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El dulce éxito del boniato de Sanlúcar

Una cooperativa de agricultores gaditana se convierte en el primer productor de batata en Europa y proveedor de Mercadona

Planta de la cooperativa Frusana, en Sanlúcar de Barrameda.

Río Guadalquivir arriba, Juan Antonio Sánchez rema en una pequeña barca en dirección al pueblo sevillano de Coria del Río. Va cargado de patatas y boniatos; bajará a Sanlúcar de Barrameda con arroz y aceite. Sortea el hambre de la Guerra Civil y los tiros de los carabineros contrabandeando con lo que da la tierra. En una marisma reconvertida en tierras de cultivo, cerca de ese río, pero 80 años después, otro Juan Antonio Sánchez, nieto del primero y director comercial de Frusana, rememora la dura historia. El pasado de estraperlo del boniato contrasta con su pujante presente.

La producción anual de 23.000 toneladas de batata ya ha convertido a los 267 cooperativistas de esta compañía en los mayores exportadores de este tubérculo en Europa y proveedores de la cadena de supermercados Mercadona. El crecimiento está lejos de detenerse en las más de 600 hectáreas que ya suman en la provincia. Difícil que el abuelo de Sánchez pudiera siquiera imaginarlo, pese a que, dentro de las reglas del juego, lo que hacen los campesinos de hoy no dista tanto del pasado. “Buscamos el oportunismo, gracias a nuestro clima y a que somos unos agricultores diferentes. Vivimos de los huecos de producción que no tienen otros países”, resume sin rodeos Sánchez.

A diferencia de lo que ocurre en otras partes de España, en Sanlúcar de Barrameda, el pequeño labrador nunca ha abandonado la tierra. “Eso ha hecho que haya seguido de padres a hijos y que ahora, en la cooperativa, tengamos una media de edad de 37 años”, añade el director comercial. Esa nueva generación heredó de sus ancestros unas tierras ganadas a las marismas con arenas de playa, en clima cálido, cercanas al parque natural de Doñana y, por tanto, protegidas de cualquier agresión urbanística. En ellas, todavía seguían creciendo los boniatos para autoconsumo. “Quitaron tanto hambre en la posguerra que se mantenían como algo testimonial”, recuerda Sánchez.

Pero, en torno al 2000, algo cambió. Impulsada por el consumo en Cataluña, la batata comenzó a ganar enteros, gracias a su riqueza en hidratos y vitaminas. También fue centrando las miradas de la industria alimenticia, gracias a su poder endulzante y espesante, lo que lo convierte en un ingrediente idóneo para purés infantiles. “Hasta entonces, los productores más conocidos del mundo estaban en Carolina del Norte. El alimento empezó a introducirse en Europa, gracias a las campañas que ellos hicieron. Vimos la oportunidad y la aprovechamos”, explica el comercial. Año tras año, la superficie que los cooperativistas de Frusana emplean para el boniato crece y, con ella, las toneladas recogidas. En 2013, la producción española del tubérculo estaba en 10.323 toneladas, de las que Cádiz producía 6.291, seguida de las 3.006 toneladas de la Comunidad Valenciana, según datos del Ministerio de Agricultura y Pesca. En 2016, el país ya producía 41.139 toneladas, 29.925 procedentes de la provincia gaditana. Ese aumento exponencial de Cádiz está impulsado por Frusana: del total de 53.000 toneladas de hortalizas que cultivaron en 2017, la cosecha de boniato alcanzó los 23.000 toneladas, seguidas de las 12.000 de zanahoria a manojos, producto en el que también son líderes nacionales.

Boniatos en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz.
Boniatos en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz.

Hace ocho años que Manuel Saborido, uno de los cooperativistas de la compañía, vio el negocio de la batata. Junto a cuatro jornaleros, el agricultor de 59 años cosecha en estos días el tubérculo, cultivado de abril a octubre en la mitad de los 16.000 metros cuadrados de sus tierras. “Antes ni era vendible y mira ahora”, tercia Saborido en un descanso de la faena. Al ser un producto de piel delicada, la recogida tiene que ser a mano. Tan solo dos máquinas intervienen en el proceso: una que corta las hojas de la superficie y otra que voltea la tierra, antes de la cosecha manual.

Cultivo rentable

 Pese al largo tiempo de crecimiento que necesita, el boniato es rentable para el agricultor. Si ninguna inundación tuerce el cultivo —al ser tierras por debajo del nivel del mar el peligro es mayor— cada cooperativista puede cobrar entre 40 y 60 céntimos el kilo, descontados todos los costes. El producto procedente de las tierras de Sanlúcar, Chipiona o Rota es apreciado ya que es cultivado en arenas finas, por lo que no es necesario lavarlos con cepillos que podrían estropearlos.

Con esos condicionantes de rentabilidad y buen producto, el 85% de la producción de Frusana ya tiene destino en los mercados europeos. Del otro 15% nacional, en torno a un 10% va a parar a los lineales de los supermercados de Mercadona como proveedor directo, desde hace seis años. “Trabajamos con multinacionales de todo tipo. Otras solo contemplan el céntimo, pero Mercadona lo que no discute es la calidad”, reconoce Sánchez.

En estos días, la actividad en las naves de tratamiento de la cooperativa es frenética. Los grandes camiones entran y salen, mientras que decenas de peones descargan las cajas e introducen los boniatos en una tolva de lavado. Luego, unas operarias los separan en cajas, antes de pasar los camiones de distribución. Cada día salen de Frusana unas 200 toneladas de batata. Entre jornaleros y trabajadores en planta, Frusana genera hasta 420 empleos, el 60% de ellos, mujeres. “Somos la empresa que más trabajo da en Sanlúcar”, reconoce Sánchez en referencia a una localidad que supera el 30% de paro.

El pasado año, la cooperativa cerró el año con unas ventas de 32 millones de euros; 9,5 millones fueron gracias a la batata. Cuando acabe esta campaña será más, según Sánchez: “Crecemos en facturación entre el 10 y el 15% anual”. Es la revolución dulce de Sanlúcar, por la que Saborido y sus hombres se desloman cada mañana con vistas a Doñana. “Mientras que la marisma no se ahogue, viviré de esto. Es duro, pero el campo es así”, tercia mientras desentierra un boniato.

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