_
_
_
_
Reportaje:REPORTAJE

Una casa en una semana

Anatxu Zabalbeascoa

Los esfuerzos del arquitecto de hoy se dirigen hacia la satisfacción de un cliente individual. Los del arquitecto de mañana se dirigirán hacia un montón de clientes invisibles". El arquitecto e ingeniero autodidacto Richard Buckminster Fuller defendió las viviendas prefabricadas hace más de 80 años. Aunque por entonces en Estados Unidos y en las colonias del imperio británico se había extendido la idea de la prefabricación, Fuller era consciente de que en Europa y entre cierto tipo de usuarios esta tardaría en triunfar. El tiempo de clientes anónimos, construcción en seco, plazos cortos y diseño lógico anunciado por el norteamericano está ahora más cerca. Tras varios intentos fallidos por irrealizables, el encuentro entre los proyectistas, la industria y las necesidades de los usuarios se acerca. Y ha sido la industria la que ha dado los mayores pasos. En las últimas décadas, grandes empresas de mobiliario, Muji en Japón e Ikea en Suecia, han puesto en marcha compañías que, más allá de ofrecer a los usuarios mesas desmontables en embalajes planos, fabrican viviendas prefabricadas. Así, con la industria preparada, el público cada vez más familiarizado con sus ventajas, los precios competitivos y muchos arquitectos dispuestos a abordar realmente el asunto, la prefabricación podría vivir su momento.

Las primeras viviendas con componentes modulares se remontan a 1833
Ya en los años veinte, Gropius quiso romper la imagen que asociaba prefabricación con descuido estético. No había público preparado
Foster y Rogers también se han interesado por la estética industrial

Como la manera más rápida y económica de acceder a un hogar o como el contrapunto a la tradicional noción de estabilidad, solidez y permanencia asociable a la casa burguesa, la casa prefabricada tiene una historia más que centenaria. La idea de llevar los componentes de la casa a la cadena de producción industrial es tan vieja como la propia industria. Las primeras viviendas levantadas con componentes modulares se pusieron a la venta en 1833. El carpintero londinense Herbert Manning ofrecía sus cabañas (Manning Cottages) en un folleto que llegó a ser muy popular entre quienes emigraban a Australia. Lo que unía a los usuarios de las viviendas prefabricadas era a la vez la necesidad de un hogar económico y fácil de construir y su condición de gente predispuesta al cambio para acceder a una vida mejor. Así, entre los nuevos pobladores del Oeste americano, los buscadores de oro que llegaron a California persiguiendo fortuna entre 1849 y 1854, y entre quienes emigraban a Australia y a Sudáfrica, la vivienda habitual era, al margen del estilo elegido, prefabricada. Además, pronto surgió competencia entre los industriales. La compañía galesa Thomas Eddington & Sons desarrolló la manera de producir chapa metálica corrugada que, desde 1844, le hizo la competencia a la madera como material básico. Para la segunda mitad del siglo XIX, entre el 60% y el 80% de las viviendas norteamericanas eran prefabricadas. Pero cuando las colonias desarrollaron sus propios métodos y estilos constructivos, a partir de 1860, decayó la industria de la prefabricación.

En el siglo XX, la venta por catálogo recuperó el sueño de sacar una casa de un montón de paquetes. Para entonces ya no eran los carpinteros quienes daban nombre a los modelos. Las marcas eran las de los grandes catálogos de venta por correo: Sears, Montgomery Ward o The Hodgson Company estaban detrás de los nuevos hogares que llegaban hasta los solares vacíos por servicio postal: en el vagón de un tren o a bordo de un camión. La mayoría de las viviendas prefabricadas ofrecían la posibilidad de elegir fachada y chimenea. Los clavos y la pintura estaban incluidos, pero el sistema de calefacción y la fontanería eran asuntos opcionales. La empresa Aladin vendió la primera casa prefabricada en 1906. Su catálogo ofrecía 450 modelos distintos. Despacharon 65.000 unidades.

En EE UU se construyeron pueblos enteros de viviendas prefabricadas. Uno de ellos fue Carlinville, en Illinois. Los usuarios eran los nuevos trabajadores de la empresa Standard Oil. Sears recibió un encargo por valor de un millón de dólares. Y para llevar las 156 casas solicitadas hasta allí se construyó una extensión de la línea de ferrocarril.

Son muchos y variados los motivos que llevan a precisar viviendas de forma rápida y económica. Pero ¿cómo añadir calidad a esa suma? Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial, Europa se convirtió en uno de esos escenarios, campo abonado para la experimentación y la innovación. Fue entonces cuando una nueva generación de arquitectos se apuntó, por primera vez, al reto de la industria, justo cuando esta parecía más capaz que la propia arquitectura de ofrecer soluciones para conseguir una vivienda digna. En un mundo en el que aparecían sillas apoyadas en tubo de acero y en el que triunfaba el modelo T de Ford, el primer coche ensamblado en una cadena de montaje, la rapidez se convirtió en objetivo prioritario. Era fundamental reducir el número de elementos que se necesitaban para cualquier montaje. Como resultado, el proceso de producción y su simplificación eclipsaron a la durabilidad como objetivo.

Uno de esos jóvenes arquitectos amigo de los muebles tubulares fue el director de la Bauhaus, la escuela que desde Weimar trataba de revolucionar la arquitectura. Walter Gropius quiso romper la imagen que asociaba prefabricación a descuido estético y entre 1920 y 1923 desarrolló un sistema constructivo que empleaba bloques de hormigón. El objetivo era levantar viviendas estandarizadas con cubierta plana y los proyectistas Adolf Meyer y Fred Forbat lo acompañaron. Hubo otros arquitectos, como Georg Muche y Richard Paulick, que lo intentaron con un esqueleto de metal y paneles metálicos de tres milímetros, pero el asunto no cuajó. No existía un público preparado para asociar hogar a una colección de paneles desmontables.

Tras la gran depresión de 1929, varias empresas, como Pullman o General Electric, unieron fuerzas para producir viviendas por 3.000 dólares siguiendo el proceso de la cadena de montaje de los automóviles. General Houses Corporation tuvo su público. Pero ese mismo año, un visionario de la arquitectura como Richard Buckminster Fuller no encontró quien lo escuchara. Presentó su primera vivienda prefabricada, la hoy famosa Dymaxion House, en unos grandes almacenes de Chicago. El prototipo era de planta hexagonal, y no era el peso lo que lo mantenía en pie, sino la tensión: toda la vivienda dependía de un mástil central que la sujetaba. Tenía dos baños, dos dormitorios, sala, comedor y cocina, e incluso una terraza en la parte alta. Pero no encontró comprador.

Casi un siglo después de las primeras viviendas prefabricadas, el asunto continuaba pareciendo un espectáculo circense. No en vano, Alfred Frey presentó su Aluminaire, una vivienda de tres pisos levantada con aluminio, acero y vidrio, en la feria de Chicago. También Frank Lloyd Wright se interesó por la prefabricación y, tras varios intentos, solo al final de sus días logró que la empresa Marshall Erdman de Madison le produjera una vivienda prefabricada. Vendió 20 unidades.

No es que la gente no necesitara un hogar de forma rápida; es que, puestos a sacrificarse por uno, lo querían sólido y estable. Y les parecía que lo que demostraba con su nuevo aspecto que se había levantado en pocos días carecía de esos atributos. La falta de apertura mental de los consumidores, sumada al poco tino de los arquitectos a la hora de sopesar sus necesidades reales (más guardar sus enseres que sentirse habitantes de un platillo volante), llevó a la bancarrota a muchas de las empresas que se habían lanzado a producir viviendas prefabricadas. Las que triunfaban, en los catálogos de Sears o Aladín, por ejemplo, no sentían ninguna necesidad de acercar sus productos a los diseños de los arquitectos. La arquitectura y la vivienda básica parecían condenadas a un desinterés mutuo. Hasta que llegaron las excepciones.

En París, en el suburbio de Meudon, el arquitecto-herrero Jean Prouvé levantó 14 viviendas prefabricadas, de factura impecable, pero escasamente industriales: él mismo las producía. Fue la Segunda Guerra Mundial la que cambió las cosas. Tras la contienda, 70 compañías norteamericanas vendieron más de 200.000 viviendas prefabricadas. Para entonces, arquitectos y diseñadores habían decidido tomarse la experimentación en serio. El matrimonio formado por Charles y Ray Eames levantó en 1949 su famosa casa, en Pacific Palisades (California). Tardaron menos de una semana. Dos décadas después se convirtió en una referencia para los arquitectos del high tech británico.

Así, también Norman Foster y Richard Rogers se interesaron por la flexibilidad, la sofisticación técnica y la estética industrial. Sin embargo, una vez más, descuidaron la producción en serie. En una constante de la prefabricación, los arquitectos han liderado el diseño de las viviendas, pero no su producción, su razón de ser. De este modo, la casa Zip que Rogers ideó en 1968 era amarilla, se apoyaba en cimientos de color fucsia y a los autores del libro Prefab houses (Taschen), Oliver Jahn y Arnt Cobbers, les recuerda al submarino amarillo que popularizaron los Beatles. Pero no tuvo secuelas más allá del currículo de Rogers. En esa línea hippy, el grupo Archigram propuso viviendas en cápsulas que podían unirse para levantar ciudades. Fue el israelí Moshe Safdie quien levantó 158 viviendas modulares, Habitat 67, para la Expo de Montreal de 1967 y abrió nuevas vías.

Con todo, hasta los años noventa Europa no aceptó la prefabricación. Y la razón de esa aceptación partió entonces de los fabricantes de muebles desmontables. La japonesa Muji (de la mano de Kengo Kuma) y la sueca Ikea (liderando el fenómeno Boklok) recuperaron la idea de la vivienda prefabricada; hoy ha iniciado su expansión por el Reino Unido tras levantar 14.000 hogares en Suecia.

Más allá de los dos bastiones que soportan la prefabricación -la rapidez y el bajo precio-, hoy otros factores se añaden a la mejora de esa opción: ahorro energético, reciclaje, flexibilidad o la posibilidad de cambiar y crecer sin obras que ensucien. En esa línea, el francés Eric Bigot es el alma de la empresa sudafricana ZenKaya Ecohome, que reparte sofisticadas viviendas a domicilio. Todas las casas miden 3,40 metros de ancho (como un camión) y entre 6 y 18 metros de largo. Cuidadas hasta el último detalle, llegan completas y listas para que el dueño se siente en el porche a jugar.

Pero está claro que no todo es juego. Después de levantar habitáculos temporales con tubos de cartón, el japonés Shigeru Ban fue capaz de vender como residencia fija la ingeniosa Furniture Home. Y la arquitecta Marianne Cusato echó mano de la tradición constructiva de Nueva Orleans para diseñar los Katrina Cottages. La proyectista entendió que quienes habían perdido su casa en la zona devastada por el huracán de 2005 lo que necesitaban era recuperar, prefabricada o no, su idea de casa.

Del autor del Museo Judío de Berlín, Daniel Libeskind, al estudio sueco Claesson, Koivisto y Rune, cada vez son más los proyectistas dispuestos a apostar por la construcción en seco. Las viviendas prefabricadas no solo ahorran tiempo y dinero. Su rápida construcción resulta mucho más sostenible. También su destrucción: permiten el reciclaje de todos sus componentes. De la mano de los arquitectos de hoy, el problema ya no es dibujar la casa del futuro, el reto es que esta resulte felizmente habitable.

El libro 'Prefab houses', editado por Taschen, acaba de salir a la venta. Todas las imágenes de este reportaje pertenecen a esta publicación.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_