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Jalsico
Columna

Tres crisis al estilo Jalisco

Lemus y su Gobierno viven entre la indolencia de lo que padecen los pobres del Estado y la esperanza de que el circo del Mundial haga a todos olvidar lo que va del año

Pablo Lemus durante una conferencia de prensa, en Ciudad de México, en octubre 2025. CUARTOSCURO

Aunque en Guadalajara las jacarandas en flor no han llegado a su clímax, signo de que la primavera apenas toca la puerta, pocos como el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, ansían que llegue junio, que el año avance más rápido para ver si el Mundial borra su mala racha.

El 2026 no cumple aún tres meses, pero en Jalisco ya pinta para ser annus horribilis. En lugar de ambiente de jolgorio por la proximidad de la tercera ocasión en que un Mundial de fútbol se llevará a cabo en la capital jalisciense, ese Estado, y su Gobierno, van de crisis en crisis.

Para estas fechas, la expectativa era que la gente debería hablar del millonario remozamiento de la Minerva, rotonda emblemática de la ciudad cuyo lema —“Justicia, Sabiduría y Fortaleza custodian a esta leal Ciudad”— debería ser mera escenografía para Instagram.

En vez de eso, hoy son más famosas en el mundo entero las imágenes del cielo negro de Puerto Vallarta, ciudad golpeada como pocas por los narcobloqueos e incendios de los criminales tras la caída del Mencho el 22 de febrero.

Ese día, en Tapalpa, bucólico pueblo serrano famoso por su bebida de granada, su queso y borrego a la leña, el Ejército Mexicano dio cuenta del criminal más buscado del mundo según Estados Unidos. Nemesio Oseguera, El Mencho, murió ahí sumergiendo a Jalisco en el caos.

De lo que ocurrió esa mañana no se puede culpar a Pablo Lemus. Los gobernadores de cualquier estado, incluso de uno que se disputa el podio del 1-2-3 nacional con el Estado de México y Nuevo León, poco valen frente al narco y menos a la hora de los balazos.

Iniciada la rebelión criminal, Lemus hizo lo que cualquier jalisciense de bien: guarecerse en su casa. En ese pueblo de costumbres católicas, así la práctica vaya por otro lado como es Jalisco, el 22 fue un día de guardar. Su gobernador el primero. La calle, entera para los narcos.

La biografía política de Pablo Lemus tiene ya anotaciones sobre su manera única de interpretar eso llamado vacío de poder. Durante dos días, el gobierno fue de los criminales, dueños de calles y carreteras del estado. Al tercer día, en Jalisco cada quien resucitó a su manera.

No eran los primeros narcobloqueos que padecía la entidad. Sí compiten por el silencio de su autoridad. ¿Dónde estuvo Pablo Lemus, gobernador del orgulloso estado libre y soberano de Jalisco? En las redes sociales, y no mucho. Y en una entelequia llamada Código Rojo.

Lo del Código Rojo merece unas líneas. El Gobierno anunció en redes sociales que los cuerpos de seguridad asumían tan cinematográfico estatus. Todos vimos suficientes películas para saber que suena grave, pero si luego en la calle los oficiales ni rescatan gente, ni patrullan, ni sobrevuelan, no remueven autos o camiones quemados, y menos —qué esperanzas— enfrentan criminales, entonces eso de Código Rojo es una especie de decreto para el Facebook: un anuncio para registrar en nuestros perfiles de esa otra vida que es la digital que todos los video que vemos circular sobre delincuentes robando autos, prendiéndoles fuego, atacando elementos de la Guardia Nacional, bloqueando carreteras con camiones de reparto o de pasajeros que arderán en llamas en tiempo real, todo eso es una jornada que de hoy en adelante recordaremos como la del día del Código Rojo. Porque salvo ese anuncio, salvo la etiqueta, del Gobierno estatal (y del federal lo mismo) no se tuvo ni la bendición.

Con todo, lo peor de esa crisis es que nadie puede darla por superada. Porque casi cuatro semanas después Guadalajara, con su zona conurbada de casi seis millones de habitantes, con Vallarta y su docena de presos de alta peligrosidad aún sueltos, y con tantos pueblos y ciudades medias del Estado que padecieron incendios, los jaliscienses aún aguardan el siguiente estoconazo de unos criminales que todos los análisis serios reportan en modo “reorganización”. Es decir, no en retirada, no contra la pared, no diezmados.

Lemus y su equipo, el policiaco y el civil, no fueron líderes en medio del sombrío momento. Y no son tampoco la referencia de la discusión sobre lo que ha de acontecer al Estado, para bien o para mal según lo que hagan los jaliscienses y la Federación, en la era post Mencho.

La primera crisis de Lemus, por tanto, debería seguir en Código Rojo. ¿O es que alguien se atreve a pensar que en Jalisco está conjurado un infierno como el que azota a Sinaloa por la pugna de dos facciones que antes eran un cartel? Ojalá el gobernador explique qué sigue.

Y con todo, la caída del Mencho ocurrió mientras crecía en la población el malestar por una decisión que hace, toda proporción guardada, recordar al gasolinazo de Peña Nieto, error desde la altura neoliberal que terminó de pavimentar el camino presidencial a AMLO.

El presidente Enrique Peña Nieto decretó una liberación de precios en las gasolinas el fin de año de 2016. El aumento fue del orden del 20 % y las protestas se salieron de control en parte por la división dentro del Gabinete con respecto al tarifazo.

En Jalisco, a finales de diciembre, el gobernador dispuso un aumento en las tarifas de transporte público. El esquema es raro por varios subsidios (por ejemplo a estudiantes), pero en términos llanos pasó de 9.50 pesos a 11 pesos. O sea 15%, o más de tres veces la inflación.

Por si fuera poco, la tarifa de 11 pesos era subsidiada, la real es de 14 pesos, pero para obtener ese descuento había que abonarse a una tarjeta —de la marca Broxel, que acumula ya otras polémicas— cuyo contrato fue visto como discrecional, abusivo y leonino.

Frente a los reclamos, cuestionamientos que variaron entre el por qué el Gobierno promovía una tarjeta privada que hacía firmar contratos más propios de un banco, hasta dudas sobre el manejo de los datos personales a ceder, Lemus respondió con chistes como rifar viajes.

El gobernador levantó dudas sobre si entiende lo que supone para un jalisciense de a pie el padecer el transporte público cuando, al defender a Broxel, dijo que la tarjeta sirve para pagarse un café en Nueva York, ciudad a la que rifaría boletos de avión entre usuarios.

Al final pasó lo que él no quiso ver desde enero.

Todo el tema era un despropósito y ha tenido que recular. Tras la crisis por el vacío de autoridad con el Mencho, y con cuestionamientos por manejos millonarios de una diputada de su partido en un esquema de Ponzi, el 3 de marzo Lemus informó que la tarjeta no será obligatoria.

Muy a tiempo para meterse de lleno —si es que así lo decide— a encarar la nueva crisis. Una más compleja que el negocio de su Gobierno con Broxel: el sistema de agua de la zona metropolitana lleva semanas dando agua puerca a un centenar de colonias.

El caso ha ameritado ya la comparecencia en el Congreso del Estado de funcionarios responsables de dotar del líquido a la población. La sesión solo profundizó la noción sobre la falta de empatía de Lemus con gente sin agua potable, es decir, con agua que enferma.

Al estilo Jalisco es el lema de Lemus, quien asumió el poder en diciembre de 2024. Ha querido ser al mismo tiempo un gobernante casual y poco solemne en redes sociales, y muy ejecutivo en la vida real. La verdad es que lo segundo no se ha visto por ningún lado.

Al estilo Jalisco se supone que quiere decir echado para adelante, bravío, sin dejarse, con orgullo de que todo se puede y de que luchar por la tierra del tequila y el mariachi, de parte de la identidad de México, es luchar por la cultura mexicana, por el ser mexicano.

Lemus adoptó ese dicho y hoy la incógnita es si no terminará redefiniéndolo por una modalidad de ejercer un cargo público que destaca por su obsesión con los videos y mensajes superficiales en Instagram mientras la población no puede salir de sus casas por la criminalidad, ve mermar sus ingresos por el aumento al transporte público, insuficiente y malo de años atrás, y encima ha de pagar agua de garrafón o pipas porque la del grifo está contaminada con heces.

Al estilo Jalisco las crisis no deberían durar ni evadirse. Justo lo contrario que hoy parece caracterizar a Lemus y su Gobierno, que vive entre la indolencia de lo que padecen los pobres de su Estado, y la esperanza de que el circo del Mundial haga a todos olvidar un año que, así como va, será para el olvido. Mientras queda el resignarse admirando a las jacarandas en flor.

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