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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE COLUMNA i

Los lugares que fuimos

Envolveré el balcón en un lienzo blanco y lo colocaré en la estantería del pasado reciente. Los geranios, el gardenio, el jazmín. Doy vueltas por la casa, como Greta Garbo en aquella secuencia inolvidable de La reina Cristina de Suecia en que se despedía de la habitación que había compartido con su amante. Acaricio el vacío. Los amigos se han llevado los objetos que acumulé durante los últimos años, los jarros de cristal y los espejos comprados en Damasco, las lámparas adquiridas o heredadas de otros que también se marcharon de esta ciudad. Quedan los muebles que venían con el apartamento y que me apresuré a cubrir con tapices. Ahora también están desnudos, no son míos. Yo no pasé por aquí, puedo decirme.

"Recuerdo quién fui aquí desde que me vi circundada por ventanas y balcones"

Acaricio el vacío. Recuerdo quién fui aquí y qué fue este lugar que fue yo misma desde el primer momento en que pisé las baldosas hidráulicas y me vi circundada por ventanas y balcones. El aire entraba por todas partes, era la casa del aire y también de la fragilidad, la mejor casa que se podía tener en Beirut para habitar en lo precario. Cuando la ciudad se ponía bronca -ninguna tontería: con RPG al hombro-, no hace demasiado tiempo, la casa temblaba y yo me sentaba a hablar con los amigos por teléfono o a pintarme las uñas. Nada entretiene más a una -o a uno, puesto el caso-, en esos momentos en que no puede hacer nada por salir de su situación de conejo atrapado, que pintarse las uñas. Y acertar, claro.

Ustedes han vivido también, sin duda, esta sensación. La de abandonar un lugar en el que alcanzamos cierta plenitud, y comprender que la persona que ocupe nuestra plaza ni siquiera sabrá quiénes fuimos, ni apreciará la huella de tantas risas y lágrimas como goteamos… Cuando esa persona despierte, ¿lo hará por el zumbido del despertador, la voz de un locutor de radio? ¿O, como yo, dejará las contraventanas abiertas para que sea la luz, acompañada por el diálogo de los pájaros, lo que le abra el día, poco antes de que se reinicie al cotidiano apocalipsis de las excavadoras? El blanqueo de dinero a través del negocio inmobiliario arruinará este barrio, sus casas antiguas y nobles, derrumbará estos muros que tanto han soportado.

Corrupción, mafias, políticos ineptos. Me ha costado tiempo comprender -y he hecho este aprendizaje muy a gusto- que este país, Líbano, no es muy diferente del mío. En la España a la que regreso también hay voluntad de desmemoria y rencor acumulados.

Mi melancólica reflexión de hoy se relaciona con esa pregunta que tarde o temprano nos hacemos todos: ¿qué dejo detrás de mí? Mi marcha de Beirut es la metáfora del adiós definitivo, de esa muerte grande que nos espera al final, y que se nutre de muchas muertes pequeñas como ésta. ¿Qué le he dado a esta ciudad, además de una parte notable de mis ingresos? Quizá un poco de esperanza, cuando nadie la amaba, y ni ella misma se quería, y mis vecinos me veían salir a la calle pese al jolgorio armado. "¿Por qué no se va? ¡Usted que puede!". Qué vecina sería si me fuera cuando vienen las verdes, solía responderles.

Pero contra ese sitio sin huellas que queda detrás de mí, contra el olvido -citando al poeta palestino Mahmud Darwish-, existen los lugares en los que uno ha estado sin saberlo. Dejen que acabe este artículo con una historia feliz. Mientras daba vueltas por la casa recibí el mensaje de un amigo comunicándome que Judith Torrea, periodista española de corazón mexicano, ha sido galardonada con el Ortega y Gasset por su blog Ciudad Juárez, en la sombra del narcotráfico. Se lo recomiendo. Tiene un estilo contundente y tan nítido como la luz del desierto: es una reportera nata. Bien, esa mujer de 37 años creció en el periodismo leyéndome, y, al serle comunicado el premio, quiso que mi amigo supiera que mi libro Mujer en guerra la acompaña en todas partes. Se lo cuento a ustedes sin vanidad, pero con gran orgullo.

De modo que, en forma amablemente vicaria, he estado en Ciudad Juárez, desde donde Judith le grita al mundo el horror de aquel infierno.

Siempre hay otra vida, en otra parte, que nos da algo suyo cuando más lo necesitamos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de mayo de 2010