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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Los impresentables zombies de George A. Romero

Tim Burton homenajeaba en su tragicómica y maravillosa Ed Wood a un hombre que tuvo el dudoso honor de ser reconocido como el peor director de la historia del cine. Destacaba su entusiasmo épico y su inventiva, su generosidad en la amistad y su posibilismo surrealista, la insólita hazaña que suponía hacer una película en tres días, con actores grotescos y un director de fotografía daltónico, su capacidad para liar a todo tipo de freakies con tal de que sus proyectos de contar historias en imágenes salieran adelante, la indescriptible chapuza mental que distinguía a sus guiones y la indesmayable fe que tenía en sus posibilidades como creador. No he podido ver nunca la obra de Ed Wood, pero trato de imaginar los espantos que perpetraba.

Dudo que hasta los adictos al 'gore' disfruten con este tedioso engendro

En la jornada de ayer, observando con ilimitado pasmo y algo cercano a la alucinación la demencial El regreso de los muertos pensaba que su director George A. Romero podría rivalizar seriamente con Ed Wood en el título al director más lamentable de la historia. Con la diferencia a favor del segundo de que las locuras del tal Romero ni siquiera te hacen reír, que estos zombies se toman muy en serio su canibalesca actividad. Dudo que incluso los adictos al gore que estén excesivamente fumados puedan disfrutar mínimamente con este tedioso engendro. Y te preguntas qué diablos pinta en la sección oficial de un festival con inocuas pretensiones artísticas una gilipollez de este calibre. La respuesta es que todo vale en la Mostra, a condición de que suponga un insulto para la inteligencia y el gusto de cualquier espectador que no haya perdido definitivamente la cabeza.

A George Romero le cabe la distinción de haber inaugurado hace 40 años el género de zombies con La noche de los muertos vivientes, película de culto para bastante gente pero que si alguien medianamente lúcido se toma la molestia de revisar en DVD comprobará que es transparentemente endeble. Pero con El regreso de los muertos se ha superado a sí mismo. El argumento no existe aunque la incapacidad de Romero para crear tensión, asustar o simplemente entretener aquí alcanza niveles grandiosos. Lo único que te produce este recital de mordiscos, vísceras desparramadas y continuo griterío es una irreprimible modorra y la certidumbre de que estás perdiendo el tiempo de forma imperdonable.

Michele Placido, además de actor habitual y muy popular en el cine italiano, también dirige películas y en algún caso con notable resultado como en ese retrato de las guerras mafiosas titulado Romanzo criminale. En El gran sueño describe con evidentes referencias autobiográficas la convulsión a lo largo del año 1968 que viven un grupo de estudiantes que acaba de entrar en la Universidad de Roma, la evolución ideológica de un chaval con vocación de actor y que se gana la vida como policía al ser infiltrado como espía en los círculos revolucionarios, entre hijos de la burguesía que han adoptado como iconos a Mao, Lenin y el Che Guevara y cuya incendiaria contestación empieza a preocupar seriamente al sistema. Es una película blandita y en la que todo resulta previsible, incluida una historia de amor a tres bandas, rodada de forma simplona y con personajes y situaciones esquemáticas, pero al menos resulta entendible y no agrede a la vista ni al oído. Tal como está el panorama, me conformo con semejante levedad.

Tampoco provoca excesivas emociones la película de la directora iraní Shirin Neshat Mujeres sin hombres, que sigue los tristes pasos de cuatro señoras machacadas por la vida, el marido o el hermano. La novedad es que está situada en la época del Sha, lamentable constatación de que la condición femenina siempre ha sido problemática en ese territorio, con la dictadura que pretendía occidentalizar a Persia y con el fundamentalismo islámico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de septiembre de 2009