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Adiós a un mito de Hollywood

La eterna seducción

Ha sido elegante y discreto hasta para morirse. No puede ser de otra forma cuando esa actitud vital no responde a una careta estratégica sino a la autenticidad. Hace unos meses comunicó que se lo llevaba la muerte, que la esperaría en su casa rodeado de las personas que amaba, que no le dieran la brasa ni montaran productivos circos con su agonía, que le dejaran irse tranquilo al otro barrio. Algo muy consecuente en alguien que jamás montó numeritos ni practicó el exhibicionismo, aficiones lamentablemente repetidas en el universo de esos seres con una luz y un talento especial que han alcanzado el estrellato. Y yo sentí ante la despedida de ese desconocido que algo se me rompía por dentro, que era como si la palmara alguien cercano por el que sientes tanto respeto como admiración, un ser que te ha regalado muchas e impagables sensaciones en el curso del tiempo.

Desde la primera vez que le iluminó una cámara, este tipo escandalosamente guapo estaba destinado al amor incondicional y eterno de ésta. También a que ella contagiara esa fascinación a los espectadores de cualquier parte con un mínimo sentido del gusto. Del Newman joven es incuestionable su hermosura pero también la tendencia a la sobreactuación, a los tics que deja impresos el pretencioso, narcisista, psicológico y retorcido Método. Ello no impidió que cuando tenía 30 esplendorosos años, bajo la mirada lúcida y sobrecogedora de Robert Rossen creara al inmortal Eddie Felson en esa reflexión genial y estremecedora sobre el triunfo y el fracaso, artistas y explotadores, pecado y redención, soledad y desesperación, miedo y desafío, titulada El buscavidas. Pero cuando este hombre llega a la conclusión de que ya sabe cómo expresar lo máximo con lo mínimo, cuando le sale alguna arruga en el rostro y en el alma (debe de ser complicado sobrevivir emocionalmente al suicidio de un hijo), sus interpretaciones de cualquier tipo de personaje alcanzan una hondura, una precisión, un magnetismo y una verdad incomparables. En comedia y en drama, dando vida a personajes cotidianos o excepcionales. Cualquiera de sus interpretaciones constituye un espectáculo, algo que siempre te va a compensar independientemente de la calidad del producto final. Junto al grandioso pero a veces muy pasado Brando, ver y oír a Newman representa la plenitud de la hipnosis, la imposibilidad de desconectar ante una presencia y una personalidad majestuosas. Te enamora cuando ríe, cuando sufre, cuando se gusta, cuando anda perdido, cuando es fuerte, cuando está desvalido, cuando tiene miedo, cuando es el más chulo, cuando bromea, cuando se pone serio. Sus registros son muy amplios. Hará que te creas a sus personajes aunque nunca puedas olvidar que esos hombres siempre son Paul Newman. O sea, seducción en estado puro. De joven y de viejo, intemporal, con efecto perdurable para los espectadores del próximo siglo. Jamás fue una moda o un lujoso producto de marketing. Newman era más que un actor; constituía un género. No tiene reemplazo. Se ha ido el más grande.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de septiembre de 2008