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CORRIENTES Y DESAHOGOS

Bacon no quita el sueño

"El hombre que sufre es bestia, la bestia que sufre es hombre", he leído en Estética de la pintura, de Andrea Pinotti (La Balsa de la Medusa, 2011) reproduciendo una frase de Deleuze.

Allí he sentido que todo padecimiento, animal o humano, origina una densa y compacta fundición donde ni la mente o la inteligencia, el amor o la sexualidad intervienen para nada. El dolor lo devasta todo y en su imposible transmisión solo las pinturas de Francis Bacon -y pocas más- llegan a delatar los efectos de su presencia maldita.

Goya aterroriza en sus pinturas negras, pero es fácil deducir que sus criaturas dolientes proceden de una visión anterior y son, por tanto, más la plasmación de una memoria que de un suceso actual atormentando a sus personajes.

Solo sus pinturas, y pocas más, delatan los efectos de la presencia maldita del sufrimiento

Lo muy conmovedor de Francis Bacon, la razón de que tanto nos importe, es que las figuras del cuadro narran el presente, la presencia misma del suplicio en el exacto momento de sufrir. No se presenta el tormento documentado para la observación estética posterior sino que el tormento aúlla ahí silente e ilimitadamente, más adentro del ojo y en el centro del descuartizamiento interno. Todo ello en el instante mismo en que la tortura destroza orgánicamente la estructura del cuerpo.

Es esto el porqué de que tanto nos impresionen los cuadros de Bacon. Cuadros que no buscan atemorizarnos sino compartir el terrible dolor humano en el momento de enloquecernos.

De hecho, cualquier pintura que merezca la pena se realizará menos con el ojo que con el sistema siempre complejo e imperfecto de los demás órganos. Menos pues con una vista saludable que con los malditos trombos que se forman en las conexiones del pie o del cerebro.

No miramos y copiamos lo que vemos. Ahora, los espectadores, nos volcamos sobre el lienzo para recibir y contagiar mutuamente alguna secreción al cuadro. Pintores figurativos o abstractos hacen lo mismo pero habría un género que Deleuze llama "figural" donde nos reuniríamos todos. No ha desaparecido del todo la figura, pero no cabe duda de que está desvaneciéndose. Huye de sí misma en cuanto orden puesto que todo lo figurado es composición y aquí, con Bacon a la cabeza, lo único que nos interesa es la descomposición.

Francis Bacon no hace exhibicionismos ni del Mal ni del Sufrimiento independiente. Son referencias tan generales como particulares. Porque ¿de qué otra forma puede hablarse del dolor? ¿De qué modo, además, es posible hacerlo conocer? "Pinto personajes apretando los dientes porque nunca me salieron bien las bocas que sonríen", decía. Pero la versión humana que Bacon nos proporciona a través del Mal es paradójicamente un consuelo propio del mismo dolor. Contra las expresiones sonrientes que tienen "duración", el dolor es un absoluto. Absoluto y exclusivo. "¡Qué solas estamos las personas!", decía Proust en Por el camino de Swann. Nos saludamos, nos damos un par de besos y cada uno reemprende su camino a cuestas con su pena. No hay nadie que al compadecerse nos reste ninguna carga decisiva.

Pero ¿y el dolor? Del dolor tampoco se hace cargo nadie que no sea su objeto... Hay dolores crónicos que llegan a crear una fuerte identidad y esto es todo lo que los demás aprenden. Ni una lección más. Ningún contacto con el núcleo que brama desesperadamente.

Si a Francis Bacon lo admiran casi todos los pintores pero, especialmente, lo admiran tanto los figurativos como los abstractos, es porque su pintura trasciende el binomio. O mejor dicho, porque su pintura es inmanente, e inminente.

Nos impacta y nos imanta, en vivo y en directo, de modo que entre el autor y el espectador una doble ecuación medular los junta. Acaso el pavor y el amor, la muerte vecina y ya su incalculable espanto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de diciembre de 2011