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Crítica:

Las mil y una gangas

No se precisa mucho esfuerzo para imaginar al productor Jerry Bruckheimer calibrando las posibilidades de Prince of Persia: las arenas del tiempo para levantar de su tumba al subgénero de las fantasías orientales modelo Las mil y una noches (1942), del mismo modo que su franquicia Piratas del Caribe revitalizó la tradicional película de corsarios. Este crítico no sabe pronosticar si la fortuna comercial será la misma, pero sí puede diagnosticar que no hay excesiva distancia entre ambas operaciones: en los dos casos, eso tan intangible como es el espíritu de la aventura se diluye bajo toneladas de oropel digital y un encadenado de situaciones que traducen a pompa blockbuster la delgada lógica narrativa de un videojuego de primera generación. Que el erotismo en Technicolor de las clásicas piezas del género acabe reducido a una Gemma Arterton tuneada como una Megan Fox de segunda división da buena medida de las diferencias que mantiene la película de Mike Newell -ese señor que una vez dirigió una película excelente, Donnie Brasco- con sus lejanos referentes.

PRINCE OF PERSIA: LAS ARENAS DEL TIEMPO

Dirección: Mike Newell.

Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Gemma Arterton, Ben Kingsley, Alfred Molina.

Género: aventuras. EE UU, 2010.

Duración: 116 minutos.

Prince of Persia: las arenas del tiempo toma su título del video-juego homónimo desarrollado por Ubisoft Montreal, que reformulaba el imaginario creado originalmente por Jordan Mechner en 1989 y consolidaba la evolución de la franquicia desde el primigenio juego de plataformas bidimensional hasta el sofisticado e inmersivo lenguaje de la acción en 3D. Quizá los incondicionales del soporte original sepan apreciar los constantes guiños a la mecánica del juego de plataformas, pero quien busque emociones puramente cinematográficas solo podrá agarrarse a la presencia secundaria de Alfred Molina, actor que nutre de sentido del humor -y, por tanto, de alma- el personaje que le ha tocado en suerte, bajo una feroz tormenta de arena hecha no ya de lugares comunes, sino de pura rutina-espectáculo que, sin duda, vale mucho menos de lo que parece haber costado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de mayo de 2010