses, cuando se salga de esta crisis. Hay que pasar este bache. Ser precavidos y cruzar el puente: lo más importante es llegar al otro lado”. Un Rubicón infinito. O, como lo llama Víctor Giné, consejero delegado de Oryon, una empresa que invierte en start-ups, “el valle de la muerte”. En los primeros dos años de vida, dice, perecen el 90% de las iniciativas. “Suelen arrancar con el apoyo de familia y amigos y el inversor privado no llega hasta que no presentan grandes métricas”.

Aquilino Peña, socio fundador de Kibo Ventures y presidente de Ascri, asociación de venture capital, revisa cada día dos o tres proyectos. “Los emprendedores siempre piensan que los inversores somos una masa uniforme, pero es todo lo contrario. Cada uno tenemos un tipo de estrategia que se traduce en cuánto dinero ponemos y en qué tipología de empresas. Nosotros, por ejemplo, sólo invertimos en negocios digitales y nunca menos de un millón”. Esa aportación se convierte en acciones de la compañía, normalmente obligando a los fundadores a diluirse entre un 15% y un 25%, pero nunca dejan que pierdan el control. Nada de deuda, nada de activos que avalen la apuesta. El órdago está en confiar en los equipos directivos y en hacer un seguimiento permanente para evitar que los emprendedores acaben viviendo de los financiadores sin crear valor, algo que, dice, “a veces ocurre”.

“Los emprendedores saben mucho más que yo de su negocio, mi labor es hacer las preguntas adecuadas, tener un mapa mental de qué cosas evalúas en un proyecto: crecimiento, margen, tamaño del mercado…”. Estos días, Peña está centrado en el control de los daños, en tratar de entender cómo les va a afectar el parón. “Tenemos algunas empresas de viajes que de un día para otro se han quedado sin ventas. A otras, como las de e-commerce o logística de última milla, les va muy bien. Los SAAS (software que se puede ejecutar desde la nube) van bien en general”. Toca rehacer planes de negocio de acuerdo con un escenario económico de guerra. ­”ERTE, reducción de gastos… El análisis que hacemos es que las compañías que estén en proceso de levantar capital a corto plazo van a tener muchísimas dificultades”.

Iñigo Juantegui es uno de esos pocos empresarios que respiran tranquilos. Su compañía, Ontruck, facturó 22 millones en 2019 y ha levantado la que puede ser la mayor ronda de financiación anunciada en España durante el confinamiento: 17 millones de euros. Su casa está estos días llena de paquetes de vitaminas. Elena Nieberding, su esposa, acaba de poner en marcha Mira, una empresa de suplementos alimenticios bio, y tiene prisa por empezar a enviar las primeras muestras. Él, que con 29 años vendió por 80 millones su primera compañía, La Nevera Roja, acumula en Ontruck 53 millones de capital en tres inyecciones, la última procedente de Oil & Gas Climate Initiative, un fondo que reúne a grandes petroleras y gasistas del mundo. “El mercado de financiación privado se ha parado. Todos los fondos han dejado de trabajar. Nosotros hemos tenido la suerte de contar con inversores muy serios con una visión a largo plazo que no se han dejado impactar por la situación a corto. Esta ronda nos permite sobrevivir muchos meses, estar seguros de que, si hay una recaída, tenemos caja”.

La van a necesitar. En los últimos 100 días calcula que su negocio, que pese a todo no ha sido de los más afectados, ha caído un 40% porque una buena parte de los 3.000 transportistas con los que trabaja abastecían de piezas a la industria. También tiene otra empresa de diagnóstico médico, Idoven, en la que se ha asociado con Iker Casillas. Dice no tener miedo. “Las crisis suelen ser positivas [frase que repiten el 99% de los consultados]. Obligan a la gente a saltar, a reinventarse. Recuerdo que cuando empezamos La Nevera Roja José [del Barrio] y yo era diciembre de 2010. En ese momento el mercado no podía estar peor”. Está convencido de que el año que viene la economía volverá a crecer, y ese viento va a llevar adelante a muchos voluntariosos que diseñen negocios ahora.

Javier Sánchez, fundador de Crowd Centaurs y exdirector de Mide, una iniciativa sin ánimo de lucro para hacer crecer el ecosistema emprendedor de Madrid, estaba intentando fundar una empresa cuando se decretó el estado de alarma. “Podría haber vuelto atrás, pero al final te das cuenta de que siempre hay un problema, y este es uno más. Para emprender nunca hay un momento perfecto, siempre te la juegas un poco”. Ocurre que, cuando el espejismo de los ERTE deje paso a los despidos, muchas personas se verán obligadas a emprender sin tener las herramientas ni la inquietud necesarias. Es otro de los problemas endémicos en España: una escasa cultura empresarial y demasiada improvisación rodean el nacimiento de nuevos negocios. Por eso, la tasa de mortalidad de las pymes es de las más altas de la OCDE. “Emprender tiene un riesgo importantísimo, puedes perderlo todo, puedes poner en riesgo todo tu patrimonio. Es válido si se hace de forma consciente, con decisiones bien reflexionadas y asumiendo las circunstancias. Es importante ser realistas, porque puede que haya gente que no tenga ese espíritu emprendedor”, advierte Sánchez.

En las oficinas de las Cámaras de Comercio las consultas sobre emprendimiento se desplomaron durante la cuarentena. Ahora María Tosca, responsable del área en la Cámara de España, se prepara para que cambien las tornas. “Habrá mucha gente que quiera emprender por necesidad, ahí tenemos que actuar con más prudencia, porque la urgencia nunca es buena, tiene que conllevar un acompañamiento más pautado, para que no haya prisa en poner en marcha negocios rápido y mal”. Cree también que estos meses muchas entidades van a estar dispuestas a financiar proyectos para que la economía siga rodando. JP Morgan, por ejemplo, acaba de anunciar un fondo de un millón de euros junto con la fundación del IE para atender las urgencias de las start-ups. Paloma Castellano, directora de Wayra Madrid, también ha notado esa sensibilidad: “Se está haciendo un esfuerzo en rondas puente y para intentar que no bajen las valoraciones de las empresas”.

María Benjumea, directora del South Summit, lo ve todo en clave positiva, “porque lo que está claro es que la transformación digital se ha acelerado. El mundo start-up es de innovación, con un planteamiento más global. Hay que volver a la normalidad”, pide. Bárbara Ozores, responsable de Google for Startups en España, enumera en un correo electrónico las iniciativas y campañas que han puesto en marcha estos días. “Creo que la inversión no va a retroceder, los fondos y los profesionales seguirán estando ahí, y surgirán empresas que ofrezcan soluciones a desafíos nuevos. Ahora van a pesar más factores como la innovación tecnológica o si el proyecto está asociado a una industria con potencial y el recorrido futuro que tiene”.

Plan de reconstrucción

No hay tiempo que perder ahora que los Veintisiete empiezan a discutir cómo será el plan para la reconstrucción presentado por la Comisión Europea que espera movilizar 3,1 billones de euros. Si el continente programa bien sus prioridades, este podría ser un buen momento para arriesgarse. Aunque mientras lleguen las ayudas, hay que seguir pedaleando. Gloria Gubianas, con 24 años, fue elegida emprendedora del año en 2019 con su empresa de mochilas sostenibles Hemper y tiene poco tiempo para pararse a pensar en el largo plazo. “Este año esperábamos entrar en break even [equilibrio entre ingresos y gastos], pero lo vamos a tener que posponer”. Factura unos 400.000 euros y al menos, piensa, tiene dinero en la caja. “Es un camino muy duro, veníamos de un año difícil, donde estuvimos a punto de cerrar, y gracias a una ronda el proyecto renació. No me puedo creer que volvamos a las mismas… La verdad es que gracias a nuestros socios sabemos qué tenemos que hacer”.

Para muchos nuevos empresarios el camino importa más que la meta porque, como dice Cristóbal Viedma, fundador de Lingokids, una app de enseñanza de inglés que se ha disparado durante la pandemia, “lo mejor es que estás construyendo el futuro en vez de sentarte y esperar que las cosas pasen”. Él es de los que piensan que la costumbre de pedir más y más capital tenía que terminar. “Quisimos salirnos de ese circo para que nuestro negocio fuese sostenible. Cubrimos gastos de sobra”. David Barroso, fundador de la firma de ciberseguridad vasca CounterCraft que acaba de recibir cinco millones, coincide en que el mercado “se ha cansado, busca empresas que aporten valor y beneficios, y el coronavirus ha acelerado ese cambio”. Como también se acelera el ascenso de mujeres en un mundo dominado hasta ahora por los hombres.

Aquilino Peña lo explica gráficamente: “Una mujer que factura 380.000 euros te dirá justamente eso. Un hombre, en cambio, dirá que va camino del medio millón. Y el hecho es que he comprobado que las mujeres tienen más posibilidades de vender mejor sus compañías, con más rentabilidad”.

Muchas mujeres, además, se implican para mejorar la situación de otras y se separan de esa idea de que las start-ups se aprovechan del trabajo precario, tan a la orden del día en áreas como el delivery. Claudia Gómez hizo un máster en derecho fiscal en EE UU, trabajó en la Fiscalía General de Los Ángeles, en consultoría, ha hecho cursos en Harvard y un máster en liderazgo humano, entre otras muchas cosas. Lleva dos años viviendo de su start-up Empleada en Casa, que intermedia entre personas que quieren una empleada del hogar y las trabajadoras (un 96% mujeres, a menudo pertenecientes a grupos de riesgo). “Defendemos un trabajo digno y legal, queremos crear impacto. Parece mentira que un contrato de empleada del hogar tenga que ser un plus”. Estos días ha puesto nombre a su segundo proyecto, Senniors, otra plataforma para el cuidado de la tercera edad con la idea de que, tras la pandemia, habrá una reflexión de fondo sobre cómo atender a los ancianos.

Son negocios que a priori, saldrán reforzados con la crisis, pero ser emprendedor también significa saber convertir el agua en vino. Abel Navajas, fundador de Woonivers, una empresa tecnológica enfocada al tax free para el turismo, vio cómo el barco se hundía en marzo. “La opción a era parar máquinas un año. La b, lanzar productos nuevos. Tomamos la segunda”. En tres meses consiguieron darle la vuelta a la empresa y enfocarse en el comercio online. Otra lección de resistencia.

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