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El barrio de los 'aluniceros'

En la cuna del 'alunizaje'

Un bloque de Villaverde aloja a los principales clanes que revientan escaparates en Madrid

Hay un lugar en Madrid en el que ser alunicero, atravesar con un coche robado los cristales de un lujoso escaparate, significa haber triunfado. Ser alguien. Noches de fiesta en reservados de discotecas exclusivas. Mucha pasta. Mujeres. Ropa cara y vehículos de alta gama. Conduciendo como rayos por la avenida de Andalucía, la arteria principal que atraviesa el distrito de Villaverde, la cuna de los aluniceros. El epicentro de un fenómeno creciente que tiene atemorizados a los comerciantes de las tiendas de lujo. Pero para esta vida, cuyas principales sagas se concentran en unos desvencijados bloques en altura de la calle de Potes, no sirve cualquiera. Hay que ser duro. El más rápido al volante.

Suena el teléfono móvil:

-Isma, primo, ¿por qué ya no me llamas para acompañarte?

-Es que tú no vales para esto. Eres un blando.

El diálogo fue interceptado por la policía en sus escuchas a Ismael Arriero Valcárcel, Isma, uno de los aluniceros que más dolores de cabeza ha dado a las fuerzas y cuerpos de la Seguridad en los últimos tiempos. Detenido en abril, era el cabecilla más conocido de Villaverde, barrio del sur de Madrid. El tipo al que había que llamar si querías labrarte un nombre sobre ruedas. Creció en la zona de Las Torres, unos pisos de realojo al borde de la nada con una insólita densidad de aluniceros por metro cuadrado. Donde los chavales hacen rugir el motor desde los 11 años y los vecinos aplican la ley del silencio.

En Las Torres termina la civilización y empieza el descampado. A un lado, estos bloques de pisos miran a la Junta de Distrito de Villaverde. Pero a su espalda, la maleza crece libre y rubia, reflejando el sol de media mañana. En el erial, un caballo trota en círculos y se detiene. Escruta al forastero. Sobre la tierra seca se ven restos de vehículos calcinados y un centenar de parachoques. Apilados uno sobre otro, casi con afán de coleccionista. Un lugar a la espalda del mundo, donde aparecen los vestigios de alunizajes, robos en polígonos y huidas a toda velocidad. Lo cuenta un mando del Cuerpo Nacional de Policía con experiencia en la zona: "Cuando sienten que han quemado el coche, porque lo hemos identificado o porque ya no les sirve, lo abandonan y le prenden fuego para borrar las huellas". O sea, lo queman, pero de verdad. Lo dejan morir prácticamente a la puerta de su casa. En el territorio que conocen. Y allí se quedan sus despojos, junto a los de casi otro centenar de cadáveres metálicos. Muchos de los espectaculares golpes en las tiendas de la Milla de Oro de Madrid han acabado aquí.Porque aquí creció y se juntó un tipo muy concreto de delincuente. Amante de la velocidad. De la adrenalina. "Los aluniceros de la zona pertenecen, sobre todo, a tres familias: los Lázaro, los Sáez y los Arriero. Y, luego, hay un montón de chavales que quieren ser como ellos", cuenta este mando policial. Son jóvenes. Ninguno supera los 30 años. Vestidos con ropa de marca. El cuerpo tatuado. Se los suele ver paseando por el descampado con sus perros pitbull y rottweiler. Duermen de día y viven de noche. Se reúnen en los bajos de Las Torres. O en la plaza cerrada que forma otro bloque de pisos de realojo, los de Plata y Castañar, a 50 metros cruzando el descampado por un caminito. Si alguien da el aviso de que la policía ronda cerca, suben a sus casas como flechas. "Muchos han roto la cerradura de su casa. Así no pierden tiempo girando la llave para entrar. Les podemos pescar fuera. Pero para entrar en su domicilio necesitamos una orden", cuenta esta fuente policial. Los vecinos viven atemorizados. Si abren la boca, o denuncian algo, les gritan "¡Chivatos!". La mayoría ya no aparca por el lugar. Más de una vez ha ardido su coche de forma "espontánea". La policía dice que patrullar la zona sin refuerzos es poner en riesgo la vida de los agentes. En varias ocasiones han sido apedreados.

"Yo lo llamo la franja de Gaza", dice con sonrisa amarga el director de la casi ruinosa escuela infantil municipal El Rocío, situada en lo alto del descampado, frente a Las Torres. Por aquí, cuenta el maestro, la primera pregunta a un forastero suele ser: "¿Vienes buscando tu coche?".

Los aluniceros no utilizan coche propio. Aunque los tengan. Prefieren ir a buscarlos a los túneles de lavado de las poblaciones ricas de Madrid: Pozuelo, Majadahonda, Alcobendas y San Sebastián de los Reyes. Los dueños dejan la llave puesta. Y los ladrones se lo llevan al menor descuido. Al cabo de unos días, aparecen en el descampado.

Desde la escuela infantil, el paisaje recuerda a los tiempos de El Vaquilla. Los bloques de realojo al fondo y escombros por todas partes de lo que fue el poblado chabolista de Plata y Castañar, demolido en 2005. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, prometió construir en su lugar 2.000 viviendas. En 2007, cambió su propuesta. Dijo que convertiría el descampado en un ecobarrio del que no hay noticia. Mientras tanto, el director de la guardería asegura que, alguna vez, ha sentido la explosión de un automóvil desde las aulas. Él suele dar el aviso a las autoridades locales para que retiren el vehículo chamuscado antes de que alguien se lastime. Alguno ha ardido a la puerta, como revelan unos restos de tizne con la silueta perfecta de un coche. "Pero últimamente esto está muy tranquilo. Demasiado tranquilo...", zanja exhalando el humo de su cigarrillo. Cinco coches han aparecido a escasos metros de la escuela -a la que acuden motorizados críos de 11 años a recoger a sus hermanitos pequeños- en los dos últimos meses, según datos de la Policía Municipal. Así se mide la tranquilidad en la zona: hace dos años, eran hasta 15 al mes. Pero ha habido movimientos. El cerco policial ha llevado a los aluniceros más buscados a trasladarse a las poblaciones del norte de Toledo. Yuncos, Escalona, Illescas, Seseña. Territorio virgen donde no son perseguidos ni levantan sospechas. Pero siguen manteniendo sus lazos en la zona. Y se dejan caer por Las Torres, donde mantienen familia, amigos y compinches.

Un grupo de jóvenes que nunca se aleja demasiado de sus portales para regatear las órdenes de busca y captura subiendo a sus domicilios, en los que han arrancado las cerraduras para poder entrar más rápido. Inviolabilidad del domicilio. A nadie se le ocurriría robar a estos chicos.

Los Lázaro, según fuentes policiales, fueron los pioneros. Los creadores de un estilo de vida. Empotrar el coche contra una vitrina. Cargar. Huir en estampida. Y a vivir. La casa de esta familia se convirtió en el centro de operaciones del alunizaje en la zona, hacia el año 2000. Un chalé adosado, en mitad de la nada, situado cerca de Las Torres, al borde del descampado. Una urbanización en la que nunca hay nadie de paso. En la carretera que rodea el extraño grupo de viviendas, unos baches de cemento de medio metro de altura destrozan los bajos de cualquier vehículo. La policía asegura que los construyeron los vecinos para dejar atrás a los coches patrulla. Los Lázaro, recuerdan las mismas fuentes, llegaban zumbando, después de cometer los delitos, y descargaban la mercancía.

Cuando varios miembros de esta familia fueron detenidos, juzgados y encarcelados, Francisco Javier Martín Sáez, también criado en el entorno de Las Torres, tomó el testigo. Su banda se especializó en asaltos a camiones repletos de mercancía y robos con fuerza en naves industriales hasta arriba de material al que dar salida. Ordenadores, móviles, relojes y televisores. Los coches de gran cilindrada y la velocidad en la huida seguían siendo claves. Con la Operación Bravo, en diciembre de 2005, la policía detuvo a El Niño Sáez y a otras 16 personas. Entre ellas se encontraba su padrastro, El Abuelo, a cuyo nombre se encontraban varias propiedades inmobiliarias y medio millón de euros en acciones de Bolsa. Francisco Javier, El Sáez, tenía 25 años. Acumulaba por entonces 17 detenciones. Salió, pero volvió a ser enjaulado en febrero de 2008.

Este periódico intentó obtener la versión de la abogada de un gran número de estos presuntos delincuentes. Pero sólo señaló que el hecho de que ella sea el nombre de referencia de los aluniceros se debe a sus buenos resultados profesionales. No entró en detalles ni de sus estrategias ni de la vida de estas personas.

Para entonces, ya empezaba a sonar el nombre del Isma. El de la familia Arriero, los de Potes, una de las calles de Las Torres. Se había labrado un nombre al volante como miembro de la banda de El Sáez. Y cuando se quedó solo, se convirtió en un cabecilla. El último de renombre en la zona. El que se quedaba en el coche esperando con el motor encendido. El que decía cómo y cuándo se perpetraba el golpe. Él también fue detenido a principios de 2008, cuando era atendido por una puñalada en el hospital 12 de Octubre. Y lo metieron entre rejas, hasta la celebración del juicio. Pero el 5 de diciembre protagonizó una fuga espectacular. Le fue concedido un permiso para asistir al entierro de su padre. En el cementerio de la Almudena, su familia se lanzó sobre los agentes que lo custodiaban. Entre la confusión, Isma se subió a un potente Mercedes y salió disparado de allí. Preparado para la campaña de Navidad: el 26 de diciembre se llevó de una nave de Pinto un cargamento de teléfonos móviles, valorados en más de medio millón de euros.

Lo siguiente que se supo de él fue en un control rutinario de la Guardia Civil, el 27 de enero. Cerca de Toledo. Isma conducía una furgoneta de PepeCar, una empresa de alquiler de vehículos, cargada de muebles. Estaba de mudanza hacia territorio virgen. Isma mostró la documentación de su hermano y aprovechó un despiste de los agentes para bajarse de la furgoneta y echarse al monte. Fue finalmente capturado en abril. Lo sorprendieron unos policías locales mientras robaba material informático de una nave de Coslada. Era tan conocido que a los pocos días un foro del Cuerpo Nacional de Policía recogía el siguiente mensaje anónimo: "Dar la enhorabuena a los compañeros y también a la Guardia Civil. Robos con violencia, alunizajes, robo a camiones... Menudo elemento. Aunque en Las Torres de Villaverde todavía queda mucho malo que coger".

La vida de este alunicero y sus compinches era puro lujo y desenfreno. Manejaban mucha pasta. Demasiada. "Me gasto al día 500 euros", decía uno al que la Guardia Civil vigilaba durante la operación que acabó con Isma y el resto de su banda entre rejas. Lo cuenta el capitán Robles, de 30 años, cinco meses tras su pista. Esto es lo más parecido al retrato de un alunicero: "Son de mucha juerga, con su botellita en las discotecas VIP. Todas las semanas salen de fiesta. Tienen novia o mujer, e hijos. Pero a ellas las tratan como a la mierda. Amantes, tríos... De esto guardan fotos y vídeos en el móvil. Les pagan sus operaciones de pecho. Se mueven en Porsche y Audi Q7, pero éstos son suyos, coches legales. Han aprendido a guardar las facturas, para que no nos llevemos sus cosas en los registros. Visten a la última, con pantalones Energy y Dolce & Gabbana. Utilizan mucho Google e Internet. Esto ha facilitado su trabajo. Escuchan música de baile. Se meten mierda. Pastillas, coca. Y se ciclan para ganar musculatura. En casa del Isma encontramos un montón de proteínas y medicamentos para inflar los músculos. Suelen echar la tarde en los grandes centros comerciales del sur. En Parquesur (Leganés) o Nassica (Getafe). Allí, entre la gente, pasan desapercibidos. No se cuidan. Son de hamburguesería barata, tipo Burger King y McDonalds".

Vida de polígono. Dinero fácil y rápido. Coches. Mujeres. Un ejemplo a seguir para algunos chavales del barrio. Por los caminos de tierra del descampado, en este gueto de Villaverde, es frecuente ver vehículos conducidos por niños de 12 años. Incluso han ido a buscar a sus hermanos pequeños a la guardería. Pilotos que apenas levantan un metro del suelo. Muchos comienzan a ser fichados por la policía a los 13 o 14 años. Quienes lo ven notan la mordaza del miedo. Y callan. La persona que dirige uno de los colegios de la zona contaba que muchos de sus alumnos "engrandecen y exageran" los alunizajes: "Lo ven con orgullo de Villata

[llaman así a Villaverde]. Y lo justifican diciendo: 'Es que nosotros somos así". En su colegio, muchos chavales adoptan el lenguaje de la gente de Las Torres, y se dirigen unos a otros con un "Oye, primo".

Pero a plena luz del día, cuando uno pregunta por el Isma, el de Potes, los vecinos miran con desconfianza. Mastican un poco su respuesta y niegan: "El Isma, dice... No, no me suena". Aunque muchos hacen "la compra" en el cercano bar Triana, un lugar mil veces precintado por orden policial que siempre está abierto o en otros huecos de unos bloques donde "el que más y el que menos ha comprado un jamón o una tele sabiendo que son robados", según subrayado de una vecina que calla de golpe cuando la temática sobrepasa la suciedad del descampado y entra de lleno en las hazañas de los chicos de Potes. "Mejor callar", concluye.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de septiembre de 2009