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Querella entre modernos y antiguos en el Lázaro Galdiano

Zurbarán, Goya, Tàpies y Baselitz dialogan en la fundación

¿Quién ha puesto un tàpies cerca de aquel zurbarán? ¿Qué tienen que ver Barceló con el Greco o Antonio Saura con Goya? ¿Qué pintan las arañas de Louise Bourgeois en medio de una delicada colección de casullas? Preguntas como estas se formulan estos días en la Fundación Lázaro Galdiano, que ha dejado colarse en sus exquisitos salones 32 piezas de arte contemporáneo venidas de la Fundación María José Jove de A Coruña.

¿Qué hace esto aquí?, el título de la exposición, da una idea del estado de sorpresa que puede acompañar al espectador y de la filosofía que ha animado a las comisarias Marta García-Fajardo y Amparo López Redondo para esta muestra que mañana se abre al público: acabar con las brechas entre el mundo clásico y el moderno como universos irreconciliables y hermanar, por qué no, a sus hinchadas. El diálogo entre las obras de los artistas consagrados del siglo XX y XXI con los maestros históricos es poco común en los museos españoles, pero la práctica va arraigando en Italia o en Francia. El resultado es un espectáculo difícil de superar.

El preciosismo de los retablos de los primitivos españoles convive con Barceló 'Rampant', de Kandinsky, preside ahora el salón de baile del palacio

El viaje arranca en la gran sala dedicada a Goya, presidida por El aquelarre y Las brujas. El desasosiego lo pone una pieza con un lenguaje bien distinto pero igual de contundente: Avenzza Revisited, esculpida en 1968 por Louise Bourgeois. Georg Baselitz recrea su visión de la muerte ante un grabado de Goya con la obra Dix. Los salones de molduras doradas y frescos en los techos dan paso a sorpresas como el rincón ocupado por Juan Muñoz y la enana Sara en el espejo. Admirador entregado a la obra de Velázquez, su personaje está situada junto al retrato de doña Inés de Zúñiga, de Juan Carreño de Miranda.

El salón de baile del palacio, antiguo centro de reuniones de la aristocracia, de la burguesía y la intelectualidad, se ha transformado en un rincón de homenaje a la música que animó aquellas reuniones: la obra Rampant (1934), de Wassily Kandinsky acompaña al retrato de Manuela González Velázquez. El preciosismo y lujo de los retablos de los primitivos españoles que ocupan uno de los grandes salones de la colección conviven con desparpajo con Barceló y Tàpies, dos artistas heterodoxos que trabajan la materia con sus propias manos. Junto a la delicadeza casi oriental de la Virgen de mosén Sperandeu, pintada en el siglo XV por Blasco de Grañén, el Torax (1978) de Tàpies es toda una inmersión en el mundo primitivo de las cavernas cuando las manos y los pigmentos más primarios bastaban para crear obras de arte imperecederas.

Pero los contrastes no acaban en esa planta. El surrealismo de Maruja Mallo y Óscar Domínguez y sus reflexiones sobre lo efímero tienen como contrapunto a los maestros holandeses del XVII, inspiradores de gran parte de la pintura de siglos posteriores. En este espacio se incluye en un gesto revestido de literalidad la reinterpretación que el Equipo Crónica hace de la obra de Pieter Brueghel y un retrato de mujer de Fernand Léger.

El discurso expositivo solo se rompe para prestar atención a tres artistas cuyos formatos complican el diálogo. El espacio destinado en origen a sede editorial lo ocupan piezas clásicas del arte contemporáneo. Una de ellas es la escultura de madera Retén, de Francisco Leiro, un homenaje del artista a quienes se juegan la vida protegiendo los bosques de los fuegos. Habitación vegetal, de Cristina Iglesias, instalada de un modo que permite jugar con la comunicación arquitectónica del edificio principal, arropa la pieza de Leiro y da paso a la obra más monumental de la exposición: Am Grunde der Moldau / Drei Kaiser, de Anselm Kiefer, una instalación que plantea una radical crítica a todas las guerras. Pintura y escultura componen un paisaje desolador en donde el azul y el gris muestran la imagen de la desolación y la muerte.

Las arañas madres y tejedoras de Louise Bourgeois colocadas en la planta dedicada a los tejidos cierra un diálogo en el que la conclusión final es que todo el arte, sin fecha de nacimiento ni certificado de origen, comparte un mismo lenguaje y muchos más puntos en común de lo que se aprecia a simple vista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de abril de 2011