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Cómo se logra arruinar a todo el mundo

Hoover desplomó en 1929-33 la economía de EE UU gracias a su fatal arancel proteccionista

Donald Trump, presidente de EE UU, y su mujer, Melania Trump.
Donald Trump, presidente de EE UU, y su mujer, Melania Trump. EFE

El gran precedente del proteccionismo de Donald Trump es el de Herbert Hoover (1929/1933). Republicano, fue elegido en marzo para combatir la inminente Gran Depresión. La precipitó, primero. La ahondó, una vez desatada. Y logró arruinar al mundo.

Instrumento clave (no único) para ello fue la Tariff Act (17/3/1930), que imponía ¿por última vez en la historia? aranceles unilaterales para recuperarse (no lo logró) a costa de los vecinos: agravó sus crisis y disparó el paro.

La Ley Smoot-Hawley era tan egoísta que incluso antes de promulgarse concitó protestas: de 34 países perjudicados; de 1.028 economistas que pidieron a HH vetarla en el Senado; de Gobiernos que no esperaron a su vigencia para tomar represalias, como Francia, Italia, India o Australia.

Ya aprobada, Canadá se desquitó elevando sus derechos aduaneros en un 30% y todos los europeos siguieron la movida. Al cierre del libre comercio se sumaron las devaluaciones monetarias proteccionistas (las inició la imperial Londres) también para ganar competitividad a costa del socio: todos perdieron.

La ley tarifaria y HH quedaron como ejemplos eternos de las políticas de “empobrecer al vecino”, como las bautizó lord Keynes.

El fiasco fue monumental.

El paquete de medidas contrajo el comercio internacional. Las importaciones norteamericanas de Europa se redujeron a un tercio, de 1.334 millones a 390 entre 1929 y 1932; las exportaciones, en otro tercio, de 2.341 a 784 millones (Departamento de Estado).

Así, la producción industrial se contrajo un 46% en EE UU (y un 42% en Alemania). Y el PIB de EE UU se redujo en un 26% largo, al bajar de 1,06 billones de dólares en 1929 a 0,78 billones en 1933 (US Bureau of Economic Analysis). El comercio mundial decayó en un 66% entre 1929 y 1934. El desplome de esos parámetros derrumbó el consumo, activó la deflación, arruinó a miles de empresas y multiplicó el desempleo.

Todo ello, en una época en que los seguros sociales, el apoyo al desempleado y las subvenciones a los dependientes eran aún un sueño, lo que convertía a los perjudicados en gentes aún más vulnerables a la demagogia proteccionista, intervencionista y dictatorial.

El jefe de la oposición, el demócrata Franklin Delano Roosevelt, denunció el impacto deflacionario del proteccionismo; Hoover le acusó de traicionar a los agricultores necesitados de protección. Muchos de los que se dicen hoy admiradores del que finalmente sería el mejor presidente del siglo XX reniegan en sordina de su librecambismo e imitan los letales postureos del Gran Depresor.

La Tariff Act fue “un giro en la historia mundial”, escribió Arthur Salter (Recovery, the second effort, Century, Nueva York, 1932). Por la ruina que generó. Y porque, desatando la dinámica de los egoísmos nacionales, “dejó claro que en la economía mundial no había nadie que se responsabilizara” (Charles Kindleberger, La crisis económica 1929-1939, Capitán Swing, Madrid 2009). ¿Y ahora?

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