Reportaje:REPORTAJE

'Catalunya'

Hoy, elecciones al Parlamento catalán. El humor, el optimismo y la autocrítica es lo último que debemos perder. Este es un retrato emocional -y muy personal- de Cataluña, sin ánimo de ofender ni de agradar, hecho por dos hombres tan pegados a esa tierra como al resto del planeta.

A finales del siglo pasado, el humorista Eugenio solía comenzar sus espectáculos de chistes con un relato breve: "El saben aquel que diu que era un tío que se muere el lunes y dice: peor no podía empezar la semana". Así ha empezado el siglo XXI. Peor, imposible. Triunfa el pesimismo. Quien sonría en un acto público resulta sospechoso de no ser consciente de la Gravedad de los Hechos. En el caso de Catalunya, además de la Gravedad de los Hechos, convivimos con la Gravedad de la Situación. Desde La Sentencia. Sobre el Estatut. Todo es solemne, denso y mayúsculo. Siete de cada diez catalanes, contrarios a la sentencia sobre el Estatut, o insatisfechos de la relación entre Catalunya y España, o pesimistas sobre la economía. Durante meses, allá donde ha aparecido una encuesta hemos aflorado siete de cada diez catalanes disgustados con algo. Las crónicas sobre Catalunya se han construido sobre los términos "cansancio, fatiga, hastío, hartazgo, preocupación". ¡El Barça era la única esperanza!

Hemos entrado en un bucle del 'síndrome Van gaal': nunca 'positifo', siempre 'negatifo'
Nuestros problemas son culpa de los demás: los políticos, los banqueros, los ricos, Madrid…
El apellido más común es García. el 16% de la población tiene nacionalidad extranjera
Se ha instalado entre Barcelona y Madrid la triple O: observatorio de ofensas del otro
A la discusión política se añade la emocional: ¿Estamos hartos los unos de los otros?
Piensan que el estado de las autonomías se ha creado por envidia a lo catalán

¿Es la realidad o es el relato? ¿Hay en el relato de los medios una sobredosis de negro? "En las televisiones hay una sobredosis de rosa", ironiza Ferran Monegal (Barcelona, 1952), periodista y crítico de televisión: "Por un lado, los medios ofrecen mucha frivolidad. Por otro, la gente desconfía del periodismo, no entiende si le dicen la verdad o hay intereses empresariales detrás de cada noticia. Y además, sí, hemos entrado en un bucle informativo negativo". No hay mensaje bueno, todo lo contamina el síndrome Van Gaal: "nunca positifo, siempre negatifo". ¿Tiene final el tobogán de pesimismo, malos datos, malas noticias, mal humor? "Pues yo estoy de puta madre, así te lo digo". Así me lo dice Antonio Linares (El Pozuelo, Granada, 1950), quiosquero del Ensanche barcelonés, autor del blog Piesparaquiosquero.org. "La vida me ha enseñado a ser optimista", dice. Linares acaba de jubilarse "por problemas de espalda" y echa de menos el trabajo. "Sueño con el quiosco todas las noches, sin faltar una, nunca he sido tan feliz como en estos años de contacto diario con tanta gente". Dentro de una década, Antonio se imagina "peor de la espalda y en silla de ruedas, pero…" (su optimismo es a prueba de lumbalgias) "… silla de ruedas con sidecar, para ir con mi mujer a todas partes". Su diagnóstico: "Desde lo del petróleo en los setenta he oído muchas veces crisis, crisis, crisis, pero esta vez hay miedo de verdad, miedo a lo que viene por delante". Pep Castarlenas (Manresa, 1964) también trata con muchas personas a diario. Es propietario del gimnasio Ekke, en Lleida, 8.000 metros cuadrados de culto al cuerpo: "Lo que veo en la gente, más que enfado, es miedo". Castarlenas resume su propio miedo en la siguiente frase: "Por primera vez en mi vida siento que el futuro no depende de mí".

¿Dónde encontrar seres humanos que piensen en el siglo XXI con total desenfado y despreocupación? No queda otra que seguir el consejo de Groucho Marx: "Esto lo entiende un niño de cinco años; que me traigan de inmediato un niño de cinco años". El colectivo de menores de diez años, los nacidos con el siglo XXI, no está organizado ni dispone de gabinete de prensa (¡todavía!), de manera que pregunto, arbitrariamente, a familiares, amigos, conocidos, conocidos de conocidos, etcétera, hasta donde lleve la casualidad. ¿Qué quieren ser de mayores, cómo se imaginan dentro de diez años?

Ricard quiere ser ingeniero para construir robots. Isabel quiere abrir un hotel y contratar chicos, para no hacerlo todo ella. Mar planea una empresa para cuidar perros (pequeños). Patricia de mayor quiere ser guapísima. Pau quiere ser corredor (a pie) o bombero con camión bmw. Yovánica duda entre ser modelo y jugadora de baloncesto. Berta se decanta por bailarina. Martina, cocinera. Su hermano pequeño, Tomás, duda entre ser cocinero o dinosaurio. Otra Martina que duda: entre ser maestra o techo. Su hermano mayor, Bernat, acaba confesando que su proyecto es ser gandul. Caterina quiere ser señorita de música, y a Júlia le gustaría tener un zoo, aunque le preocupa el mal olor de los animales.

No llevan ni una década en el mundo, y si se cumple la esperanza de vida de la Catalunya de hoy (78,6 años para ellos, 84,56 para ellas, algo por encima de la media española y de la Unión Europea), dispondrán de prácticamente todo el siglo para cumplir sus sueños. Eso sí, mucho tendrán que cambiar las estadísticas laborales: si la cifra de paro juvenil no mejora, cuatro de cada diez no tendrán empleo en 2025. ¿Y los otros seis? Según un estudio de UGT en Catalunya, el 72,5% de los asalariados menores de 25 años cobra menos de mil euros al mes. A la vista de estos datos, más de uno pensará que techo y gandul no son opciones tan descabelladas. (Por cierto, el grupo tiene nulo valor estadístico, pero llama la atención un detalle: una generación que nació con una pantalla debajo del brazo, viven rodeados de cacharricos, y qué futuro tan poco tecnológico imaginan). "La gente no sabe que Matemáticas es de las carreras con más salidas profesionales", dice Joan Torregrosa (Ripollet, 1968), profesor titular de Matemática Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona. "Las empresas necesitan expertos en resolver problemas, y aquí se forman expertos en resolver problemas", explica Rosa Camps (Boston, EE UU, 1963), especialista en Álgebra. "Por eso, de aquí no salen parados". Contra el paro, matemáticas. Es una idea.

Otra idea: Paco Camarasa (Valencia, 1950) y Montse Clavé (Villamarín, Cádiz, 1946) abrieron hace casi ocho años exactos una librería en Barcelona. ¿Negocio de papel? ¿En el siglo XXI? "Nos auguraban dos años, y aquí estamos", dice Camarasa. La librería Negra y Criminal, en el barrio de la Barceloneta, especializada en novela negra. Una librería pequeña, tradicional, pero el 30% del negocio lo hacen ya a través de Negraycriminal.com. La librería real solo abre durante media jornada. Joan Coll nació en 1961 en Llabià, un pueblo de menos de 100 habitantes en el Baix Empordà; allá nació, allá sigue y no tiene planes de mudanza. Es propietario de una masía. Siempre vivió del campo, y ahora reparte su tiempo entre cultivos, cerdos, gallinas e Internet. Hace diez años decidió que su masía fuera también alojamiento rural, creó "una web, entonces muy chunga" y en una década elsmassosdencoll.com es el 80% de su volumen de reservas. "Sí, todo eso es verdad: crecen los negocios de Internet, pero también veo que aumenta la demanda de presencia física de los clientes", advierte Camarasa, que organiza clubes de lectura en su librería y, por petición de la clientela, el club de lectura ha acabado siendo Leemos y comemos. Después de compartir lectura, comparten mesa y mantel.

Esta necesidad de contacto real, personal, físico, la detecta también Camarasa en las bibliotecas públicas que le reclaman para impartir charlas. "Con tal de reunirse, la gente se apunta a toda clase de cursos; las bibliotecas se han convertido en centros de actividad social notable". Repaso los cursos que ofrece la biblioteca pública de mi barrio: tai chi, tai kung, bataluka, bhangra, fusión flamenco árabe, lindy hop, modern line dance, salsa, salsa estilo Los Ángeles, ikebana, bisutería, acuarela, góspel, pilates, yoga, inglés y restauración de muebles, entre otros. Pep Castarlenas sugiere: "La gente se apunta al ocio asequible, como por ejemplo un gimnasio" (barre para su casa), "donde sabes que te estás cuidando. Hay un repliegue hacia el cuidado de uno mismo. Yo creo que el gimnasio es de lo último que se deja de pagar". ¿Entonces? Si es lo último, ¿cree que su negocio está seguro? "Hace unos años te hubiera dicho: sí, seguro, y estaría pensando en abrir otro gimnasio. Hoy pienso que si suben el recibo de la luz un 30%, qué sé yo lo que va a priorizar la gente".

Uf, la política

Eugenio contaba muy pocos chistes de políticos. Alguno sí, a petición del público: "El saben aquel que diu que era un tío que llega a un concierto muy importante y aparca el coche en la puerta, y un guardia le dice: No deje el coche aquí, que están a punto de llegar los ministros. Y el tío contesta: Tranquilo, que está puesto el antirrobo". La crítica política es hoy más cruel. Más ácida. En TV-3, la televisión pública de Catalunya, triunfa desde el 11 de febrero de 2006 un programa satírico, Polònia, un éxito tenaz, con audiencias altísimas. Los políticos, de Catalunya, de España y del mundo, son la principal diana. El creador de Polònia es el periodista Toni Soler (Figueres, 1965): "Hacemos un programa con un contenido que se supone elitista, la política, pero de manera que esté al alcance de todo el mundo, y contamos con el gran tema humorístico de la Catalunya de hoy, que es la relación con España".

Joan Coll dice hablar "muy pocas veces de política" con los clientes que se alojan en su masía. "Son temas que yo procuro esquivar. Yo, a los políticos, los colgaría a todos, y con esa opinión, mejor no hablar". ¿Y si algún huésped le saca el tema? "Suelo decir: mejor no menearlo. Mientras los políticos no me molesten desde donde comienza el camino hasta mi casa, que hagan lo que quieran". ¿Será ya irreversible el desprestigio de la política? "Uf", suspira Soler, "no sé si es irreversible, pero tendría que pasar un laaaargo periodo de buena política que ahora no sé imaginar". José Luis Martín (Barcelona, 1953), editor de la veterana revista El Jueves, acaba de estrenar una obra de teatro, Rigor mortis, en la que se dicen frases como esta: "Si cada vez que estalla un escándalo de corrupción hubiera muertos, no quedarían políticos". Es muy difícil encontrar una conversación, pública o privada, en la que se haga un elogio de la política. "Los catalanes nos hemos acostumbrado a la cómoda idea de que nuestros problemas son siempre culpa de los demás: los políticos, los banqueros, los ricos, Madrid…", apunta J. L. Martín. Toni Soler cree que "la mala imagen de los políticos es crónica, especialmente en Catalunya, donde siempre se ha visto la política como algo turbio y lejano, salvo en la transición, pero aquella luna de miel se acabó abruptamente al ver que los políticos catalanes no son mejores que los del resto del mundo". "Hablamos del descrédito de los políticos, y no deja de tener su gracia que quienes hablemos seamos los periodistas, que tenemos tanto descrédito o más", ironiza el periodista y crítico televisivo Ferran Monegal.

Nombres y apellidos

Marc es el nombre más habitual entre los catalanes nacidos en el siglo XXI. Entre las catalanas, las preferencias se han repartido en esta década entre María, Paula y Carla. En cuanto a los apellidos, el más común en Catalunya es García. Hay 169.026 garcías, según idescat, la web de estadísticas oficiales de la Generalitat. Y después, la lista sigue con Martínez, López, Sánchez, Rodríguez, Fernández, Pérez… Son los apellidos más comunes. Ahora bien, no son los apellidos que están en lo que podría llamarse el escaparate social de Catalunya. Si a usted le invitan a una reunión de alto copete y, para romper el hielo, decide entrar en la sala gritando: "¡Hola, García!", no será fácil que quince personas le contesten a coro: "¡Hola!".

Cristina López Villanueva (L'Hospitalet de Llobregat, 1967) es demógrafa, doctora en Sociología por la Universidad de Barcelona: "Una inmigración masiva, y la de los años cincuenta lo fue en Catalunya, siempre abre una brecha social. Esa brecha se está cerrando todavía; sucede que en algunos sectores sociales hay más resistencia". Los periodistas Pere Cullell y Andreu Farrás son autores de El oasis catalán (Planeta, 2001), una guía de la élite catalana, familias con poder "defiendan ideas de izquierda o de derecha". En 2009, Cullell y Farràs publicaron la segunda parte: El ascensor. Los charnegos al poder (editorial Angle), un relato sobre el éxito de los inmigrantes. "Cuidado: en Catalunya hay garcías desde antes del siglo XX, ese dato de los apellidos es equívoco", advierte Cullell (Sabadell, 1962), "pero es verdad que quienes llegaron en la década de los cincuenta están conociendo el éxito empresarial ahora. Ya han tenido éxito profesional, y político. Ahora están llegando a los consejos de administración de las empresas, y sus hijos llegarán al escaparate, si queremos decirlo así. En realidad, las familias que mandan hoy descienden de inmigrantes de la Catalunya interior que prosperaron en el XIX y el XX".

Todas las fuerzas políticas, todos los líderes sociales, sindicalistas, periodistas, políticos, intelectuales, prácticamente sin excepción, han hecho durante décadas un esfuerzo para que entre catalanes de origen y catalanes de adopción no hubiera ellos y nosotros. Ahora, con la experiencia de esa "brecha casi cerrada", Cristina López augura "un poquito más de dificultad" para afrontar "la brecha" del siglo XXI: un millón ciento ochenta y nueve mil doscientos setenta y nueve personas de nacionalidad extranjera, el 15,91% de la población. En la ciudad de Barcelona es algo más del 20%. En algunos municipios que hasta hace dos años reclamaban mano de obra, para agricultura, turismo o construcción, se ha alcanzado el 30%, el 40% o, en algún caso excepcional, el 50% de residentes de nacionalidad extranjera. Hasta ahora, en general, la convivencia ha sido por yuxtaposición. "Una generación completa tiene que pasar por el sistema educativo", dice Cristina López, "entonces comenzará la mezcla, y a partir de ahí… poco a poco. Hay que confiar en que la enseñanza en catalán actúe como aglutinador. Habrá que ver también si el catalán se mantiene vivo en la calle, o va derivando hacia una lengua más artificial, académica… Ya veremos".

La escritora Nahat el Hachmi (Nador, Marruecos, 1979) vive en Catalunya desde hace años, escribió Jo també sóc catalana (Columna Edicions), un éxito de ventas, y tiene un hijo nacido en Vic al que recientemente insultaron por la calle llamándole "moro de mierda", según ella misma denunció en un artículo en El Periódico, donde colabora habitualmente. Hubo cierto revuelo, porque es inhabitual ver ese insulto en letra impresa. No hay episodios de conflicto público. Es raro que las tensiones y las malas palabras vayan más allá de conversaciones privadas y foros de internautas en los que el anonimato ampara el desahogo de instintos básicos. Las escaramuzas políticas han sido breves y, hasta ahora, de ámbito municipal: prohibir el burka, advertencias de denunciar a los sin papeles, amenazas de negar el padrón para limitar el acceso a los servicios públicos… El mensaje de la clase política ha sido titubeante: los dirigentes perciben inquietud ciudadana (entre sus votantes) y temen que una propuesta simple (que se vayan, no cabemos todos, trabajo para los de aquí…) canalice una irritación difusa que les agujeree su base electoral.

En Catalunya hay registrados 308.368 ciudadanos de la Unión Europea. Otros 53.519 son europeos extracomunitarios. Hay 312.937 africanos, 394.423 americanos, 123.512 asiáticos y 528 de Oceanía. "Son poblaciones de pirámide complementaria. La población nacida en Catalunya es muy mayor. La población venida de fuera, muy joven", explica Cristina López. ¿Y eso es bueno o es malo?, le pregunto. Se ríe. "Es más complicado que decir bueno o malo. Como demógrafa, te digo lo que es". También me dice lo que puede ser: "Habrá que ver si las poblaciones se mezclan, y cómo. Habrá que ver si la inmigración adopta las pautas demográficas autóctonas: fecundidad baja, estructuras familiares diversas y movilidad residencial alta. Si los nuevos inmigrantes siguen estas pautas, en una generación la población catalana envejecerá de repente". Entre el envejecimiento repentino, la movilidad residencial y la baja fecundidad, se evoca la imagen de la Catalunya del año 2060 poblada por jubilados divorciados mudándose compulsivamente de casa y sin hijos a los que llevar canelones por Navidad. No nos alarmemos. La expresión "envejecimiento de la población" contiene para un profano una carga negativa que no necesariamente se corresponde con las apreciaciones de los especialistas. Por si desean seguir esa pista, les anoto algunas de las recomendaciones de Cristina López: las publicaciones -en Internet, prensa o en librerías reales- de Andreu Domingo y Josep Oliver Alonso, de la Universidad Autónoma de Barcelona, y Teresa Castro Martín y Julio Pérez Díaz, investigadores del Centro Superior de Investigaciones Científicas.

Cataluña y Espanya

¿Catalunya y España? Como se decía antes: me alegra que me hagan esa pregunta. A estas alturas, cómo responderla sin recurrir al absurdo. En la película Annie Hall, Diane Keaton le cuenta a Woody Allen su primera experiencia con el psicoanalista: "Me ha dicho que tengo envidia del pene, ¿sabes lo que es?". Allen responde: "Desde luego, soy uno de los pocos hombres que la padece". Así es la política catalana, vista desde un sentimiento españolista, de izquierda o derecha: los catalanes nos empeñamos en sufrir por la ausencia de algo que ya poseemos, el autogobierno, porque siempre hay un autogobierno más grande que envidiar, en el País Vasco, Quebec, Letonia o el Estatut que pudo haber sido y no fue.

Visto desde el sentimiento catalanista, de izquierda o derecha, el Estado de las autonomías español se ha construido desde la envidia a lo catalán. No por deseo de autogobierno, sino por deseo de no ser menos que los catalanes. Cada vez que Catalunya da un paso, catorce autonomías la siguen, por no perderse algo. El final de esta operación de camuflaje de la autonomía catalana es que España se mira a sí misma y se dice: mira en qué lío me he metido por culpa de los catalanes, siempre pidiendo cosas. (Si desea leer esto último mejor explicado y documentado, lo encontrará en el libro La deriva de España, del periodista de La Vanguardia Enric Juliana, editado por RBA). Esta discusión no es nueva, pero en una década se ha envenenado.

En los últimos años se ha instalado entre Catalunya y el resto de España algo que podría denominarse "la triple O": Observatorio de las Ofensas del Otro. La Triple O sería un organismo no reconocido, con sede en Barcelona y Madrid, formado por políticos y periodistas constituidos en tertulia permanente y dedicados a vigilar qué dice el otro, con el objetivo de amplificar sus frases ofensivas, sentirse herido y contraatacar. Es posible que, en un futuro, expertos historiadores (o tal vez sea necesario recurrir a sexadores de pollos) puedan establecer quién tiró la primera piedra. Si quien dijo que Catalunya es una sociedad enferma o quien dijo que España es un lastre, quien dijo Catalunya balcánica o quien dijo españoles subsidiados, quien dijo Catalunya nacionalsocialista, quien dijo España franquista, quien dijo quieren acabar con el español, quien dijo quieren acabar con el catalán, quien dijo Catalunya quiere comer de más, quien dijo España nos roba, quien dijo ñe ñe ñe, quien dijo ño ño ño. El consumo de medios de comunicación por afinidades facilita la espiral: cada cual habla para su parroquia, cada parroquiano busca su gurú (en Catalunya, las afinidades mediáticas no se miden solo por razones ideológicas, más o menos de izquierda o derecha, también por sentirse más o menos catalán o español), escasean los vasos comunicantes y se transmite la opinión del otro como unánime, granítica, sin fisuras, radical. España dice, Catalunya opina.

"Yo viajo mucho por España y todo esto me pilla en medio. Aquí defiendo a los de allí; allí defiendo a los de aquí. Sí te digo: por España, lo catalán repele. Ya no hay admiración. Te preguntan: ¿qué, cuánto dinero os vais a llevar? Aquí nos pensamos que pagamos de más, allá se piensan que nos lo quedamos todo". Lo dice Antonio Linares, y lo dice cualquiera que viaje entre Catalunya y el resto de España. Hay mucha gente (buena gente, de todos los colores políticos, no malignos fascistas ni oscuros independentistas violentos) que se ha sentido ofendida. Hay espacios cada vez más amplios en los que catalán equivale a insolidario y enemigo de España, y espacios cada vez más amplios en los que español es sinónimo de facha y enemigo de Catalunya. Con tanto ruido, las voces templadas de un lado y otro se inhiben o quedan ahogadas.

La discusión alcanzó su nivel más grueso hace un par de años (después, el estallido de una crisis económica mundial nos obligó a cambiar de conversación). En aquel momento, un alienígena que hubiera hecho un análisis de los mensajes más beligerantes para informar a su planeta de origen sobre la población autóctona habría transmitido que la península Ibérica está habitada por fachas, insolidarios y portugueses. Ha sido la novedad del siglo XXI: a la discusión económica (¿Catalunya aporta más de lo que recibe?) y la discusión política (¿cuánto poder de decisión debe tener Catalunya?) se ha añadido la discusión emocional (¿estamos hartos los unos de los otros?).

Afectos y desafectos

Quinientos veinticinco municipios catalanes han celebrado consultas sobre la independencia durante el último año. Consultas sin efecto legal alguno, pero consultas, con su papeleta, su urna, su recuento, su seguimiento informativo, sus valoraciones de líderes políticos. Solo han participado los favorables al sí (según datos de los organizadores, 552.815 personas han votado sí y 28.713 han votado no, sobre un total de 3.189.073 posibles votantes), pero por primera vez el independentismo ha estado en la agenda de manera cotidiana. El debate público es muy superficial: los partidarios defienden que Catalunya sería más rica; los contrarios arguyen que sería un follón y que dónde jugaría el Barça. También le hemos dado vueltas al tema con muchas encuestas, debates, artículos o documentales televisivos. Sobre la independencia o sobre la relación. Con mayúsculas: La Relación. ¿Nos quieren, no nos quieren? ¿Les queremos, no les queremos? ¿Cómo ve usted La Relación? ¿Buena, mala, regular? ¿Tiene remedio, prefiere el divorcio, la convivencia fría, la reconciliación? Desafección, voluntad nacional, identidad: ¿solo catalana, solo española, más bien catalana que española, más bien española que catalana? ¿España federal, autonómica, recentralizada, sin España? En resumen, ¿cómo querría usted La Relación? "Los catalanes se sienten poco queridos". Fue un titular de EL PAÍS el 29 de septiembre. Los catalanes que creen que existe "un amplio desafecto respecto del resto de España" son el 38%. En cambio, el 56% de los catalanes cree que el resto de España siente un "amplio desafecto hacia Catalunya".

Josep Ramoneda, director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, escribió en EL PAÍS el pasado 12 de octubre: "El independentismo figura ya de un modo u otro en todos los análisis sobre Catalunya y, con él, la convicción de que el Estado autonómico es insuficiente". El catedrático de Ciencia Política Julián Santamaría escribió en La Vanguardia en el pasado mes de julio: "Las relaciones entre Catalunya y el resto de España llevan muchos años ensombrecidas por un velo de recíprocos prejuicios, recelos e incomprensiones, basados, a veces, en la dificultad de los catalanes para precisar concretamente sus aspiraciones y, a veces, en la dificultad de los españoles para comprender la especificidad y profundidad del sentimiento identitario de los catalanes". Insuficiencias, desafectos, recelos, incomprensiones, poco queridos. El siglo XXI busca una fórmula política que resuelva amplios desafectos, recelos e incomprensiones, como en un bolero, o en un chiste del matrimonio incomunicado: "El saben aquel que diu que es una mujer que dice: Ay, Manolo, tantos años de casados y nunca me has comprado nada. Y el marido contesta: ¿Y yo qué sabía de que tú vendías cosas?".

El siglo XXI tiene también una cita con Guillem, que quiere ser investigador, aunque si le falla el plan ha pensado en futbolista. O quiere ser científico o astronauta. ¡Astronauta! Cualquiera diría que los niños ya no querían ser astronautas. Pues sí. Y las niñas, ojo, sí quieren ser princesas: Anna tiene cuatro años y su horizonte vital es la vía Letizia. Marc, veterinario. Pau, veterinario. Carla, veterinaria. Pase lo que pase con la sanidad pública, los animales tienen el porvenir asegurado. Max, médico. De niños, precisa. A los adultos ya nos debe de ver muy estropeados y pensará: ¿para qué? Arnau, futbolista. Andreu, futbolista, actor o policía. Otro Marc duda entre cocinero o transportista de cervezas, concretamente de la marca Damm. Júlia piensa ser peluquera; Helena, malabarista. A otra Carla le gustaría ser Caperucita, Guiu quiere ser bombero, y Jényfer responde, mirándose los zapatos muy seriecita: doctora. P

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 28 de noviembre de 2010.

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