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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Notable adaptación de 'La carretera'

Descubrí tarde la maravillosa escritura de Cormac McCarthy. No había leído críticas sobre él, no tenía referencias, tampoco la curiosidad o el azar me habían impulsado a comprar sus libros. Alguien a quien guardaré eterno agradecimiento remedió mi intolerable laguna al regalarme Meridiano de sangre. Me fascinó esa novela. La había parido un escritor con voz propia, un narrador fuera de lo común, tan duro como hipnótico, a la altura en la literatura norteamericana de Faulkner, Fitzgerald, Salinger y Bellow, uno de los auténticamente grandes. Lo último que se ha publicado de McCarthy en España es La carretera, crónica terrible y emocionante de la odisea de un padre y su niño intentando sobrevivir después de un apocalipsis nuclear, caminando hacia el sur y hacia el mar huyendo de una atmósfera gélida, intentando eludir o protegerse de seres humanos que actúan como depredadores, recordando para aliviarse lo que alguna vez fue la Tierra y el esplendor en la hierba que vivieron en ella, cercados por montañas de cadáveres y de suicidas, enfrentándose a la desolación absoluta, buscando desesperadamente alimento y refugios provisionales, protegidos por una pistola que también piensan utilizar para volarse los sesos cuando no puedan soportar por más tiempo el horror ambiental, negándose a ser contaminados por el embrutecimiento moral, luchando contra un crepúsculo que parece interminable. Esa trama y el poderoso, seco y lírico lenguaje con el que está descrita te pueden dejar noqueado, contagiándote su profunda emoción.

El director John Hillcoat ha filmado la obra de McCarthy con todo respeto

El director John Hillcoat se ha atrevido al complicado reto de adaptar al cine La carretera. Al igual que los hermanos Coen en su modélica No es país para viejos, lo ha hecho desde el reverencial respeto al texto literario, sin pretensiones autorales de jugar con el argumento y con las esencias, intentando captar en imágenes la atmósfera y las sensaciones de la novela. Y el resultado, además de fiel, es notable. Ha sabido desarrollar la estética y la ética de esta historia sombría, te transmite la angustia y el sufrimiento de sus personajes, la determinación a pesar del miedo, el amor que se procesan ese padre y ese hijo que han perdido casi todo, pero que sacan fuerzas para seguir caminando por un universo infernal.

El director es consciente de que esta historia habitada casi exclusivamente por dos personajes tendrá solidez en función de la credibilidad, el sentimiento y la química que le otorguen los actores. Y tanto Viggo Mortensen como el niño Kodi Smit-McPhee están tan veraces como conmovedores. También Charlize Theron y Robert Duvall en apariciones breves que dejan huella. Igualmente te admira la fotografía que ha conseguido Javier Aguirresarobe. Su luz recrea un mundo en descomposición, grisáceo, perpetuamente neblinoso, con el color y el olor de la desesperanza, la amenaza, la ruina y la muerte. No tengo noticias de la reacción del siempre secreto Cormac McCarthy ante el trato cinematográfico que ha recibido su criatura. A mí es una película que me provoca continuo desasosiego y en más de un momento me toca directamente el corazón.

Por razones fáciles de comprender, el director estadounidense Todd Solonz, especializado en friquis y sordidez, transgresión barata y guiños irónicos a su parroquia, goza de bula permanente entre la modernez. A pesar de ese indesmayable apoyo, que podía tener sentido ante la original y corrosiva Happiness, su lamentable y cada vez más retorcida obra posterior sólo obtiene reconocimiento y complicidad en un territorio tan restringido e inútil como el de los festivales de cine. Life during wartime insiste en los comportamientos patológicos, en una familia de tarados depresivos que no se soportan ni a sí mismos ni a los demás, con la sombra de un pederasta que violaba a su hijo y que acaba de salir de la cárcel. Este personaje no resulta más anormal que el resto de la familia. Solonz se lo sigue montando de cínico y de excesivo, de profesional de la parodia sobre traumas de la clase media. Parte del público le sigue riendo las gracias. Yo no se la pillo por ningún lado a este prescindible provocador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de septiembre de 2009