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COLUMNA

Acordarse de Grecia (para peor)

Todos fingen que se va a pagar la deuda y todos saben que es impagable

Protestas de sindicatos griegos contra la reforma laboral.
Protestas de sindicatos griegos contra la reforma laboral. EFE

¿Puede una Europa corroída por la crisis bancaria italiana, el Brexit, los refugiados, los populismos y la más honda desafección ciudadana, reabrir ahora el "expediente Grecia" —un país de la zona euro dónde el 35% de la población (3,8 millones de personas) vive en la pobreza o en la exclusión, donde el paro supera el 23% y la deuda pública el 180% de su Producto Interior Bruto (315.000 millones de euros)— con otra reforma del mercado de trabajo que profundiza en la inseguridad laboral de los ciudadanos, con el enésimo recorte del gasto social y de las pensiones, y con subidas de impuestos?

Cualquier testigo con sentido común diría que no. Que Europa no puede soportar otro fracaso que suba a la superficie un problema semiolvidado por la mayor parte de la gente. Pero la UE que lidera con tozudez la señora Merkel y codirige con mano de hierro su ministro de Economía Schaüble puede hacerlo y probablemente lo hará: estrangular más al país y a los griegos. La última reunión del Eurogrupo dio otra vuelta de tuerca: a cambio de una reestructuración mínima de la deuda pública griega que todo el mundo finge que se va a pagar y todo el mundo sabe que es impagable, se exigen nuevos recortes por valor de más de 4.000 millones de euros, una nueva reforma laboral que afectará sobre todo a los funcionarios (en Grecia ya no hay negociación colectiva), y quizá la duodécima o decimotercera rebaja de las pensiones desde el año 2010, cuando empezó todo. Si no es así, no se firmará la ronda de supervisión del tercer rescate, que finaliza en el año 2018, y no llegará más dinero.

Contra estas intenciones tuvo lugar en Grecia la pasada semana la tercera huelga general en un año y la quinta contra el Gobierno de Tsipras, del que se dice, desde que se convocó y ganó el referéndum sobre las condiciones de la negociación con Bruselas, que dice una cosa y hace la contraria. Pero no sólo en el interior de Grecia hay fragor de disidencia (aunque los griegos están muy cansados de una crisis tan profunda como larga). En el seno de la cuádriga de acreedores (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo, Comisión Europea y Mecanismo Europeo de Estabilidad) hay una división cada vez más explícita: el FMI no disimula su posición de que la deuda es impagable, que debe haber una amplia quita la misma además de la reestructuración de los plazos, la rebaja de los tipos de interés y la retirada de sanciones por impagos, y que si las otras tres instituciones europeas siguen disimulando, abandonará los planes de rescate. De ese malestar no quieren ni oír hablar estas últimas.

Ello se desarrolla en una coyuntura en la que, por primera vez en mucho tiempo, Grecia ha abandonado la recesión técnica (lleva creciendo dos trimestres seguidos) y se han empezado a escuchar los tan-tan de elecciones anticipadas (Tsipras, que sufre unos sondeos muy desfavorables, ha anunciado algunas concesiones en materia de pensiones y contratación de personal en el sector más deteriorado, el de la sanidad). Por si fuera poco, Europa la amenaza con más exigencias en el otro conflicto interior, el de los refugiados: devolver a sus fronteras a los que entraron en el continente por ellas.

Ni un respiro para los griegos. Son invisibles pero cuando se acuerdan de ellos es para peor.