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Reportaje:

Hierve Río

Brasil se prepara para acoger el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. El carnaval de este año ha sido el ensayo general para un país adolescente que ya es la sexta potencia mundial y aspira a dejar atrás la pobreza, la violencia y la somnolencia. Durante cinco días, Río ha sido la capital del desenfreno y del futuro. Este es el retrato de este pubelo a través de la fiesta más famosa del planeta.

Desafinado, el célebre tema musical compuesto por Antonio Carlos Jobim en 1959, en plena efervescencia de la Bossa Nova, es el mejor apunte del natural esbozado sobre Brasil. Una metáfora de su cuerpo y alma. Lírica, rítmica, perezosa y sensual, esa canción huía en cuatro estrofas de la norma establecida por la industria discográfica y argumentaba humilde, a mitad de camino del jazz y la samba, que había otra forma de hacer las cosas. De comprender la música y la existencia. Y también era válida. "En el pecho de los desafinados también late un corazón", sentenciaba sentimental Jobim.

Así es Brasil. Al margen del dictado de los sucesivos emperadores del planeta, con un estilo distinto, fuera de registro, sin perder los nervios ni caer en la tentación de oficiar de lazarillo ideológico de los países de su entorno (tiene frontera con todos los países sudamericanos excepto Chile y Ecuador), ha conseguido doblar en cuatro décadas su población hasta los 200 millones de habitantes, de los que 60 tienen menos de 14 años; construir una clase media de 100 millones de personas; alzarse como sexta potencia mundial e inundar el mundo con su soja, azúcar, café, cacao, frutas, carne, madera y minerales. Brasil atesora una quinta parte de la biodiversidad y la mayor reserva de agua dulce del planeta. Apenas ha explotado la octava parte de su superficie cultivable. Ni su potencial turístico. El descubrimiento de yacimientos petrolíferos frente a sus costas le puede convertir en un actor internacional todavía más influyente, dada la perenne inestabilidad que padecen los tradicionales productores de crudo.

Nunca hubo conflictos raciales en Brasil, el 'apartheid' era social, no de color de piel

Durante el carnaval de 2010 fueron asesinadas 72 personas; este año, tras la pacificación de las favelas, 40.

Ha sido el primer carnaval con Dilma Rousseff, la heredera de Lula, al frente del país

Aquí no hay disfraces, a los cariocas les sobra con su ritmo y su belleza

Al carismático jefe de policía de Río le llaman el Eliot Ness brasileño

Brasil es otra cosa. Un verso suelto. En su territorio sobrevive la socialdemocracia y se impone el anhelo de la redistribución mientras en la Vieja Europa se tambalea el Estado de bienestar. Y su memoria histórica no alcanza a recordar que fue el último Estado en proscribir la esclavitud, en 1889. Gran parte de su población desciende de aquellos hombres y mujeres sin derechos. Y los más pobres siguen siendo los negros. Pero en Brasil nunca ha habido conflictos raciales. El apartheid ha sido siempre más económico que basado en el color de la piel. Si de algo presume este país es de ser estable, amable y fiable. Lo que le permite recibir más inversiones extranjeras que nadie. Tiene un régimen de libertades en comparación con otros emergentes como Rusia o China. No tiene enemigos como India. No tiene pretensiones nucleares como Irán. Y, para cerrar el círculo de su prosperidad e inminente papel universal, acogerá en 2014 el Mundial de fútbol y en 2016 los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro. ¿Serán capaces los brasileños de afrontar ambos retos? No lo tienen claro. Si lo logran; si Brasil conjura su secular desorganización, corrupción, analfabetismo y falta de infraestructuras, y convierte su estilo desafinado en su polo de atracción, ambos megaeventos supondrán su consagración como potencia mundial. Le aportarán autoestima, renovarán su paisaje urbano y elevarán sus maltrechos índices de desarrollo humano. Un salto adelante. No se les puede escapar esta oportunidad. Brasil bulle como nunca antes.

Río de Janeiro, la capital más mestiza, bella, viva y repleta de contrastes de la Tierra, simboliza esa olla a presión. Cinco días al año su carnaval se convierte en la tarjeta de presentación de este país adolescente. Este 2011 se ha vivido la madre de todos los carnavales. El primero con Dilma Roussef, la sucesora del mítico metalúrgico Luiz Inácio Lula da Silva al frente del país al grito de: "Mi compromiso es honrar a las mujeres y proteger a los más débiles". El primero con las favelas, esos infrabarrios colgados en los cerros que rodean Río en los que malviven dos millones de personas, con una paz inédita; con menos muertes en la calle, menos prostitutas alimentando el turismo sexual, menos camellos pistoleros. Un carnaval con la promesa de los miles de millones de petrodólares que engrasarán el desarrollo de esta sociedad y el mítico estadio de Maracaná (la catedral del futebol), en obras oficiando de mascarón de proa de una inversión pública de más de 10.000 millones de euros para afrontar los dos compromisos deportivos. Y para transformar el país.

Ha sido el carnaval del futuro. El carnaval de Río es, además de una fiesta extenuante, una industria. Una marca. Un producto bien manufacturado en un país que aspira a escapar de la condena de ser un mero productor de materias primas. El carnaval es una máquina de hacer dinero. En menos de una semana, Río ha facturado 600 millones de euros, concentrado en sus calles a cinco millones de personas (de ellas, medio millón de extranjeros), dado trabajo a otro medio millón y transmitido en directo su imagen más festiva a todo el planeta. Una publicidad que no tiene precio.

Cinco días al año, Río de Janeiro alberga dos carnavales. Uno se desarrolla en los 700 metros del sambódromo (bautizado oficialmente, dentro de esa tendencia brasileña a crear nombres pomposos, Pasarela Profesor Darcy Ribeiro); un teatro romano repleto de mulatas, adonis, carrozas y lentejuelas para consumo televisivo. El otro, el de la calle, el carnaval de rua, es el de la samba, la borrachera y el desenfreno hasta que sale el sol para empezar de nuevo; transcurre por los más de seis kilómetros de las playas de Leblon, Ipanema y Copacabana a la sombra de los edificios racionalistas proyectados bajo la batuta de Oscar Niemeyer y la inspiración de su maestro, Le Corbusier. En el éxito del carnaval de la calle que transcurre por la playa de Ipanema el colectivo gay tiene el protagonismo. Río no tiene un día del orgullo gay; su carnaval cumple ese papel.

El sambódromo es el carnaval dentro del carnaval. Puro marketing. Marca-país. Risas impostadas, muecas de felicidad, alegría enlatada y torrentes de sudor en dos madrugadas iluminadas por los focos hasta transformarlas en mañanas tropicales. El trabajo de 363 días cuaja en dos noches. Como en las Fallas de Valencia, este alarde coreográfico e industrial se consume en unas horas para renacer un año después. El sambódromo tiene la misión de vender al mundo la organización, creatividad, disciplina, originalidad, belleza, cultura, raíces y calidad de vida del pueblo brasileño. Es su fiesta nacional. Todo costeado por los derechos de transmisión televisivos, la publicidad (cuyos productos tienen en estos días la piel negra y van tocados de plumas de avestruz) y las marcas comerciales que contratan a famosos para que vayan a sus recintos reservados del sambódromo, vistan sus logos y evolucionen como patos al son de la samba mientras se ahogan entre flashes y caipiriña antes de sumergirse en la tibia piscina del exclusivo hotel Fasano, diseñado frente al Atlántico por Philippe Starck, para broncearse en tumbonas tapizadas de algodón a rayas blancas y canela, contiguas a las de Jude Law o Gisele Bündchen, esperando que llegue la noche para volver al sambódromo a cumplir su contrato y hacer caja.

El carnaval de la calle estalla el mediodía del viernes. Los cariocas abandonan su trabajo de estampida. Las noches previas han sido tristes y lluviosas; de calma tensa. Ni un alma en la madrugada. Por fin, el bohemio barrio de Lapa, surcado por un viaducto sobre el que circula un viejo tranvía amarillo del que rebosan jóvenes enloquecidos, se llena en minutos. La gente enseguida está ebria. Los bares desbordan. Llueve con intensidad tropical. A nadie parece importarle. No hay disfraces sofisticados. A los cariocas les sobra con su ritmo y su belleza. Su disfraz es la desinhibición. Hay jóvenes con los abdominales de Cristiano Ronaldo y muchachas con las curvas de Beyoncé. Vuelan las camisetas y se acortan los shorts. Se reparten condones a puñados; aquí los llaman camisinhas ("use sempre camisinha" aconseja el eslogan oficial). Las aceras rezuman agua, alcohol y orines. En las primeras horas, los 7.000 retretes portátiles instalados por el Ayuntamiento quedan anegados; las havaianas son el calzado; llegan camionetas con altavoces. Son la vanguardia de los 465 blocos de Río de Janeiro, las agrupaciones musicales que recorren errantes la ciudad y a las que siguen en su camino miles de espontáneos ebrios de ritmo y cerveza Antarctic hasta que desertan y se enganchan al siguiente bloco en un peregrinar sin fin. Danzan los niños y los viejos. El sonido de tambores hace vibrar el asfalto y sus ondas ascienden hasta el cerebro de los espectadores obligándoles a bailar. Y sumarse al jolgorio. Es imposible sustraerse. Cada uno baila en su espacio, sin molestar al de al lado; para los cariocas, la samba es un sencillo balanceo de caderas y un sutil movimiento de extremidades que dominan desde niños. Llega de kilómetros a la redonda una nube de vendedores ambulantes de aspecto paupérrimo. Dormirán en la calle. Ofrecen cervezas, refrescos de guaraná, toallas con el Pan de Azúcar impreso y cristos redentores fosforescentes. Hasta el miércoles no habrá tregua.

Quedan 24 horas para que se inicie el desfile del sambódromo. El Rey Momo, la personificación de los cariocas durante estas fiestas, posa con el alcalde, Eduardo Paes: un cuarentón, guapo y centrista que sonríe con relámpagos de su dentadura a las cámaras y se atreve con unos pasos de samba. El acto transcurre en el Ayuntamiento, el Palácio da Cidade; fue la Embajada británica y tiene la arquitectura neoclásica de una mansión sureña edificada en torno al algodón. El Rey Momo es Milton Rodríguez, un joven afrobrasileño, gordo, hercúleo y amanerado, que mueve con ligereza sus 130 kilos. Lleva un traje blanco de tejido sintético, una banda cruzándole el pecho y una corona de rey de Siam. No para de reír ni de bailar, rodeado de una cohorte de princesas. Chorrea. Me preocupo. ¿Aguantará cinco días a este ritmo? Se confiesa feliz. "Esto es lo mejor del mundo".

Hasta 1985, el gran carnaval de las carrozas y los miles de figurantes uniformados recorría las calles de Río. Aquel año la autoridad lo encerró en el sambódromo. Allí desfilarían en una competición limitada las grandes escuelas de samba, es decir, las 12 del Grupo Especial, que cuentan con más de 5.000 miembros cada una y reciben subvenciones de hasta cinco millones de euros. Hay un centenar largo de escuelas en la ciudad, pero solo las del Grupo Especial desfilan como legiones de nueve en fondo en el sambódromo durante los dos días grandes: el domingo y el lunes. En 2005, dentro de esa estrategia de exprimir la marca carnaval, de profesionalizarlo, de tenerlo bajo control, estas 12 escuelas fueron trasladadas desde sus sedes a la Ciudad de la Samba, un recinto industrial en la zona portuaria de Río donde se construyeron 14 hangares de 3.500 metros cuadrados. Allí las escuelas crean cada año sus alegorías, enredos y fantasías. Fabrican sus artilugios, confeccionan sus disfraces y preparan su estrategia para seducir y ganar. No es fácil entrar en la Ciudad de la Samba. Menos aún unas horas antes de que dé comienzo el desfile. Ninguna escuela está dispuesta a que trasciendan sus secretos. Los carnavaleros son celosos de su oficio. Las escuelas tienen una estructura rígida de mando. Cada escuela cuenta con sus hinchadas. Logramos entrar. Huele a pegamento y a chamusquina. La gente se lo toma con calma. Cero nervios. Cuando se les interroga sobre su estado de ánimo ante la inminencia del desfile, su respuesta generalizada es el impertérrito "tudo bem" brasileño. Impresiona contemplar los restos de las cuatro naves que ardieron a comienzos de febrero, un mes antes de que diera comienzo el carnaval, consumiendo miles de disfraces, carrozas y los sueños de triunfo de tres de las 12 escuelas en competición. Lo que sobrevivió ha sido reconstruido a toda máquina en un destartalado terreno adyacente a la Ciudad de la Samba, cubierto por unas carpas que le prestan al conjunto la imagen de un circo decadente. En su interior se apelotonan caballitos de mar, templos egipcios y bergantines hechos de cartón piedra, gomaespuma, cola y purpurina, de nueve metros de altura. Una joven repasa aburrida con una brocha empapada en barniz un dragón multicolor de tres metros. Lleva un short, una vieja camiseta de tirantes y tiene un cigarrillo en los labios. En unas horas, el resultado de su trabajo desfilará por el sambódromo para una audiencia mundial. Bosteza.

Río de Janeiro ha sido catalogada durante décadas como una de las ciudades más peligrosas del mundo. Cinco mil personas eran asesinadas cada año. La policía disparaba antes de preguntar. Sin embargo, hoy, en Río no se experimenta una sensación de peligro inmediato. El barrio donde se sitúa la Ciudad de la Samba es popular, extremo y pacífico. Flanqueado por los vetustos galpones del muelle y partido en dos por una autovía. Bajo ella se organiza un mercadillo de frutas y verduras; las paredes están cubiertas de grafitis; hay familias sentadas en los bordillos; huele a asado. Atruena la samba. "Tudo bem". Colina arriba domina el horizonte la favela de Providencia, la primera que se construyó en Río hace más de un siglo; famosa por ser durante décadas la más violenta de la ciudad y pacificada a mediados de 2010. Este barrio portuario será uno de los afectados por los proyectos urbanísticos ligados a los Juegos Olímpicos de 2016. Y eso implica que estas barriadas que rodean Río dejen de ser guetos en manos de los narcos y los paramilitares para integrarse en la nueva ciudad. Nadie sabe cuántas favelas hay en Río. Nos dicen que 1.000. Algunos sectores ya denuncian que estos barrios olvidados durante décadas pueden ser hoy el objetivo de una salvaje especulación urbanística para construir la moderna Río de Janeiro de los Juegos. Una ciudad a la medida de los turistas. Una limpieza similar se está llevando a cabo con la prostitución, arrojada de sus tradicionales dominios en la playa de Copacabana en dirección al discreto barrio de Leme. La frontera entre Leme y Copacabana es la plaza del Lido. Por ese límite merodean de madrugada turistas sexuales cincuentones, anglosajones borrachos y en bermudas. En el territorio que durante tres décadas albergó a miles de prostitutas de Río, la discoteca Help, en el corazón de Copacabana, el Gobierno planea construir un museo dedicado a la música proyectado por los arquitectos Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio, que fueron los encargados de la renovación del Lincoln Center de Nueva York.

En Río, los ricos y los pobres viven muchas veces a unos centenares de metros. Coinciden en el fútbol, la playa, la iglesia y el carnaval, pero sus barrios están separados por un siglo de desarrollo humano. A las favelas nunca llegó el Estado. La mayoría no cuenta con alumbrado, saneamiento, seguridad, educación, sanidad, instalaciones deportivas ni servicios sociales. Han sido otra galaxia. Gobernadas por señores de la guerra que se financiaban a través de la droga y la extorsión; encerradas en sí mismas. Era imposible acceder a ellas. Entrar en una favela podía suponer la muerte. Lo relata Flavio, un ex policía que abandonó el cuerpo tras ser tiroteado durante una operación antidroga y nos acompaña en un recorrido por la de Cantagalo-Pavão-Pavãozinho, pacificada a finales de 2009: "Por aquí no se podía pasar. Te jugabas el cuello. Cantagalo era muy peligrosa; había muertos todos los días. Desde aquí se controlaba el tráfico de droga de Ipanema. Este edificio que ve ahí y que derribó la policía era una boca de fumo, un lugar donde se vendía crack. Y ya ve hoy jugando a los niños tan tranquilos. Todo está cambiando muy deprisa".

La favela de Cantagalo está a cinco minutos del barrio más caro de América Latina: Ipanema. Un elevador acristalado recién inaugurado ha abierto una nueva ruta entre ambos mundos. Ha roto el aislamiento. En Cantagalo las cosas han mejorado, pero aún nos sumergimos en un laberinto de precarias casas de ladrillo sin enfoscar con techo de hojalata entre las que se abren pasadizos por los que apenas cabe una persona; la electricidad está pinchada del alumbrado público tejiendo enjambres de cables negros sobre nuestras cabezas; hay tenduchos y bares improvisados; gatos y gallinas; niños descalzos y jóvenes uniformados de Nike y oro con los ojos espesos; un grupo de policías con chalecos antibala realiza una ronda; llevan fusiles americanos M-16, una pistola al cinto y otra en el pecho. Cuando uno de ellos se agacha deja al descubierto el revólver nacarado que lleva sujeto al tobillo.

Los medios de comunicación brasileños han bautizado a José Mariano Beltrame, responsable de la policía en Río y de la pacificación de estas favelas, como el Eliot Ness brasileño (recordando al superagente americano que puso en jaque al hampa de Chicago en los años veinte). Guardan cierto parecido. Beltrame es un atildado policía de 53 años, especialista en inteligencia y que habla con tinte profesoral. Llegó al cargo en 2007. Un año más tarde puso en marcha la pacificación de las favelas. El primer paso era entrar en ellas con fuerzas policiales de élite, dotadas de helicópteros y carros de combate; combatir y detener a los criminales que las gobernaban y desarmar y disolver a sus ejércitos privados. El siguiente paso del modelo Beltrame era implantar en esas favelas reconquistadas las Unidades de Policía Pacificadora (UPP): una nueva generación de jóvenes agentes, mejor formados y pagados, que no hubieran tenido relación con el turbio pasado policial de la ciudad y combinaran en la favela el trabajo social y el policial. El proyecto ha funcionado. Hoy nos cruzamos en las favelas con agentes de la UPP haciendo deporte, batiendo los tambores o colaborando con ONG en la educación de los chavales del barrio. Hace cinco años, la policía mataba a tres personas al día en Río. "Teníamos el odio a la policía metido en las venas", explica un joven vecino de Cantagalo. "Pero hoy el cambio es evidente. Estamos obligados a trabajar juntos".

Beltrame sostiene que, en menos de tres años, 16 favelas de Río han quedado libres del imperio de los narcos: "Lo que está afectando a la calidad de vida de 250.000 personas, y de forma indirecta, a un millón. Aspiramos al máximo impacto en el mayor número de cariocas no solo en los que viven en estas comunidades. Hasta 2014 vamos a beneficiar a 150 favelas donde viven 850.000 personas, pero es que además este proyecto de pacificación está mejorando la ciudad en su conjunto en movilidad, circulación de bienes y servicios, distribución de empleo, igualdad de oportunidades y turismo. Hemos liberado amplias zonas del imperio del crimen. Antes, la policía entraba, actuaba y salía. Ahora nos hemos quedado. Y no nos vamos a ir. Hemos recuperado la ciudad. Lo primero ha sido devolver a la gente su seguridad. Ahora viene lo más difícil: la pacificación no será definitiva hasta que otros derechos y servicios esenciales, públicos y privados, lleguen a estas comunidades; se extienda la igualdad de derechos y oportunidades. Y de obligaciones. Ese día la pacificación de las favelas se habrá completado".

Beltrame esgrime cifras: en 2010 hubo 72 asesinatos durante el carnaval; este año, 40. Nada que objetar. Salvar una sola vida ya es un éxito. Las cifras soplan a favor de este país. Entre 2003 y 2008, más de 20 millones de brasileños cogieron el ascensor social que les ha conducido desde la pobreza hasta la clase media. Otros 36 millones lo harán hasta 2014. Un hecho que situaría las cifras de pobreza en 20 millones de personas, un dato que reconoce la presidenta Dilma Rousseff y que se ha comprometido a corregir.

La fiesta sigue en Río. El domingo y el lunes de carnaval el sambódromo estalla. Más de 70.000 personas abarrotan el esqueleto de cetáceo de hormigón construido por Niemeyer. Hay palcos vip con sushi y champán y gradas populares sobre las cabezas de los ricos. Desfilan 50.000 personas al ritmo hipnótico y machacón de la percusión. Cada escuela tiene una hora para evolucionar en la pista del sambódromo. Los cariocas que no tienen dinero para una entrada se apelotonan fuera del recinto, en lo alto de la autopista Presidente Vargas, intentando vislumbrar un pedazo de paraíso. Hay familias que acarrean neveras portátiles repletas de cerveza y tuppers con alubias, arroz y carne. Pasan el día. Ven entrar las carrozas de sus sueños. Hacen la fiesta por su cuenta. Es el carnaval de los pobres.

Al otro lado de la ciudad, en el Río próspero y cool de Ipanema, una vieja de Bahía prepara caipiriñas en un tenderete de madera clavado en la playa para una turba de miles de jóvenes hambrientos de alcohol, baile y sexo. No se inmuta. Un agonizante televisor transmite el desfile sin volumen. Nadie presta atención. La anciana lo observa de reojo. Musita algo. Es lunes de carnaval. La gente aguanta a duras penas su cuarta borrachera de la semana. Hay que llegar al final, al miércoles, como sea. Ese día sonarán los últimos acordes de las fiestas. Tonadas un poco tristes, como son siempre las canciones brasileñas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de abril de 2011