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Crítica:58º Festival de San Sebastián

Complejo retrato de un buscavidas con arte

Me habían llegado estimulantes noticias de El gran Vázquez a cargo de gente que ya la había visto en los pases de prensa anteriores a su exhibición en San Sebastián. A saber. Que era una comedia de segunda fila, que resultaba escandaloso que un producto de características tan leves compitiera en la trascendente sección oficial de un festival, que la interpretación de Santiago Segura volvía imperdonablemente a repetir los previsibles registros de Torrente, ese personaje equivalente a una grosera mina de oro sin fecha de caducidad. Intuir ante esos desdeñosos comentarios que no me voy a encontrar con sacralizado cine de autor y que con un poco de suerte incluso me provoca unas risas, o recordar que el personaje que se inventó Segura en la espléndida primera entrega de Torrente (el resto me sobran) es una de las cosas más graciosas y salvajes que le han ocurrido al cine español, me despierta la esperanza de pasar un rato agradable, esa impagable ordinariez. Y por supuesto, lo consigue.

El director Óscar Aibar habla en El gran Vázquez de una época en la que los niños devorábamos tebeos, antes de que la cultura académica se empeñara en santificarlos con la enfática etiqueta de cómic. En el subconsciente y en el recuerdo de varias generaciones que eran críos en la década de los sesenta siempre existirá un agradecido lugar de honor para las disparatadas historietas, el humor surrealista, la imaginación, el esperpento y los delirios que protagonizaban aquellos personajes divertidos y entrañables, extraordinariamente dibujados, un mundo que te resultaba familiar, un antídoto infalible contra el aburrimiento, la inapelable tarea de convencer a tus padres, e incluso de mangar unas pesetas si se ponían intransigentes, para tu gozosa y permanente cita con ese tesoro que vendían en el quiosco.

Aibar resucita meritoriamente el tono, la atmósfera, la tipología y el color de esos años, homenajeando a un tal Manuel Vázquez, al creador de un universo habitado por las hermanas Gilda, Anacleto, la familia Cebolleta, la Rue del Percebe, de tantas situaciones generadoras de risa. Pero, aunque el potente cerebro, la interminable fantasía y los artísticos dedos del homenajeado estuvieran al servicio de la diversión ajena, la vida de señor tan pintoresco rozaba frecuentemente la sordidez. Su supervivencia se alimentaba de trampas y timos, desvergüenza y mentiras, cinismo y transgresión, alguien desbordantemente simpático que no dudaría en levantarle la cartera a su mejor colega, inventarse repetidamente la muerte de su padre para justificar sus turbias movidas, dejar tiradas a sus variadas mujeres e hijos, ejercer incansablemente de buscavidas.

Con este material tan complejo, consigue que ese exótico personaje, ese profesional del engaño, te haga gracia y que le encuentres patético, gags hilarantes en medio de la tragicomedia, aroma a veracidad en la descripción de un tiempo y de un país, el merecido tributo a una editorial especializada en endulzar la existencia de la gente con aquellos memorables tebeos. Bruguera hacía contratos feudales a sus dibujantes, pasándose por los genitales cosas tan lógicas como los derechos de autor, pero también ofreció refugio y anonimato a muchos perdedores de la Guerra Civil, en su jefatura convivían los humanistas y los tecnócratas. Huelga decir que los segundos acabaron ganando, enchironando al canallita Vázquez, imponiendo negros en el mundo que él había creado, explotándole para que pagara la factura moral de sus estafas.

Seductor y pícaro

Todo ello está narrado con expresividad y matices, sorna y comprensión, retratando las luces y las sombras del muy genuino, miserable, seductor, pícaro y compadecible Vázquez. Santiago Segura está muy bien, tan contenido como eficaz. No es Torrente, es Vázquez. Y da mucho gusto ver a secundarios excelentes (una tradición que afortunadamente no se ha extinguido en el cine español) como Enrique Villén y Álex Angulo haciendo modélicamente su trabajo. Si el tono medio de la industria nacional lo representaran productos tan dignos como El gran Vázquez, habría razones para el alborozo. Me temo que será otra flor aislada. En medio de tanta sobredosis de artistas puros, no faltarán las opiniones necias que la consideren despreciativamente como otro grosero producto artesanal. Y se quedarán tan felices en compañía de su gozosa lucidez.

Me suena el nombre del director coreano Kim Jee-Woon, pero no logro hacer memoria de sus fechorías. Es penosa mi capacidad para el olvido con una muy notable parte del cine oriental. Algo que no le debe ocurrir al numeroso y extasiado público que ha despedido con una ovación su película I saw the devil, algo comprensible si esta se exhibiera entre adictos incurables a la Semana de Cine de Terror, pero muy raro si las aficiones se rigen por la normalidad. El argumento de este engendro es deudor en parte de las admirables películas de David Fincher Seven y Zodiac, pero su expresividad está emparentada con la que caracteriza a Shaw y sus infames secuelas. ¿Dónde radicará el encanto del gore? La respuesta solo puede ofrecerla la psiquiatría. Seamos tolerantes y democráticos en la convicción de que hay legítimos gustos para todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de septiembre de 2010