Intelectuales y 'todólogos'

Hubo una época hoy casi olvidada en que la gente escuchaba a los intelectuales. No siempre lo que decían les gustaba, pero lo cierto es que se les concedía cierta autoridad para hablar públicamente a cuenta de cualidades -morales, intelectuales, cívicas- que parecían haberse ganado. Al intelectual se le atribuía conocimiento, independencia y valentía. De vez en cuando abandonaban su trabajo, espoleados por ansiedades generales, y se dirigían a un público mucho más amplio que el que habitualmente se interesaba por sus realizaciones profesionales. Lo hacían con los medios a su alcance y cuando creían que debían hacerlo. Solía coincidir con momentos en que la gente se mostraba desconcertada y se preguntaba: "Qué pensarán X o Y acerca de esto". Entonces irrumpían en el foro público, atreviéndose a formular en voz alta lo que otros pensaban o temían pero no sabían o podían expresar: denunciaban la corrupción y el abuso de autoridad, aun a costa de las represalias del poder, y apuntaban posibles respuestas. Cuando terminaban, regresaban a su trabajo. Eran elementos simbólicos fundamentales de un paisaje social muy diferente y que ahora, en la época de las redes sociales y de la comunicación permanente, se nos antoja primitivo o naíf. La historia de cómo perdieron o les fue arrebatada la autoridad y el prestigio que se les concedía tiene que ver no solo con la evolución de la sociedad, sino también con su propia transformación (tempranamente criticada por Julien Benda en La traición de los intelectuales, Galaxia Gutenberg), su venta o alquiler a los poderes que los cortejaban, sus suicidas tomas de posición y sus catastróficos errores de juicio a lo largo del siglo XX, que fue precisamente el de su nacimiento, esplendor y ocaso.
A los intelectuales se les escuchaba porque tenían voz. No se trataba solo de una opinión más o menos fundada, como la que (mejor o peor) puede leerse o escucharse hoy en los medios, sino de un tipo diferente de voz que surgía de aquella auctoritas socialmente reconocida, y que vehiculaba un discurso más grave y meditado -y, en cierto sentido, más universal-, que no se prodigaba demasiado. A los intelectuales se les escuchaba en las grandes ocasiones porque la audiencia buscaba precisamente su voz. Eran intérpretes de la realidad, aunque a menudo parecieran profetas que emitían un oráculo laico. A veces incluso podían ser algo más: "Dios ha llegado. Lo encontré en el tren de las 5.15", fue la célebre fórmula (no exenta de ironía) que empleó John Maynard Keynes en la carta que escribió (en 1929) a su mujer para relatarle su encuentro con Ludwig Wittgenstein, que acababa de regresar a Cambridge para quedarse.
Hoy la voz se ha desplazado. El descrédito de los grandes discursos emancipadores precipitó el de los intelectuales que jalearon los infiernos y purgatorios totalitarios en que se concretaron, cuando la voz que se escuchaba ya no pertenecía al pensador audaz e independiente, sino al compañero de viaje. El concepto de intelectual ha cambiado, fagocitado por modalidades diferentes (e incluso antagónicas) de lo que llamamos periodismo. El juicio fundamentado sobre los grandes asuntos colectivos escasea, sustituido, en el mejor de los casos, por la mera opinión o el debate-espectáculo sobre asuntos de agenda inmediata. Y, en el peor (pero más frecuente y con mayor audiencia), por el circo de los todólogos, que ya no hablan, sino que gritan para acallar la voces de rivales igualmente redundantes y chillones. Como Estentor, aquel soldado aqueo (Ilíada, V: 785) "que tenía vozarrón de bronce y gritaba como cincuenta", los nuevos "intelectuales" de la mayoría de las tertulias televisivas pretenden ganar su batalla desgañitándose. Estos días se escucha aún más su estrepitoso guirigay, mientras saltan de una a otra jaula mediática para seguir vociferando. Y el eco insoportable de sus gritos inicuos hace aún más estruendoso el silencio de otras voces ahora ausentes.
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