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Entrevista:69ª Feria del Libro de Madrid

Boris Pahor, memoria del espanto

Tras décadas en la sombra, 'Necrópolis' se convierte en un 'best seller' en Italia - El autor, de 97 años, relata su feroz experiencia en un campo nazi

Hay famas tardías, pero probablemente ninguna se parece a la de Boris Pahor. Esloveno-italiano nacido en Trieste, cumplirá pronto 97 años. Pero no hace ni una década que su nombre suena entre los buenos lectores y que se sabe que es un personaje excepcional y autor de una de las cumbres de la literatura del Holocausto.

El libro se titula Necrópolis, lo presenta en España Anagrama como uno de los lanzamientos clave de la Feria del Libro y está a la altura de los de Primo Levi o Imre Kertész. La novela arranca con el regreso de Pahor, metido sin querer entre un grupo de turistas franceses, a las ruinas-museo del campo nazi de Natzweiler-Struthof, situado en Alsacia. Pahor llegó allí deportado por la Gestapo tras ser detenido en Trieste como militante antifascista.

Claudio Magris fue su descubridor para los lectores italianos

Durante casi 25 años el libro no logró salir del minoritario circuito esloveno

"Trieste es un lugar difícil, como lo han sido Cataluña y el País Vasco"

"En una Europa democrática no se debería secundar a la Liga Norte"

Irónicamente, en el campo fue tratado como prisionero italiano y no esloveno, aunque pasó años combatiendo contra la Italia que trataba de destruir la identidad eslovena. "Nosotros, eslovenos del litoral, afirmamos obstinadamente ser yugoslavos", escribe. "El corazón y la mente se rebelan al pensamiento de ser eliminados como pertenecientes a una nación que siempre había tratado de asimilar a los eslovenos y los croatas".

Se salvó de morir gracias a un médico francés y a otro noruego. Fue su intérprete en el hospital y allí vio apagarse a decenas de prisioneros; luego pasó al campo de Dachau como enfermero, y de allí al de Dora y al de Bergen Belsen. Su periplo acabó en Buchenwald, cuando ya había sido liberado, y más tarde en un sanatorio francés, donde pasó año y medio reponiéndose de una tuberculosis.

La novela va cosiendo las memorias del espanto con las reflexiones del Pahor que mira hacia atrás 20 años después: el sentido de culpa por haber sobrevivido, el placer de estar vivo frente al sentimiento de haber muerto en el campo; la imposibilidad de transmitir el horror junto a la perplejidad...

Claudio Magris, paisano y descubridor de Pahor para los lectores italianos, resume así la novela en el prólogo: "Necrópolis es un retrato de campo completo y al mismo tiempo conciso -nunca patético- de la vida (de la no vida, de la muerte) en el campo. Un poderoso aliento humano coexiste con una precisión aguda y fría".

La historia editorial del libro daría para otro libro. Y compendia la vida del autor. Pahor escribió en 1965 ese soliloquio que no concede al lector ni la exigua tregua de los puntos y aparte. Lo hizo en esloveno, su lengua madre, prohibida por Mussolini tras la anexión de un país troceado, austrohúngaro durante 12 siglos, y que Pahor sigue reivindicando todavía: acaba de publicar la novela Aquí está prohibido hablar, donde describe la limpieza étnica que purgó la identidad eslovena de la ciudad.

Durante casi 25 años, Necrópolis no logró salir del minoritario circuito esloveno. El vacío en Italia acabó hace solo un par de años. El caso es que Pahor recorre hoy por fin ese país y media Europa (está en Barcelona el día 13), apoyado en su entusiasmo y en su mala salud de hierro, para contar su vida de resistente, su no-vida en los campos, su militancia anticomunista en los años posteriores a la guerra, incluso su batalla actual (contra el Pueblo de la Libertad y la Liga Norte) por recuperar la cultura eslovena y la riqueza multiétnica de Trieste.

Pregunta. Leyendo su libro se diría que salvó la vida por su don de lenguas.

Respuesta. Gracias a eso me salvé en los Vosgos colocándome de intérprete de un médico francés y luego de un noruego. Vivías rodeado de moribundos que morían muy despacio, por falta de vitaminas, grasas y minerales. Era duro, pero tuve más suerte que Shlomo Venezia, que sacaba a la gente de la cámara de gas, eso era terrible. Los campos donde yo estuve no eran de exterminio, sino de trabajo. Éramos casi todos luchadores antifascistas, llevábamos el triángulo rojo, y ayudábamos a alimentar la máquina de guerra hasta que resistíamos de pie. Había franceses, sobre todo, y rusos, polacos, checos, eslovenos, holandeses, belgas, muchos italianos... Más tarde llegaron los españoles que se refugiaron en Francia cuando ganó Franco. Aunque no eran de exterminio, dejaron 3,5 millones de muertos. Nosotros no éramos inocentes como los judíos. Éramos culpables y se vengaron de nosotros haciéndonos trabajar.

P. ¿Qué hacían en concreto?

R. En Dora y en los Vosgos se hacían misiles. Tenían presos a ingenieros rusos trabajando en sótanos excavados en la montaña. Los prisioneros hacían sabotajes muy a menudo, y cuando los cohetes fallaban y no llegaban a su destino, Wernher von Braun, el célebre ingeniero de las SS, ordenaba una investigación y ahorcaban a todos los del departamento responsable del fallo. Von Braun era ese tipo que se hizo tan famoso porque después de la guerra los americanos lo llevaron a trabajar a la NASA. Se hizo toda una celebridad y le hicieron grandes honores porque el cohete que llevó al hombre a la Luna lo hizo él. Es decir, el Saturno IV se hizo aprovechando lo ensayado en los campos nazis con los misiles.

P. ¿Se ha sentido extranjero en su propio país al ver que el libro no se publicaba durante décadas?

R. Bueno, Italia nunca ha hecho justicia a Eslovenia. En 1920 incendiaron el Narodni Dom (Casa de la Cultura) de Trieste y en 25 años destruyeron nuestra lengua y nuestra cultura, nos forzaron al éxodo, ocuparon Liubliana, se repartieron Trieste con Alemania, y varios generales cometieron actos criminales que nunca fueron juzgados. Todavía no se conoce del todo lo que hicieron los fascistas. Algún libro ha contado que los crímenes de guerra siguen impunes. Pero Italia prefiere hablar de lo que les hicieron a ellos. Suelen decir: "Ese Pahor nunca deja de hablar". Mientras pueda no dejaré de decir que han falseado la historia. Hace tiempo se creó una comisión bilateral eslovena-italiana que investigó durante siete años. Cuando acabó, metieron el informe en un cajón.

P. Usted que ha combatido todos los totalitarismos, ¿pensaba que tendría que pelearse también con la democracia italiana?

R. Sigo siendo esloveno, pero tengo DNI italiano y doble nacionalidad. Por suerte, el Parlamento italiano aprendió la lección del pasado y en el DNI ya no pone nación italiana sino ciudadano. Ahora podemos ser ciudadanos. En los últimos años hemos tenido modo de revitalizar parte de la vida multicultural de antes de la guerra. Trieste era un lugar maravilloso... Se perdió. Estamos intentando ser el Trieste de entonces.

P. Haciendo balance, ¿diría que fue suerte o mala suerte nacer esloveno en Trieste?

R. Trieste es un territorio difícil, como lo han sido Cataluña y el País Vasco. Siempre fue un lugar multicultural. El fascismo acabó con todo eso. La gran Trieste del año 1700 tenía 200.000 habitantes y era puerto franco. Tras la II Guerra Mundial hicieron de todo para que la ciudad no volviera a abrirse a Europa Central. Solo la entrada en la UE lo cambió.

P. ¿Y qué dice la Liga Norte?

R. En una Europa democrática no se debería secundar a un partido así. Los italianos no son racistas, saben que los inmigrantes vienen a hacer trabajos que ellos no quieren hacer, y muchas veces a precios de esclavos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de junio de 2010