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Reportaje:

La no vida de Roberto Saviano

Ya no es un hombre, es "un equipo". Desde que la Camorra le amenazó de muerte por su libro 'Gomorra', vive escoltado las 24 horas. No puede pasear, comprar o usar la tarjeta de crédito. Pasamos un día con el escritor y le acompañamos de viaje a Nápoles.

No sé si estoy medio muerto o medio vivo. Lo que sé es que la amenaza de los Casaleses me ha convertido en peor persona. Más desconfiado, más egoísta. Siento odio por los amigos que me abandonaron cuando salió el libro, entre una partida de Playstation y una de la Liga Fantástica. Apenas salgo de casa. No puedo usar tarjeta de crédito. Vivo escoltado 24 horas al día. Ya no soy un hombre, soy un equipo. Los muchachos son fantásticos, son napolitanos como yo, hacemos deporte juntos, boxeamos en el gimnasio... Pero echo de menos Nápoles, aquellos retrasos eternos del tren en la estación... El tiempo se ha deformado, los minutos son extraños, cada movimiento banal requiere un día entero. Y no puedo hacer las cosas mínimas: pasear, tomar algo en un bar, comprar una nevera. Ayer fuimos al supermercado y fue patético. Los carabineros alrededor del carrito, todos opinando sobre la pasta que debía coger. La gente se asustó, nos abrieron paso en la caja para que nos fuéramos rápido. Cuando salimos les dije a los chicos: 'No volvemos".

Así es la vida de Roberto Saviano. Una vida no vida, una vida-muerte, una especie de muerte en vida. Trágica muchos ratos, a veces también tragicómica, tensa sin interrupción. Triste, solitaria y virtual.

El éxito de Gomorra, uno de los fenómenos más espectaculares de la historia italiana (dos millones de copias en su país, 33 traducciones, más de dos años en lo alto de la lista de best sellers), se ha convertido en una maldición para su autor.

Reconocimiento, premios y elogios, fama, dinero y viajes no compensan la otra cara de la moneda: Saviano ha sido difamado, escupido e insultado por los jóvenes de su propia tierra, abandonado por sus amigos, condenado a muerte. Y hoy vive agazapado, rodeado de armas y carabineros, a toda velocidad y a media voz.

Sus ojos muestran una melancolía infinita, sus gestos son a ratos desesperados; su cara, la imagen de la vulnerabilidad. No deja de hablar por los dos móviles y de mandar y recibir sms. "Casi no veo a nadie, es mi mayor vínculo con la gente".

Sólo tiene 29 años, pero se nota que ya no es aquel muchacho bromista que se iba a comer el mundo cuando se licenció en filosofía por la Universidad Federico II de Nápoles, siguiendo la ilustre herencia de Giordano Bruno y Benedetto Croce. En aquella época empezó a escribir su primer relato real, titulado La tierra padre. Naturalmente, trataba sobre la Camorra.

Contada por Saviano, la Mafia napolitana, o mejor dicho, campaña, dejó de ser lo que era a ojos de mucha gente -una banda de bandoleros dirigidos por tipos más o menos honorables que trafican y asesinan, pero en el fondo protegen a una población abandonada a su suerte (aunque esto último siga siendo verdad)-. Y pasó a ser El Sistema, un poderoso holding criminal que, según el último censo realizado por el jefe de los carabineros de Nápoles, general Gaetano Maruccia, responsable de la seguridad de Saviano, "cuenta al menos con 80 clanes y más de 3.000 afiliados armados, a lo que se añade una extensa red de colaboradores".

En otras palabras, un ejército sin uniforme ni moral, que comete, de media, un asesinato cada 2,5 días desde 1979, factura miles de millones de euros anuales, controla una parte del tráfico de cocaína europeo, domina el negocio de la extorsión, la usura, las basuras y el transporte de desechos tóxicos, capta a niños de 11 años pagándoles como centinelas, obtiene grandes contratos públicos que se licitan en Campaña, blanquea ingentes cantidades de dinero negro en la construcción española, compra políticos, designa alcaldes, maneja de forma directa o indirecta el 40% de las tiendas de Nápoles, cose ropa en negro para las grandes firmas, dirige la importación y distribución de mercancías falsas procedentes de China, y campa a sus anchas en el puerto de la ciudad y el sector alimentario.

Cuando Saviano empezó a escribir, estimulado por la fiebre de libertad y aventura que le inculcaron sus lecturas precoces y, más tarde, por el aura de rebelión respirada en los seminarios que dirige Gerardo Marotta, abogado y filósofo octogenario, todavía gran baluarte moral napolitano, en el Instituto de Filosofía fundado por Croce, era un chaval feliz, aunque no paraba de trabajar. "Tenía cuatro o cinco oficios: en una pizzería, dando clases de repaso a niños por las tardes, como albañil ocasional en el campo de Caserta, becado para un doctorado en historia contemporánea y colaborando en periódicos y webs como Nazion e Indiana".

Así y todo, tardó sólo unos meses en enhebrar los 11 relatos reales que forman Gomorra. "Escribía en un apartamento de los vicoli (callejones) de I Quartieri Spagnoli. Compartía piso con amigos. Tenía mi habitación propia, y allí escribía, parapetado tras los papeles de los jueces. Había siempre un ruido infernal en el barrio. Cuando me fui no podía dormir porque había demasiado silencio. Adoraba aquel sitio, era un lugar familiar. Suena retórico, claro, porque la familia sirve para controlarte. En casa vivía una amiga costurera, y teníamos de vecinos a 30 budistas que meditaban y cantaban. Un día, un napolitano se hartó, salió a la ventana y les gritó: "¡Alí Babá, me estáis tocando las pelotas!".

Poco después, el manuscrito se convirtió en libro gracias al olfato de los editores de Mondadori. "Me publicaron el primer cuento en la revista Nuovi Argumenti (abril de 2005), y después me hicieron un contrato de joven promesa. Me dieron 5.000 euros como anticipo por 5.000 copias", recuerda Saviano.

Muy pronto ese contrato dio paso a otro con cifras de estrella. "En mayo de 2006, cuando el libro salió por fin a la calle, era el tipo más feliz del mundo. Viví los cinco mejores meses de mi vida. Era un hombre libre. Dejé de ser albañil, y la pizzería. Los críticos me elogiaban y los lectores me leían, era escritor como había soñado. Luego me dieron el Premio Viareggio, se vendieron 100.000 copias, empecé a escribir en La Repubblica y Espresso, a hablar en televisión... Y, de repente, en octubre, todo se paró. Y me quedé clavado en esos meses. Todo lo que ha pasado después no lo he vivido".

Llegaron las primeras amenazas de los Casaleses, el clan del pueblo donde se crió, Casal del Príncipe. Y eran nítidas. Debía morir. No sólo sabía demasiado y lo había contado con nombres y apellidos, relacionando cada dato con su fuente, sino que, sobre todo, el libro había llegado a demasiada gente. La Camorra estaba en boca de todos. Ya no era el tradicional mal menor napolitano (fisiológico, alegal...). Era un cáncer internacional.

Los jueces antimafia tomaron la advertencia en serio. Habían ayudado al joven periodista dándole acceso a los procesos (escritos y orales) contra Francesco Schiavone, Sandokán; Antonio Iovine, Michele Zagaría, Francesco Bidognetti (todos Casaleses) y otros bosses napolitanos como los Di Lauro o Lo Russo.

Y aquel muchacho de aspecto desvalido (cara de camorrista, cráneo cubista, barba de tres días, pies planos "y peso welter") había respondido a la confianza con una prosa de cirujano que mezclaba coraje, calidad, denuncia y ética. Hacía falta protegerle, y rápido. El 13 de octubre de 2006, el ministro del Interior, Giuliano Amato, decidió que Saviano debía vivir escoltado. "Recuerdo que el día en que vinieron los carabineros a buscarme a casa para llevarme al cuartel, los vecinos bromeaban: '¡Robbè, por fin te han arrestado!'. Amato fue de una sensibilidad extraordinaria. Dijo que el Estado debía protegerme porque a través de mí defendía la libertad de expresión, un principio constitucional. Eso me convirtió en símbolo de la libertad de palabra. Siempre le agradeceré eso".

Han pasado dos años y cuatro meses desde aquel 13 de octubre. Sus viejos amigos se largaron. Su antigua novia le dejó. Su familia se dispersó más de lo que estaba (sus padres se separaron muy pronto). Y Saviano se culpa de todo eso. Lamenta, dice, "haber destruido mi mundo por un libro; haber hecho daño a todos los que me querían".

Su vida está "suspendida, cancelada, detenida". Como esas vidas rotas de repente por un accidente, un atentado o una condena injusta.

Sólo fuera de Italia se relaja un poco más. Por eso, en noviembre se dio el desahogo de decir que se iba del país, que había decidido exiliarse por un tiempo. Se arrepintió enseguida. Difícilmente otro país aceptaría dedicarle (y pagar) la protección que necesita. "Es así. O no me dan protección, o me dan una escolta como la que tengo aquí". Un destino casi irreversible.

Hacer la cita para este reportaje ha llevado semanas por cuestiones de seguridad. El primer intento, en diciembre, se aplazó porque los niveles de alerta se dispararon del todo. Un primo de Sandokán, llamado Carmine Schiavone y colaborador de la justicia (un pentito: arrepentido), reveló que la Camorra tenía plan y fecha. Lo matarían antes de que acabara el año, colocando una bomba a su paso por la autopista A-1 que une Roma con Nápoles.

Superada esa angustiosa fecha de caducidad, la alerta bajó. Schiavone, que más que un pentito parece el portavoz de la Camorra, declaró que sus ex compinches habían decidido esperar a que se apaguen un poco los focos para matarle. Con más calma. Por fin pudimos pactar el encuentro. Con la ayuda de su amabilísima asistente, Manuela, programamos ir juntos a Nápoles, comer con él, conocer a su amigo el general Maruccia, comandante del Comando Provinciale dei Carabinieri di Napoli. E intentar explicar lo que siente un escritor condenado a muerte que aún no ha cumplido 30 años.

Es 16 de enero, hace una mañana preciosa y gélida, y los dos coches blindados llegan puntuales y muy juntos, deslizándose con elegancia italiana. Saviano va sentado en el primer coche, asiento de atrás, a la derecha. Las sirenas dejan de ulular y los autos se detienen. Los cinco escoltas bajan y otean la calle con sus gafas oscuras y sus pinganillos. Saviano se queda sentado dentro del Lancia Thesis gris.

Nos saludamos, y Pina empieza a hacer fotos. Los carabineros ni se inmutan. Están habituados. A estas alturas han sido fotografiados 2.000 veces y saben que la Camorra conoce al centímetro sus caras, que sin embargo no denotan miedo alguno.

Los chicos de la escolta llevan chalecos antibalas, cazadoras negras y pistolón al cinto. Tienen la cara curtida y acento napolitano, y se mueven como profesionales. No dan un paso en falso, no hacen un gesto de más. Son silenciosos, y cuando hablan es en voz baja y con pocas palabras. Nando, el jefe, ejerce un mando suave pero inflexible.

Saviano hace el recuento del armamento: los Casaleses tienen 100 kilos de TNT y un variado arsenal de metralletas y pistolas. "Sé que acabarán conmigo. Tarde o temprano lo harán".

Silencio absoluto durante un rato largo.

Avanzamos a bandazos y tirones. Salir del centro de Roma un lunes a la una de la tarde suele ser una empresa heroica. Pero en diez minutos estamos en la A-1. La del ultimátum. Marco pisa a fondo el acelerador y en unos segundos el Lancia despega hacia Nápoles. Pina sigue haciendo fotos y filmando (vídeo en elpais.com), y el habitáculo se hace diminuto para tomar notas. Pero no parece sitio ni momento para quejarse.

-¿Así que ésta es su vida actual?

-Así es. Ellos van a los sitios antes de que vaya yo. Llegan primero ellos, controlan, luego voy yo. Para cualquier cosa. Si hay que comprar una nevera, por ejemplo, ellos van delante, luego voy yo y la miro, elijo el modelo, y vamos a otra tienda distinta a comprarla. Nunca volvemos al mismo sitio.

-¿Siempre ha tenido cinco escoltas?

-Empecé con dos, luego subieron a cinco.

-¿Cambia mucho de casa?

-Cada vez que vemos un detalle raro. Por ejemplo, si hay una obra en un edificio cerca y sabemos que en ella trabaja gente de Nápoles que, por ejemplo, ha sido juzgada, me cambian de casa. Basta con eso.

-¿Le escoltan también dentro de casa?

-No, normalmente en casa no entran. Esperan detrás de la puerta. Veinticuatro horas.

-Parecen tranquilos.

-Tienen experiencia antimafia de muchos años. Han protegido a personalidades, jueces y supertestigos. Los eligió Maruccia.

-Con tanto roce se habrán hecho amigos.

-Claro, son tipos magníficos. Y eso me obliga a seguir adelante, a no renunciar. Les debo eso a los que me defienden.

-¿Ve a otros amigos en casa alguna vez?

-Poco. Muchos se han alejado desde que salió el libro. Entender eso fue muy doloroso. Es natural porque desapareces, te haces invisible y te vuelves peor persona. Desconfías, estás nervioso, tienes la cabeza en otro sitio, y nada ni nadie parece a la altura trágica de tu situación...

-La normalidad se hace absurda.

-Sí, las propuestas de las personas normales, hablar de idioteces, ir a tomar una cerveza, tener charlas superficiales, al principio no lo aguantaba. Estaba metido en un torbellino donde sólo existía mi trabajo, mi situación, y buscaba respuestas en los libros. He hecho una especie de descenso a los infiernos literarios para entender quién, antes que yo, en situaciones más graves, ha logrado sobrevivir.

-¿Y qué autores le han ayudado?

-Los perseguidos por los soviéticos, Borís Pasternak, Varlam Shalamov... Y más recientemente, Anna Politovskaia, que acabó de forma trágica, pero se enfrentó siempre a las difamaciones. No la olvidaré. Ni olvido las cartas y diarios del juez Falcone, lo que escribió y publicó, porque resistió ataques cotidianos, parecidos a los que sufro yo...

-Y, tantas veces, con la complicidad del Gobierno.

-Sí. Estoy convencido de que en Italia, cuando se lucha contra determinados poderes, el destino de las personas queda marcado. No necesariamente de forma trágica, aunque muchas veces sea así...

-¿Dejándote fuera del circuito?

-Te calumnian, dicen que te exhibes, que te haces publicidad. Eso es lo increíble, porque se crea un círculo vicioso que impide la palabra. Y lo que las mafias temen es justo eso: la atención.

-Cuando escribió el libro, ¿imaginó que pasaría algo así?

-Yo era un tipo joven que leía, discutía y escribía. De repente, me encontré en medio de esta guerra. Pensaba que me iba a crear problemas, pero no tan graves. Ahora no puedo pisar Nápoles. Este viaje es el primero que hago en un mes. Todas las ciudades me invitan menos la mía. A pesar de que Gomorra es el libro más vendido de la historia sobre la ciudad.

-Suena irónico, sí.

-Quedan pocos faros de resistencia, pocas fuerzas sanas allí. Uno es Marotta, el filósofo; otro, el cardenal Sepe. Y el padre Raffaele Nogaro, en Caserta, que sigue la tarea de don Peppino Diana, el cura de Casal di Principe que fue asesinado. Es curioso que las instituciones religiosas hagan la labor del Estado. Ése es el drama del sur de Italia.

-¿La crisis económica lo empeorará?

-Seguro. Y eso permitirá al capital criminal entrar en todas partes.

Debemos de ir por el kilómetro 80. Faltan 150 para Nápoles. No hay mucho tráfico, y el coche vuela como en los videojuegos. Los que van por la izquierda se meten bajo nuestro morro a toda mecha. "Tardamos poco más de una hora", informa Saviano, "si los carabineros nos paran, sonreímos". Es la primera broma del viaje. Saviano parece de mejor humor que hace unos meses, cuando dijo que se iba. Pero según nos acercamos a Nápoles se pone más tenso.

-En realidad, vive una especie de vida virtual. Como de superhéroe al revés.

-Una vida virtual y blindada. La gente me visita como a un enfermo, me traen agua y azúcar, como decimos en Italia. La satisfacción me la dan cosas virtuales, como Facebook, recibo miles de mensajes de jóvenes. Eso es precioso. Todavía en este país hay gente que tiene ganas de la palabra.

-¿Siente más ese apoyo que el de la clase intelectual?

-De repente ha cambiado el papel del escritor y algunos se han sentido bajo asedio. Mucha gente les exige que se pronuncien. Antes creían que los libros no podían cambiar las cosas, hoy ya no se puede decir eso. Quizá se puede decir que algunos escriben palabras que no cambian las cosas, y otros escriben palabras que permiten a la gente tener instrumentos para cambiar las cosas. El poder enorme que tiene el lector que elige leer un libro... Quizá él no se da cuenta. Yo sí. Los lectores, y no el libro, son la clave de mi historia. Si nadie lo hubiera leído, a la Camorra le habría importado mucho menos.

-La periodista de Il Mattino Rosaria Capacchione, autora del libro El oro de la Camorra, también vive bajo escolta.

-Sí, es un caso parecido. La diferencia es que todavía vive en Nápoles y trabaja allí. A mí me consideran un payaso porque escribo fuera, a ella la respetan.

-Ya dijo Cannavaro que estas cosas de la Mafia es mejor no esparcirlas...

-La Mafia hace sentir culpable a todo el mundo. A unos porque saben poco, a otros porque piensan mucho. Cannavaro se equivoca en una cosa. No es un problema local, es global: invierten en todas partes.

-Muchos napolitanos piensan como él.

-Sí, un día un abogado me gritó: "¡A ti la escolta te la pago yo!". Y los vecinos de un apartamento que tuve se organizaron y pagaron varios meses por adelantado mi alquiler para no tenerme allí.

Nápoles aparece, ancha y bellísima, en el horizonte. "Ves Nápoles y después mueres", reza el dicho. Una frase que no parece oportuno citar cuando el coche aparca en el cuartel de carabineros. Por suerte, la pizzería está cerca, en la calle de Toledo. He ahí la explicación de por qué la Mafia napolitana se llama Camorra.

Los libros son la gran pasión de Saviano. Desde pequeño. Sólo se le ilumina la cara cuando habla de literatura y cuando llega la pizza humeando, vera napolitana: mozzarella de búfala, tomates cherry, crujiente y blanda a la vez. Un manjar.

Saviano la corta en triángulos y sopla por encima haciendo círculos, como un niño. Luego dice que tomó de Soldados de Salamina, de Javier Cercas, la inspiración para escribir su "relato real". Y que está deseando encontrarse con Mario Vargas Llosa y venir con él a Nápoles. "Es un escritor fabuloso y, como Cervantes, conoce el alma napolitana. Lo elegiría como padrino para mi regreso público, me daría mucho placer. Sería estupendo si Marotta lo organizara en el Instituto, porque esa gran tradición laica y cívica napolitana es la que me ayudó a escribir el libro. Los maestros de los revolucionarios franceses eran napolitanos. Aquí nacieron las ideas de libertad en Europa. Y no por azar Giordano Bruno murió en la hoguera, sino porque intentó volver a Nápoles. Tenía la hospitalidad del mundo entero, pero prefirió volver. Lo detuvieron en Venecia y lo quemaron. Algunos me dicen: 'Habla de la gran cultura, y no de la mala vida'. Caravaggio es la belleza, y esa belleza me da fuerzas para contar el mal. Si no existiese esa belleza, no habría esperanza de salir. Pero si la belleza la usamos para cubrir el mal, se convierte en tapadera".

Otra fuente de resistencia es el humor napolitano. Eduardo de Filippo, Totò, "y su sentido trágico y cómico de la vida". "De Filippo era como Totò dirigido por Pasolini. La tragedia de la miseria y el hambre, y el reírse de ambas cosas y hacerlas parecer fáciles. Tomaba a broma su destino, pero no es verdad que lo único lícito sea resignarse".

Aunque Salman Rushdie le animó a hacerlo. "Estuve con él en Nueva York. Llegué con la escolta, se acercó con Ian McEwan, cada uno me cogió de un brazo y me llevaron al coche. No me lo podía creer. Salman me dijo lo que siento. Que mucha gente piensa que para un escritor estar amenazado es glamouroso. Que nadie me entenderá, salvo algún político (él dice que sólo le entendía Margaret Thatcher). Que nadie creerá que lo que más deseas es tomar un café en un bar. Que la única forma de reconquistar tu libertad es decidirlo. Que lo importante es mantener libre la cabeza y saber cuándo quieres volver a ser libre. Que me busque un buen exilio... Pero eso tengo que pensarlo bien, porque comenzar de cero es difícil".

Se acabó la pizza: un café napolitano, exquisito, y nos vamos a paso ligero a conocer a uno de los mejores amigos de Saviano: el general Gaetano Maruccia, hombre afable, culto y cortés.

-¿Por qué ha sido tan importante el libro de Saviano, general?

-Porque ha amplificado la atención del gran público sobre la Camorra y ha hecho más comprensible su potencial criminal. Antes se creía que eran meros gánsteres urbanos, no criminales organizados como la Cosa Nostra o la 'Ndrangheta. Parecían el pariente pobre de las mafias, y no es así. Son un poder armado y horizontal, con diversas estructuras y una jerarquía poco clara, compuesto de grupos autónomos y a veces enfrentados entre sí. Y varios niveles. Las pequeñas bandas locales, que viven sobre todo del pizzo y el tráfico local de droga, son responsables del gansterismo urbano y a veces trabajan para bandas que no tienen nada que envidiar a las endrine calabresas o las familias sicilianas.

-¿Teme por la vida de Saviano?

-El dispositivo es adecuado al nivel de riesgo. Obviamente, es necesario mantener siempre la guardia alta y actuar con extrema prudencia.

-Usted le conoce hace años. ¿Podría definirlo en diez líneas?

-Eso no se le pregunta a un amigo, y menos si está él delante. Es un joven brillante, inteligentísimo, sabe manejar los datos con enorme visión analizando el presente y anticipando el porvenir. Su gran talento para escribir le ha permitido hacer ese libro, basado en el estudio analítico del fenómeno y en su gran conocimiento del terreno. Sabe ver cosas que a otros se les escapan. No siempre ver es saber ver. Su riqueza cultural y su innata capacidad de análisis y síntesis le deben llevar a escribir con profundidad de lo que sea. Gomorra es la demostración tangible de su calidad de escritor-periodista. Pero no debe afirmarse en el imaginario colectivo sólo como experto en Camorra. Debe escribir de otros temas.

-¿Se acabará exiliando?

-Creo que sus declaraciones sobre un posible traslado al extranjero fueron sólo el momento de desmoralización de un joven que se ha visto de repente en el centro de una fama y una red muy compleja de responsabilidades y tareas. Si sucediese eso, no sería coherente con su forma de ser ni con su mensaje de compromiso social. Pero conociéndole, estoy seguro de que eso no pasará.

-¿Ganarán esta guerra?

-Estoy convencido, no luchamos solos. No hay tiempos, es una batalla diaria. Hace falta esencialmente reforzar las intervenciones sociales, dar oportunidades para que se pueda salir del perverso circuito criminal. Sólo con represión no vamos a ninguna parte. Necesitamos todos los recursos, cultura, trabajo, educación, paciencia y tiempo, escritores, periodistas. Se trata de erradicar la violencia como concepto de vida.

Estamos de vuelta en Roma. Saviano se escabulló el viernes a media tarde para pasar el fin de semana con la mamma (versión oficial), y hoy hemos quedado en la sede de su editorial, Mondadori. En el sótano del edificio, un lugar oscuro, pero no demasiado carcelario, comparte una pequeña oficina con Carlo Carabba, de 28 años, editor de Nuovi Argumenti y uno de los que ayudaron a descubrir al "genio" cuando en 2005 leyó y recomendó a la revista el primer relato.

"No es verdad que Roberto haya cambiado a peor", explica Carabba. "Sigue siendo muy simpático y bromista, y es menos tímido, está más seguro de sí mismo. Las amenazas le han hecho daño, sobre todo los ataques de sus paisanos jóvenes. Pero el calor de sus lectores es enorme. Eso le ha dado mucha fuerza".

Por fin, la buena noticia: Saviano está escribiendo otra vez. Tiene dos proyectos sobre la mesa. Uno es una novela real sobre el crimen organizado internacional. El otro hablará de él mismo, del hombre solitario. Será casi una vendetta.

-Tengo que canalizar de alguna forma el rencor que siento hacia los amigos que me dejaron cuando escribí Gomorra. Siento odio hacia ellos. Entiendo que la vendetta no es un arte noble, pero me dejaron tirado cuando más les necesitaba. Y la amistad es lo contrario, ¿no?

-¿Con la familia las cosas van mejor?

-Cuando mis padres se separaron, mi hermano y yo nos quedamos con mi madre, que es química y siempre estaba de viaje yendo a congresos. Estudiamos en un colegio de Caserta. A mi padre, que es médico de pueblo, le veíamos el fin de semana... He arruinado la vida de todos los que tenía cerca. Mi hermano se fue a trabajar al norte. Y con mi padre no tengo relación.

-Dicen que todo está en la infancia. ¿Qué recuerda de la Camorra de entonces?

-Mi padre me llevaba a visitar enfermos a los pueblos del campo casertano. Muchas veces veía escenas apocalípticas. Recuerdo las búfalas muertas flotando en el río Volturno. Cuando se hacían viejas, las tiraban al agua para ahorrarse la bala. Recuerdo que pescábamos lubinas en el río, porque a fuerza de que la Camorra robara la arena del río para hacer cemento, en vez de que el río desembocara en el mar, el agua salada entraba en el cauce. Mi padre siempre tuvo miedo de la Camorra, pero nunca se rebeló. Veía sus coches lujosos y sentía rabia. Pero no decía nada, nunca. Siempre sentí esa asfixia. Todo iba mal, pero nadie podía pararlo. Siempre fue así. "Si eres furbo (pícaro), puedes aprovecharte", decían. Si piensas que lo puedes cambiar, eres un listillo, un loco. Como si alguien fuera a Roma y dijera que el Papa se tiene que ir de San Pedro. La Camorra sabe que sólo tiene problemas cuando mata demasiado. Ayudan a las familias con hijos minusválidos, a los chicos que suspenden en el colegio los mandan a Roma para que aprueben...

-Así que no son sólo el Estado, sino el Estado del bienestar.

-Pero el welfare camorrista es un privilegio, no un derecho. Te lo pueden quitar.

-¿Cuándo decidió ser escritor?

-A los 14 o 15 años. Siempre leía, me enloquecían los clásicos. Nacer en tierra de Camorra no sólo supone muerte y sangre, también vives rodeado de las mejores ruinas de la antigüedad. Aníbal y Espartaco eran los personajes de mi infancia. Mi abuelo y mi tío siempre me contaban historias de Espartaco. La cultura es lo que nos salva la vida de verdad, mi tierra me ha regalado eso. La Anábasis de Jenofonte se parece a mí. Para escribirla, Jenofonte se hizo mercenario. Jenofonte estaba tatuado, y yo también. Se tatuó un jabalí. Lo consideraban un reaccionario. Pero en el libro dijo: "No te fíes de quienes escriban cosas no vividas".

-Pero a usted ese libro vivido le ha jodido la vida.

-Ahora estoy encerrado en habitaciones, voy de habitación a habitación, a veces doy puñetazos en las paredes. Es una media muerte, o una media vida.

-Acabará algún día...

-Quizá mi liberación llegará y podré pasear otra vez por la plaza del Plebiscito cuando sea viejo, o con una peluca rubia. Pero no lo creo. Nápoles no sólo no olvida, también siente rencor. Gomorra ha saltado la tapa de tantos silencios... No me lo perdonarán nunca. Me dicen: "Estás ganando pasta con la monnezza (basura), ¿eh?", o "deja de escribir gilipolleces, buffone". Los escoltas se indignan más que yo, y tengo que decirles que me deben defender de los ataques físicos, no de los espirituales.

-Orhan Pamuk se ha ido de Turquía.

-Europa, con México, es hoy el lugar de más riesgo para los escritores. Al autor de El Padrino búlgaro le mataron de un tiro en la cabeza. A Politovskaia y a la periodista que retomó su trabajo, también... Les da miedo el autor que consigue hacer llegar el mensaje fuera del territorio.

-¿Piensa mucho en su propia muerte?

-Bastante. Me dicen que el TNT es lo peor, a mí me dan más miedo las balas. Sé que me lo harán pagar, está escrito. Convivo tanto con eso, que ya ni me asusta. Cuando lleguen, que llegarán, será dentro de un tiempo. La tensión me defenderá unos años. Mientras tanto, ellos y sus 200.000 seguidores, y tantos políticos que intentan minimizarlo, que dicen que son exageraciones, seguirán con la difamación. Dirán que he copiado, que soy un payaso. Se lo decían a Falcone. Y él le dijo a su hermana una cosa tremenda. Que no se defendía de la calumnia porque se defiende sola, y que la Mafia le haría un favor matándole porque así quedaría claro que no era un arribista y decía la verdad.

-No podemos terminar así. Su arma es la palabra y la verdad, y son más poderosas que las balas.

-Contar la verdad me ha ayudado a alejar las sombras que tenía encima y dentro. En parte han ganado ellos, por hacerme vivir así. Pero por otro lado han perdido. En Facebook hay miles de jóvenes discutiendo sobre la Camorra. Me han destruido la vida, pero lo que yo he hecho ya no es mío. Es de los niños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de febrero de 2009