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Crítica:

Simulacro de la perversidad

No son pocas las películas cuya presunta comercialidad se sostiene únicamente por una premisa atractiva. La trampa del mal, producida e ideada por el cada vez más alicaído M. Night Shyamalan, es una de ellas: cinco desconocidos atrapados en un ascensor, uno de ellos es asesinado... y entonces quedaron cuatro. Ya saben, una especie de Diez negritos en versión bolsillo, ambientada en la era de la hipervigilancia, con cámaras en cualquier rincón. Y sin embargo, a esa premisa hay que darle cierta coherencia posterior en el desarrollo narrativo y, sobre todo, a la hora del desenlace. Porque si no es así, el conglomerado final adquiere forma de simulacro de la perversidad, de timo de la estampita. Algo en lo que se convierte La trampa del mal una vez transcurrido el impacto inicial. Así, lo que queda en la memoria transcurrida la película (y no es chovinismo fácil) es la soberbia melodía legada por Fernando Velázquez (el compositor de El orfanato), con ecos a lo Bernard Herrmann, de impresionante lucidez. Las notas escupidas por los vientos de la orquesta retumbarán por siempre en nuestras cabezas.

LA TRAMPA DEL MAL

Dirección: John Erick Dowdle.

Intérpretes: Chris Messina, Geoffrey Arend, Bojana Novakovic.

Género: terror. EE UU, 2010.

Duración: 115 minutos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de febrero de 2011