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Use Lahoz escribe de una estación rural imaginaria

Un soñador trastornado protagoniza la nueva obra del autor de 'Los Baldrich'

Valdecádiar nació en Toulouse. Podría haber nacido en Oporto, Padua, Montevideo, Aquisgrán o cualquiera de las otras ciudades donde Use Lahoz (Barcelona, 1976) ha vivido en la última década en un peregrinaje delimitado por las becas y los afectos. Valdecádiar es un lugar imaginario, la placenta rural que alimenta el trastorno de la mente de Santiago Cádiar, el antihéroe de La estación perdida, la nueva novela de Lahoz, publicada por Alfaguara (grupo Prisa, editor de EL PAÍS).

La enfermedad latente del protagonista va encadenando los acontecimientos, enrevesando la trama, zarandeando a Cádiar y a quienes le quieren de un lugar a otro. Un hombre con pájaros en la cabeza y lamparones en la biografía; un tipo de pueblo fascinado por el arte de soldar y el poder del juego; un inconsciente que persevera en enfangarse en cuanto la vida le sonríe; un desgraciado con la suerte de enamorar a Candela.

"Soy de los que, el día antes de la imprenta, llama para corregir algo"

Use Lahoz escribió la novela tras Los Baldrich, su historia sobre una saga de la burguesía de Barcelona, un clásico con toque moderno, tan heredera de Benito Pérez Galdós como de Paul Auster, según su autor. Le llovieron elogios. Eso podría confundir, hacer pensar que Lahoz gestó La estación perdida bajo presión. Pero no. Por dos razones. Una: la escribió antes de la alabada publicación de Los Baldrich. Dos: lo último será lo primero. "Una primera novela es como una primera novia, pues más que nada enseña, corrige ímpetus, guía. Se disfruta más de las siguientes. Los primeros amores están sobrevalorados", exponía el autor en un artículo donde confesaba su amor por la literatura.

Así que Use Lahoz ha gozado tejiendo La estación perdida y ha sufrido viendo a Santiago Cádiar darse trompicones con la vida, "suplicaba para que no se metiera en más líos, pero este no escucha a nadie, ni siquiera a mí".

No ha vuelto atrás: "Procuro no asomarme mucho porque si no estaría cambiando todo el rato. Me quitan las obras de las manos porque soy de los que, el día antes de la imprenta, llama para corregir una página".

Santiago Cádiar es un buscavidas inestable con una feliz y dura infancia, "la estación perdida", en Valdecádiar, un pueblo ficticio cargado de realismo, "un espacio mágico donde funciona la solidaridad y donde existe el contrapunto de la presión y las habladurías". La recreación rural es poderosa y tiene su explicación: Use Lahoz veraneaba durante años en un pueblo similar donde vivía su abuela. "Aquellos tres meses significaban la libertad absoluta, adquirí conocimiento del campo: labrar, trillar, vendimiar...". También adquirió oído, se percibe en los diálogos, cortos hasta la comicidad. A saber: "Del mismo modo, había familias enteras que se iban. La carencia no es una cuestión de edad. Antes de dar el paso, lo pensaban en silencio padre y madre, con frases cortas ('no sé', 'tú verás', 'va', 'y allí qué') y otras del estilo de '¿qué te crees, que en la capital atan a los perros con longanizas?', cargadas con la pólvora mojada de la resignación, y hasta que se decidían podía pasar medio año".

Lo rural se desvanece tras la primera parte. "Santiago tiene que salir de Valdecádiar para que haya novela, nadie le hubiera timado en el pueblo", bromea Lahoz. Emigra a la capital, a Barcelona, a Montevideo. La vida de Cádiar es una mezcla de huida y búsqueda. Una fuga que no cesa ni cuando Candela Paz emerge como un faro. "Quería hacerla mujer de un solo hombre, salida de un ambiente rural, aplastada por la posguerra, una de esas mujeres a las que nunca nadie les explicó nada sobre sexo ni tienen nada que ver con las mujeres de la Quinta Avenida y que se acaba adueñando de la novela".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de enero de 2011