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Crítica:ÓPERA | MONTEZUMA

Gestos que iluminan

El Montezuma, de Carl Heinrich Graun a partir de un libreto de Federico II de Prusia, es un gesto que anticipa el compromiso lírico de colaboración que la nueva dirección artística del Real ha prometido con los países de Latinoamérica. En la elección de la ópera de Graun seguramente pesa lo suyo el libreto de Federico II de Prusia, amigo de Voltaire y defensor a ultranza de la ópera alemana. Es una opción musical y una lectura histórica muy particular ya representada en los últimos meses en Mulheim (Alemania) y Edimburgo.

Un segundo gesto es la elección de los Teatros del Canal para estas representaciones. El público era muy diferente al habitual del Real: más joven, más desinhibido. Aplaudió al final sin muestras de desagrado. La producción es manejable y con toda seguridad viajará a diferentes países de este continente y de América.

MONTEZUMA

De Graun, con libreto de Federico II de Prusia. Con Flavio Oliver y Lourdes Ambriz. Coproducción con Festival de Edimburgo, Instituto Nacional de Bellas Artes de México y Festival Cervantino de Guanajuato. Teatros del Canal, 15 de septiembre.

El tercer gesto es más una consolidación: el uso de orquestas especializadas con instrumentos de época para ópera barroca. El Concerto Elyma fue en este sentido el corazón de la representación. Casi era un reconocimiento obligado al compromiso con la música latinoamericana.

Tras la sabiduría de Eugenio Oneguin en el Real, las representaciones de Montezuma dejan bastante que desear. Se valora más lo que supone de intencionalidad que los resultados artísticos. El elenco vocal es irregular y no pasa de la discreción, a pesar de las buenas prestaciones de Flavio Oliver y Lourdes Ambriz en momentos clave de sus intervenciones. La puesta en escena es confusa. En la conferencia previa Gerard Mortier dio pistas sobre la simbología empleada: el tránsito de las escaleras a las columnas, el agua como tesoro contemporáneo frente al oro. Al mexicano Claudio Valdés le sobran ideas pero le falta frescura narrativa. No hay una continuidad en lo que se cuenta, aunque algunas soluciones plásticas son poderosas, como el comienzo del tercer acto con la orquesta en el escenario. Las referencias indígenas y populares no acaban de integrarse y la dirección teatral contribuye más al distanciamiento que a la emoción. El triunfador fue el director musical Gabriel Garrido. Puso alma, corazón y vida a una velada artísticamente quizás insuficiente, y social y políticamente muy eficaz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de septiembre de 2010