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Tribuna:

Los oscuros campos de la república

Desde que he vuelto a El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (Anagrama 2011, traducción de Justo Navarro), su imagen final resuena en lo que veo, leo u advierto. Es el paisaje colectivo por el que transita este soldado de clase baja que, tras sobrevivir a la I Guerra Mundial y ser honorado por su país, cree tener el mundo en sus manos y, presto a recuperar a la lujosa chica de la que se enamoró antes de la guerra y dárselo todo por sí mismo, se transforma en especulador, hoy sería un broker, huye de sus orígenes y se fabrica una identidad glamurosa y moderna, superlativa. Ahí está en palabras precisas el paisaje moral histórico de esta hermosa novela de 1925, poco antes del gran crash, la madre de todo: "los oscuros campos de la república".

Dos películas sobre la crisis, 'La chispa de la vida' y 'Negro Buenos Aires', al son de una nueva traducción de 'El gran Gatsby'

Así en dos películas, una de este mismo año, La chispa de la vida, de Alex de la Iglesia, y otra de hace dos, Negro Buenos Aires, de Ramon Térmens. La primera se acaba de estrenar, la segunda la recuperé este viernes por la tele gracias a Àlex Gorina y su imprescindible Sala 33, contando con la presencia del realizador, un tipo al que convendría hacer más caso (hace unos meses estrenó Catalunya Über Alles, de nuevo con la presencia, aquí póstuma, de Jordi Dauder, otro filme al que cabe también aplicar la imagen de Scott Fitzgerald).

Las dos cintas ponen en escena la crisis, la de De la Iglesia ahora mismo, la de Térmens la argentina de 2001 y su temible corralito. Manuel Fraga Iribarne acaba de morir cuando escribo estas líneas y de nuevo me acometen "los oscuros campos de la república". No sabría decir qué lugar ocupa este hombre en el paisaje moral histórico de los dos protagonistas, de la misma generación, en la cuarentena, ahora los dos encorbatados: un publicitario que fue punk en De la Iglesia, un ejecutivo que fue progre en Térmens. Sin duda los dos lo han conocido, ya me explicarán ustedes quién no, si has sido de joven lo uno u lo otro. Aunque nada hayas sido de particular, si eso fuera posible. Político eterno, leo en algunos titulares. Me suena. ¿Quién no es sensible a "los oscuros campos de la república"? Quien tiene algo que perder, nos dice la historia de Jay Gatsby, desaparecido en un vacío disfrazado de piscina en su jardín copiado de los ricos que más deben aparentar.

O en un museo, o en un aeropuerto. Salí de ver La chispa de la vida un tanto melancólica y pensando que, como en el filme de Von Trier, también aquí el personaje conductor es un publicista y también aquí el desasosiego ante lo que ha devenido la cultura tiene su órdago. Si la novia negra del danés es futurista y apocalíptica, el padre de familia del vasco es anacrónico: da un paso en falso y, para evitar el vacío, se agarra a una suerte de Venus de Milo del Museo del Teatro de Cartagena, que el alcalde está en trance de inaugurar ante un montón de cámaras, un teatro romano donde transcurrirá la película casi entera. En tiempos de recortes culturales y reestructuración de museos y centros de arte abiertos en las tres últimas tres décadas, por doquier en la Península, con alegría presupuestaria a menudo opaca y un montón de cargos que se han repartido políticos, artistas y profesionales, el escenario de La chispa de la vida tiene su aquel. Para mi gusto, en mis "oscuros campos de la república", bastante más aquel que el planeta Melancolía de Von Trier; pero bueno, ustedes verán.

La que fue república del cine ha dejado paso hace mucho a la república de la pantalla total. Con sus guerras y sus posguerras, nos advierte, ligera e impertérrita, la obra entera de Scott Fitzgerald, muy atento al cine en su forma de escribir y de contar la historia, en minúscula y en mayúscula. La república de nuestra memoria y de nuestro imaginario se mueve, se esconde, se revela en los campos oscuros de tantas pantallas. La república de la historia y de lo que creemos que es, lo mismo. También de todo eso va Negro Buenos Aires, puede que hoy más que cuando se estrenó. El Chile de 1973 fue el inicio de la doctrina del shock, la Argentina de 2001 otro ensayo decisivo y el filme de Térmens un thriller moral que empieza como una crónica sin más de avariciosos despachos empresariales europeos (catalanes) y se va desarrollando implacable, visualmente complejo y de muy buen ver, hasta ese fin en el que, como en el caso de El gran Gatsby, la fiesta ha terminado y pocos irán al funeral.

Por suerte, hay quien sigue atendiendo a los oscuros campos de la república y lo cuenta. Permítanme acabar con un agradecimiento al escritor Juan Francisco Ferré y su blog, que me estimuló a volver a un Fitzgerald felizmente traducido de nuevo.

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Mercè Ibarz es escritora

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de enero de 2012