ESCALERA INTERIOR
Columna
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La herencia de la tía Charo

Era lo mejor para ella, lo mejor para todos.

Todos lo sabían, pero esa convicción no matizaba el dolor, la ausencia definitiva de una parte de ella, porque otra estaba ausente desde hacía mucho tiempo. Ya no sabía quién era, quiénes eran las personas que la rodeaban, y había tenido una vida muy larga, buena y mala como son todas las vidas, pero repleta de cosas. Porque durante noventa y dos años había dado mucho, se había entregado, con todo lo que tenía, siempre que había hecho falta, por pura generosidad, un amor tan puro que nunca había pedido nada a cambio. Eso era lo que había cosechado, amor, la imborrable memoria de un hada feúcha, delgada y nerviosa, que fumaba Chesterfield cuando las mujeres no fumaban en España, y conducía un Seiscientos amarillo en las mismas circunstancias, y estaba abonada a La Codorniz, y leía novelas de Simenon, y completaba todos los domingos, sin faltar uno, el Damero Maldito de Conchita Montes. Una mujer que, mientras hacía todas esas cosas, por encima de todo les quería, les había querido tanto, que ellos sentían que, al morir, se había llevado consigo una parte de su propia vida.

"No somos una marca misteriosa, es solo que no nos dirigimos a la mayoría de la gente. Creemos que la minoría siempre tiene la razón"
"Rei Kawakubo no se considera una diseñadora ni una artista, sino más bien una periodista. A ella le interesa contar historias"

Cada uno la recordaría a su manera, y por sus propias deudas. Hermana menor de familia numerosa, fue la única que se quedó soltera, y sin embargo, y sin haber parido nunca, tuvo varios hijos y muchos nietos. En tiempos muy antiguos, había sido una mujer modernísima, independiente, trabajadora, capaz de gestionar su propio dinero y con muchas ideas para gastarlo, porque le encantaba viajar, ir al teatro, a conciertos, y salir simplemente, por las tardes, a ver escaparates y merendar en cafeterías. De jovencita decidió que no se iba a casar porque no le daba la gana de aguantar que un hombre le diera órdenes, y después se pasó la vida haciendo camas y limpiando mocos de los hijos de los hombres a los que había querido. Así, los huérfanos de su familia, nunca fueron huérfanos del todo. Donde ya nunca estarían sus madres estaba la tía Charo, abriendo las puertas de su casa de par en par, y lo mismo ocurría cuando alguien enfermaba, cuando algún estudiante necesitaba mudarse a Madrid para hacer la carrera, cuando ella, o su casa, le hacían falta a alguien, por la razón que fuera.

Tenía mucho carácter, eso sí. Quienes nunca tuvieron otra abuela la recuerdan, en esta luminosa y templada mañana de su entierro, también por eso, por sus declaraciones contundentes y su lengua ingeniosa, a menudo afilada, que la convertían en un personaje insólito en el monótono panorama, aquella mansa estampa coloreada en tonos pastel, que definía el universo femenino de los años sesenta. Quizá por eso les enseñó tantas cosas que resultaron más importantes para las niñas que para los niños de entonces. A leer el periódico, por ejemplo, en un orden determinado y saltándose las columnas de opinión, con la única salvedad del chiste de Mingote. "¿Para qué se creerán estos que me compro yo el periódico?", decía siempre. "¡Pues para poder opinar, y no para saber lo que opinan ellos!". Ella opinaba, y defendía sus opiniones, su independencia, a capa y espada. También les enseñó a todos a disfrutar de las cosas pequeñas. A reírse de sus defectos. Y a entregarse a los demás.

Hoy, al despedirla, cada uno repasa en silencio sus propias lecciones, y son tantas que les resultaría difícil saber por dónde empezar. Están todos aquí, una vez más, y al mismo tiempo, están con ella, apretujándose con sus amigos en el diminuto coche de la única adulta que siempre estaba dispuesta a llevarlos a Collado Mediano cuando querían ir al cine, recibiendo el guiño cómplice que les autorizaba a ir a buscar caramelos Sugus al segundo cajón de la cómoda de su casa, llamando al timbre de su puerta para escuchar siempre la misma bienvenida, ¡holá!, acentuado siempre en la última sílaba, ¡cuánto bueno por aquí!, y dos besos sonoros de esos que hacen ruido.

La muerte, que es atroz, feroz, fea e injusta, no distingue a los malos de los buenos. Para eso está la vida. Los vivos son capaces de fulminar la podredumbre de la muerte con el calor de su memoria. Ella lo sabía, pero hasta en eso, y hasta después del final, fue generosa.

-¿Tienes algún plan para comer? -el cuchicheo va creciendo hasta alcanzar el volumen y el tono de una conversación corriente, de las que todos ellos han sostenido un millón de veces.

El día de mi entierro os vais a comer todos juntos y pedís un buen vino para brindar por mí, pero que no pague nadie, que invito yo.

Eso había dicho ella cuando era capaz de pensar y de decir lo que pensaba. Eso era lo que quería que hicieran, y eso van a hacer. Y al sentarse a la mesa, tantos y todos tan mayores ya, todos tan distintos, comprenden que van a hacer mucho más que comer, más que beber y brindar en su nombre. Se están repartiendo la herencia de una mujer que amó mucho. El tesoro de haberla compartido y de seguir juntos, más allá de su muerte, celebrando su amor.

La fragancia improbable

Wonderwood, el último perfume de Comme des Garçons, huele a bosque de cedro y ciprés, pachuli y vetiver. "Desconcertante, perturbador y lujoso", así lo definen desde la firma. El corto creado para su lanzamiento es una rarísima (o conceptual, según quien la observe) obra de stop motion de los hermanos Quay. Desde los infinitos lineales de tiendas, su frasco no grita "así olerás como Jennifer López o seducirás a la chica y te llevarás el deportivo". Los perfumes de Comme des Garçons se dirigen a una audiencia global, pero las características particuaares de la fragancia y la imagen que la marca transmite buscan hacer sentir a quienes la compran especiales, distintos, una minoría, aunque sea de millones de individuos. Todo es relativo, ya lo decía Joffe.

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Sobre la firma

Almudena Grandes

Madrid 1960-2021. Escritora y columnista, publicó su primera novela en 1989. Desde entonces, mantuvo el contacto con los lectores a través de los libros y sus columnas de opinión. En 2018 recibió el Premio Nacional de Narrativa.

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