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Reportaje:

En la morada del coleccionista

A Coruña acoge por primera vez en Europa una muestra de fotografías de los legendarios fondos de Margulies

Dedicado a la construcción y al negocio inmobiliario, Martin Z. Margulies empezó a los 30 años a coleccionar arte. Prototipo del hombre hecho a sí mismo, nada en su tosco aspecto daría que pensar no solo que posee una de las colecciones de arte moderno más importantes del mundo sino que es capaz de hablar de sus más nimios detalles con el afán de un general frente a su regimiento. Pero más que un general, Margulies - cuya legendaria colección aterriza en A Coruña con las 165 fotografías de la exposición La morada del hombre-es un explorador. Ni un solo detalle ostentoso, ni un solo gesto de denote poder y dinero, solo una inusual humildad al explicar porque encontró en la pintura, en la escultura y -más tarde- en la fotografía una vía de escape y de conocimiento, "una manera de vivir, no una manera de ganarme la vida", dice él. "Yo me dedicaba a lo mío, la construcción, hasta que un día empecé a ver arte. Me abrió la puerta a gente enormemente interesante, sin edad, que seguían luchando pese al fracaso. El día que descubrí aquello me dije que esa era la vida que quería perseguir".

"Existe una profunda vocación social en la colección", dice su comisario

Margulies paseaba ayer por la Fundación Barrié de la Maza explicando algunas de las imágenes seleccionada por Régis Durand, ex director del Jeu de Paume de París o del Centro Nacional de Fotografía, también de París. La muestra (patrocinada por el Banco Pastor, permanecerá hasta el 25 de septiembre en A Coruña) no solo trae por primera vez desde Miami a Europa una parte de la colección Marguelis sino que explica la tardía relación del coleccionista con la fotografía, género que empezó a interesarle a finales de los años ochenta. Hoy posee unos fondos de 3.700 imágenes. "Mi primera compra fue a un viejo amigo galerista neoyorquino, seis fotografías de Robert Hower. Un año después, encontré una de Thomas Ruff en la feria de Chicago. Aquella fotografía, era grande, me miraba directa a los ojos. Me bastó un instante para saber que estaría en mi colección. Hoy está en mi casa, en el comedor, rodeada de pinturas y esculturas".

Para la exposición en A Coruña (que en 2012 viajará a Barcelona a la sede de su coorganizador, la Fundació Foto Colectania), Régis Durand ha divido en tres partes un recorrido que indaga en el hombre y su relación con el espacio, la naturaleza y, finalmente, sí mismo. En definitiva, explica el comisario, nuestra manera de habitar el mundo. "Algo que conecta muy directamente con Margulies porque en toda su colección existe una profunda vocación social, que no es impostada". Una calidad ética paralela a una extrema calidad estética, añade Durand. Cualidad que se ve cuando en la colección no solo brillan nombres incuestionables (Walker Evans, Helen Levitt, Olafur Eliasson, Lewis Baltz, Stephen Shore, Ed Ruscha, Gregory Crewdson, Green Houston.) sino también por milagros anónimos como las doce diminutas imágenes de las maquetas que fueron construidas a principios de siglo por los alumnos de la escuela rusa de Vkhtemas. De la documentación social americana a una hermana pobre de la Bauhaus cuya historia se perdió entre tantas de las vanguardias rusas. "Le enseñé estas fotos a Frank Ghery porque me impresionó mucho el parecido con sus edificios", apunta su dueño. "Eran alumnos de Rodchenko y su mujer, que estudiaban mobiliario, escenografía y arquitectura. Evidentemente las maquetas nunca llegaron a construirse y la escuela desapareció cuando el gobierno ruso dejó de financiarla". Margulies explica que compra lotes muchas veces sin saber qué se encontrará y que luego se dedica a investigar y estudiar sus fondos, el autor y la historia tras cada pieza. Su interés por las vanguardias de principios de siglo solo forma parte de ese proceso de aprendizaje de la fotografía moderna.

La morada del hombre toma su nombre de uno de los últimos poemas de Hölderlin: "Cuando a lejanía se va la vida, habitando, de los hombres". Para Régis Durand se trata de unos versos enigmáticos, "porque proceden de un entendimiento profundo y melancólico de la condición humana, de nuestra manera de habitar el mundo".

En la muestra, los hombres moran en decadentes complejos industriales, esqueletos de hierro en paisajes rurales. La fotografía industrial frente a fotografías de arquitectura imaginaria. La construcción del paisaje americano en todos sus frentes: el sueño y la destrucción. Pero la empatía del coleccionista por el mundo de los trabajadores es meridiana: en ninguna fotografía aparecen como meros objetos estéticos. En paisajes ruinosos, ellos representan la dignidad.

Las inquietudes sociales asoman en decenas de fotografías pero sin ningún subrayado demagógico (entre las fundaciones de Marguelis está una dedicada a la reinserción laboral de madres solteras en paro y drogodependientes) que se contraponen con piezas más abstractas. En una de las cuatro piezas que son de fotografías en movimiento un proyector dispara frases contra la pared. Es una pieza de Jonathan Monk llamada Un instante en el tiempo. Sobre la pared blanca se lee Tú y yo de niños, Hombre en San Francisco, Un río grande, Rosie (la perra) en un día soleado. "Me pareció una pieza muy duchampiana. Cada uno de nosotros construye su propio álbum al leer cada frase. Monk trabaja con ideas, ideas visuales. Porque las ideas, a secas, a mi no me interesan".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de junio de 2011