PALOS DE CIEGO
Columna
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Alarma roja

No sé cuándo ni cómo llegó a España, pero lo cierto es que ya está aquí. Si me resignara a guiarme sólo por mi experiencia, yo diría que la cosa debió de empezar hará diez o quince años y que debió de ser otro fruto de nuestro afán compulsivo de emular cuanto pasa en Estados Unidos. Lo digo porque la primera vez que asistí a una de ellas fue en Estados Unidos y a mediados de los ochenta. Por entonces yo era joven, feliz e indocumentado y llevaba grabada a fuego una máxima de pueblo inculcada por mi madre -Allí donde fueres, haz lo que vieres-, así que cuando un grupo de alegres amigos homosexuales me propuso participar en la fiesta, acepté; mentiría si dijera que de entrada el asunto no me escamó, pero el hecho es que la máxima de mi madre, unida a mi alergia a la rebeldía, a mi incurable falta de personalidad y a mi pestífero deseo de agradar, vencieron muy pronto cualquier resistencia, sin contar con que mis amigos me aseguraron que era facilísimo y que iba a gustarme mucho. Lo primero era verdad: al fin y al cabo, todo consistía en encerrarse en una habitación a oscuras, en aguardar la llegada del homenajeado y en abalanzarse sobre él en cuanto encendiera la luz al grito de feliz cumpleaños antes de pasar a las bebidas y los bocadillos; lo segundo, en cambio, era falso: aunque con los años mi capacidad de hacer el indio ha alcanzado cotas difícilmente igualables, la verdad es que aquel día sentí que no hacía el ridículo de esa forma desde que una Nochebuena mi madre me obligó a cantar Noche de paz ataviado con el traje regional extremeño. Por lo demás, años después volví a España convencido de que, como la cruzada contra el tabaco o el hábito de comer cereales con el desayuno, las fiestas sorpresa nunca invadirían las costumbres de mi país.

"¿Por qué las fiestas sorpresa son una costumbre cursi, nociva y socialmente peligrosa?"

No acerté en nada, y aquí estamos, enfrentados a un desafío gigantesco a consecuencia de la proliferación irresponsable de fiestas sorpresa. Pero no nos precipitemos: ¿en qué consisten exactamente las fiestas sorpresa? ¿Por qué son una costumbre no sólo letalmente cursi, sino moralmente nociva y socialmente peligrosa? Pongamos un ejemplo. Tomemos un grupo de amigos cuarentones. Cuando el primero de ellos, llamémosle X, llega a los cincuenta años, todos deciden darle una fiesta sorpresa. Los amigos se conchaban con la familia del cincuentón inminente y, tras complejas operaciones -cuanto más complejas, mejor; cuantos más engaños al homenajeado entrañen, mejor-, se celebra la fiesta sorpresa. Conocemos el mecanismo: montón de gente, sea o no homosexual, aguardando a oscuras al homenajeado más caída colectiva sobre el homenajeado al grito de feliz cumpleaños más bebidas y bocadillos; la fiesta es un éxito: al principio, el homenajeado se muestra perplejo, luego pronuncia unas palabras emotivas, luego vierte una lágrima, al final se agarra tremenda cogorza y se pone pesadísimo mientras vocifera que tiene la mejor familia y los mejores amigos del mundo. Todo muy bonito. Pero resulta que al cabo de un año, Y, otro amigo del grupo, cumple 50 años, y ahí es donde empieza el problema. Porque o bien sus amigos le dan una fiesta sorpresa el día de su cumpleaños, igual que hicieron con X, o bien no se la dan; el primer caso sólo pone en peligro la integridad moral de Y: dado que a medida que se acerca el día de su cumpleaños adivina que sus amigos van a darle una fiesta sorpresa, igual que se la dieron a X, Y no tiene más remedio que comportarse como un hipócrita total cuando llega el gran momento, y al encender la luz de la habitación y abalanzarse la gente sobre él al grito de feliz cumpleaños se ve obligado a fingir una sorpresa que no siente porque en realidad lo único que siente es el alivio de que en efecto sus amigos le hayan organizado su fiesta sorpresa; el segundo caso pone en peligro la integridad de la sociedad: porque si sus amigos no le dan una fiesta sorpresa, Y se sentirá menospreciado, se preguntará por qué X sí y él no, lo considerará un agravio comparativo, inevitablemente incubará rencor, tal vez acabe rompiendo con sus amigos por no haberle dado su fiesta sorpresa o incluso -en los casos más dramáticos- con su propia familia, por no haber conseguido de sus amigos que le den su fiesta sorpresa. Y como a la gente en el fondo la moral se la sopla y el ser humano es de un egoísmo feroz, el grupo acabará desintegrándose entre acusaciones mutuas y empezarán a multiplicarse fenómenos ya de todos conocidos aunque por fortuna todavía aislados: gente que vive angustiada ante el temor de que sus amigos no le den una fiesta sorpresa o gente que, ante el temor de que no le den una fiesta sorpresa, decide dársela a sí misma (con notable éxito), o incluso gente que tras ser objeto de una fiesta sorpresa exige con malos modos que al día siguiente se le dé otra fiesta sorpresa, por no hablar de ese hábito cada vez más extendido de incluir en los currículos laborales el número de fiestas sorpresa que se le han dado a uno.

Es imposible exagerar los riesgos que esta escalada entraña para una sociedad en crisis y carente de valores como la nuestra. Esto no puede continuar así. Las autoridades deben intervenir. O nosotros terminamos con las fiestas sorpresa, o las fiestas sorpresa terminarán con nosotros.

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