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Análisis:Conflicto social en Grecia

El invierno del descontento

Con una larga tradición de rebeliones y avalados por el recuerdo de la explosión estudiantil del 17 de noviembre de 1973 que precipitó la caída de la dictadura de los coroneles (1967-1974), la revuelta de los jóvenes que azota estos días Grecia parece marcar el principio del fin de un sistema político y social dominado durante demasiados años por el clientelismo y la corrupción.

La muerte de un balazo del estudiante Alexandros Grigoropulos, de 15 años, el pasado sábado, ha servido de espoleta para una protesta generalizada y heterogénea de las clases medias y bajas contra un Estado ineficiente, una clase política endogámica y una sociedad civil raquítica.

Tras la recuperación de la democracia de la mano de Constantinos Karamanlis, tío del actual primer ministro, Grecia ingresó en la Comunidad Europea en 1981 y empezó a recibir unos fondos imprescindibles para su modernización. El proceso lo controló Andreas Papandreu, un político con un carisma excepcional, que logró cerrar las heridas de la guerra civil (1946-1949) y dar de una vez por todas articulación política a la izquierda griega a través de su partido, el Pasok.

Pero Papandreu, padre del actual líder de la oposición, tendía más al nacionalismo populista que al reformismo socialdemócrata y a su muerte dejó a los socialistas griegos huérfanos y con el alma escindida entre pragmáticos de inclinaciones liberales -también en Grecia se habló de la beautiful people- y fundamentalistas de aquel artefacto llamado "socialismo del sur" o "socialismo mediterráneo". La solución al dilema fue la ascensión al poder de Costas Simitis, una alternativa tecnocrática, que durante sus ocho años de Gobierno se esforzó en hacer los deberes para entrar en el euro, lo que al final se logró, en 2002, con un maquillaje de las cuentas públicas que dejó sin palabras a más de un funcionario europeo. Volvieron entonces los Juegos Olímpicos a Atenas y su secuela de obras públicas, volvió la derecha al poder, al calor de las irrenunciables privatizaciones, y se dispararon los precios y la llegada de inmigrantes y de refugiados de las guerras de los Balcanes.

Pero las reformas de la Administración, de los servicios públicos, de la educación, de la sanidad y de la vivienda siguieron esperando. En Grecia es normal que los estudiantes acudan a academias privadas para solventar la deficiente enseñanza pública y gratuita que reciben, para encontrarse a veces con su mismo profesor; es habitual pagar un pequeño soborno en los hospitales para obtener un mejor tratamiento médico y es corriente desesperarse con el restrictivo horario de los comercios o la negligencia de la burocracia.

Con un paro juvenil próximo al 23% y un auténtico océano entre los ingresos y los precios, era sólo cuestión de tiempo que la olla estallase. Durante muchos años se dijo que en Grecia el Estado de bienestar lo garantizaban las abuelas. Hoy, en plena crisis económica global, la broma parece haber tocado fondo. El invierno del descontento se ha anticipado en Grecia, pero probablemente aún esté por llegar a otros países mediterráneos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de diciembre de 2008