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Canadá abre camino a Europa

El inminente acuerdo comercial con Ottawa servirá de piedra de toque a Washington

Alejandro Bolaños
Cadena de montaje de la fábrica de Chrysler en Ontario
Cadena de montaje de la fábrica de Chrysler en OntarioRebecca Cook (Reuters)

“Al final, el agua tiende a coger la cuesta abajo”. John Manley, presidente de la asociación de directivos de las principales compañías canadienses, detalla en Ottawa los esfuerzos de su país por limitar la dependencia de Estados Unidos. Y la dificultad del intento cuando, aguas abajo, sin apenas aranceles que obstaculicen la corriente, está “un gigante del consumo”. Entre esos esfuerzos, destaca el empeño del Gobierno del conservador Stephen Harper por cerrar un ambicioso acuerdo comercial con la Unión Europea. Un pacto que atrae mucha atención y no solo porque está cerca de cerrarse: también porque puede servir de guía a las negociaciones que la UE y EE UU acaban de anunciar para, en palabras del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, crear la “mayor zona de libre comercio del mundo”.

“Se ha avanzado mucho, pero aún hay cuestiones que resolver en el sector agrario, en el automóvil o en las patentes de fármacos”, explica Manley a varios medios europeos, entre ellos EL PAÍS, invitados por el Gobierno canadiense. Manley sabe de lo que habla: fue ministro de Industria, de Finanzas y de Exteriores en los Gobiernos de Jean Chrétien, entre 1993 y 2003. “Y ya entonces diversificar era prioritario”, apuntilla.

El 75% de las exportaciones canadienses se vende a Estados Unidos. Es un indicador incontestable de la dependencia, pero también el termómetro de una fiebre que remite: hace una década, esa proporción llegaba al 85% de las ventas al exterior. La irrupción de emergentes como India y China cuenta, pero también que a la UE se destinan ya un 10% de las ventas canadienses.

Bruselas y el Gobierno de Harper, que llevan tres años negociando, creen que el acuerdo de libre comercio elevaría, al menos, en un 20% el intercambio de mercancías y servicios entre la UE y Canadá. En 2011, ese intercambio, del que Reino Unido protagoniza casi la mitad, rondó los 83.000 millones de euros. “En el caso de la zona euro, el pacto podría duplicar el comercio en una década”, estima Benjamin Tal, economista del banco canadiense CIBC.

Bruselas cree que

El acuerdo de libre comercio implicaría la eliminación de aranceles para el 95% de las mercancías. En la mayoría de los casos, las tarifas ya eran bajas —el impacto medio en los precios al consumidor del desarme arancelario oscilará entre el 3% y el 5%—, pero había algunas notorias excepciones, sobre todo en el sector agrario. Canadá pugna porque la UE permita la importación de miles de toneladas de carne de vacuno libres de aranceles; la agroindustria canadiense ya ha advertido que la cuota debe ser amplia como para reorientar parte de la producción, ahora dominada por el uso de hormonas de crecimiento, que la normativa europea prohíbe. También se exige el mismo trato a la carne de cerdo, aunque aquí los escollos son menores.

A cambio, Europa reclama un tratamiento similar a los productos lácteos europeos, con el queso a la cabeza, del que ahora Canadá solo permite importar 13.400 toneladas al año libre de aranceles.

Pero, como señala Willy Kruh, experto en mercados de consumo de la consultora KPMG, “en el acuerdo será más relevante simplificar normas que aranceles”. Entre los puntos polémicos, destaca la pretensión europea de que Canadá, que ha potenciado el uso de genéricos en su sistema de salud, acepte ampliar el periodo cubierto por patentes para los fármacos. También, la eliminación de obstáculos al acceso de empresas europeas (o canadienses) a las contrataciones públicas.

El debate en la fijación de las normas de origen, que determinan el componente mínimo de producción en un país para que se considere que una manufactura tiene derecho a un trato arancelario privilegiado, es enconado. “Hay componentes de un automóvil que pasan siete veces por fronteras de Norteamérica antes de ser ensamblado en Canadá”, concede Manley. La industria automovilística es una de las que aprovecha más a fondo el tratado de libre comercio (NAFTA, por sus siglas en inglés) que opera entre México, Estados Unidos y Canadá desde hace 20 años.

“Para Canadá, el acuerdo con la UE es vital. Pero también para Europa, porque demostraría que es capaz de firmar un tratado complejo con un socio del área NAFTA”, explica Kruh, en una clara alusión a EE UU. A principios de mes, el comisario de Comercio de la UE, Karel de Gutch, aseguró que el acuerdo “puede cerrarse en semanas”, tras reunirse en la capital canadiense con representantes del Ejecutivo de Harper. El nuevo camino que quieren explorar Washington y Bruselas pasa primero por Ottawa.

El ideal de las empresas españolas

“Los Gobiernos federal y provincial están muy dispuestos a respaldar nuevos proyectos que generen empleo. A nosotros nos dieron la oportunidad de empezar en una planta piloto con todo tipo de maquinaria a nuestra disposición, por un alquiler de 2.000 dólares al mes. Y el apoyo es mayor en la provincia de Quebec. Te facilitan préstamos sin intereses o garantías para tu financiación”, explica Rodrigo Ruiz, director de operaciones de Cascajares en Canadá. “El Gobierno de Quebec da muchas facilidades logísticas, soporte financiero y brinda todos los contactos necesarios”, corea Miguel Ángel Redondo, representante de la firma Redondo Iglesias en el país norteamericano.

Las razones que desgranan estos dos empresarios españoles en el salón de un hotel de Montreal son muy similares a las que llevaron al Club de Exportadores e Inversores Españoles a designar en 2012 a Canadá como el país mejor valorado para invertir. De la seguridad jurídica, por ejemplo, podría hablar Ferrovial: a finales de los noventa, el consorcio en el que participaba ganó la adjudicación de una autopista de peaje en Ontario. Luego, la Corte Superior le dio la razón cuando el Gobierno provincial cuestionó la subida de tarifas. Hace apenas un año, el Ejecutivo de Ontario ha vuelto a conceder a Ferrovial la ampliación de esa misma autopista de peaje.

Firmas de ingeniería, como Técnicas Reunidas, y constructoras, como ACS, brindan este mismo mes los últimos ejemplos de la formalización de contratos millonarios en Canadá. Los proyectos empresariales que explican Ruiz y Redondo son más modestos, pero muy valiosos: ambos intentan sacar adelante una fábrica propia en el hipercompetitivo sector cárnico norteamericano.

Cascajares, una firma con base en Palencia, produce y comercializa platos elaborados con destino a hoteles, restaurantes y supermercados de alta gama. Redondo Iglesias, una empresa familiar valenciana, está especializada en embutidos ibéricos y serranos.

“Lo que más sorprende aquí es el nivel de consumo”, indica Miguel Ángel Redondo. Ambas firmas ya exportaban desde España, pero el salto a una producción más amplia, la opción de llegar al voraz mercado de Estados Unidos con menos costes logísticos, normativos y arancelarios, es lo que les llevó a invertir en Canadá como plataforma para América del Norte. La fábrica de Cascajares, que empezó antes su aventura canadiense, ya emplea a 21 personas en Saint Hyacinthe (Quebec). Redondo Iglesias está pendiente de que EE UU homologue su línea canadiense de producción de embutidos.

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