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Crítica:

Rutina sobre el IRA

En el preciso instante en que los responsables de una película (guionista, director y productor) deciden ambientar una intriga criminal en el Belfast de finales de los ochenta y principios de los noventa, colocar como protagonistas a miembros del IRA, y basar la historia en personajes reales, se está firmando un contrato tácito con el cine político. Lo demás son zarandajas de mercachifle. Kari Scogland, directora canadiense de currículo tan amplio como poco solvente, ha escrito y realizado 50 hombres muertos como si estuviera hablando de una vulgar banda de barrio y le ha quedado un thriller rutinario, sin la menor trascendencia histórica, cinematográfica, política ni humana. Y, sin embargo, está inspirado en las andanzas de Martin McGarland, infiltrado en la banda irlandesa al servicio del espionaje británico durante años.

50 HOMBRES MUERTOS

Dirección: Kari Scogland.

Intérpretes: Jim Sturgess, Ben Kingsley, Natalie Press, Kevin Zegers.

Género: intriga política. Canadá, Reino Unido, 2008.

Duración: 117 minutos.

Igual Scogland piensa que la pátina del IRA le da a su película cierta grandeza y que lo que le interesaba de verdad eran los conflictos internos de los personajes, más allá de la situación general en la que se enmarca. Banalidades disfrazadas de discurso artístico. Su película en ningún momento intenta desentrañar qué lleva a un joven del lumpen a convertirse en agente doble; ni se entiende por qué desde los primeros momentos los miembros de la banda comparten con él información confidencial; ni por qué uno de sus jefazos lo acoge como a un hijo cuando éste no parece tener virtud alguna para ello.

En los créditos iniciales, se avisa de que se han inventado personajes, se han unido historias, y no se ha sido escrupulosamente fiel a los hechos. Sin embargo, tras el último plano, en los créditos finales, se da cuenta de forma pormenorizada del porvenir de los protagonistas y de la relevancia de sus acciones. ¿Con qué nos quedamos entonces? 50 hombres muertos es un thriller del montón, con personajes lineales y reacciones inverosímiles, al que se pretende dar cierta apariencia a fuerza de planos en contrapicado, montaje nervioso, banda sonora guitarrera y la inquietante presencia de sir Ben Kingsley. Pero el cine político es otra cosa: se adentra en las decisiones de carácter ideológico, desentraña los objetivos y aspira a retratar al grupo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de noviembre de 2009