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COLUMNA

Cómo salir a flote, o no

Este no es país para racionalistas. Ahora que la crisis es incluso un recurso publicitario, la clase política la reconoce y la empresarial mira para otro lado. Con todos los matices que se quiera, pero por éstas que son cruces. En su comparecencia de anteayer en el Parlamento, Emilio Pérez Touriño rebajó en ocho décimas las previsiones del crecimiento del PIB del 2,8% de la última revisión y del 3,5% sobre el que se habían calculado los presupuestos. Sin embargo, esto no impide al empresario autóctono tener confianza en sus posibilidades para lo que resta de año: el 78,6% asegura que su cifra de negocio se incrementará, y el 64,3% que mejoró su facturación en el segundo trimestre, según el Barómetro elaborado por la consultora Deloitte para EL PAÍS. Siete de cada diez consultados aseguran que cerrarán el ejercicio con un aumento de su cifra de negocio. El excedente empresarial "le ha dado un buen mordisco a la tarta del valor añadido y se ha disparado hasta el 43,73% del PIB, una cuota récord en más de dos décadas", analizaba también este periódico hace diez días.

O sea, que el idioma gallego, además de malo para la economía, es fatal para el empleo

Aunque hijo de industrial, soy un asalariado genético y tengo un respeto de menestral que da nerviosamente vueltas a la boina en presencia de cualquier representante o símbolo de la clase que administra el dinero. Como lo ignoro todo sobre macroeconomía, me inclinaba a pensar que, para salir a flote, las medidas de los gobiernos suelen tener una influencia relativa. Si los economistas ni siquiera se ponen de acuerdo sobre si el New Deal que impulsó Roosevelt para sacar a Estados Unidos de la crisis del 29 acortó o alargó la recesión, menos podemos esperar de decisiones como congelar los sueldos de los altos cargos, sustituir las bombillas incandescentes por las de bajo consumo o andar descorbatado.

Pero algo habrá que hacer. En Galicia, el sobado ejemplo irlandés no vale porque Irlanda es una nación independiente y planifica su economía como le presta. Mi optimismo escéptico basaba más esperanzas de recuperación en los estímulos para la creación de empresas. Uno muy sencillo: facilitar que se creen. Aquí se necesitan 47 días de trámites non stop y visitar al menos diez oficinas para constituir una. En Gran Bretaña llegan 18 días, 13 en Italia (pese a su fama), 8 en Francia, 5 en Estados Unidos y en Dinamarca, 3 en Canadá y 2 en Australia. También imagino que sería una ayuda para las economías modestas que el 70% de los ingresos del IRPF no lo aportasen los asalariados, y aclarar paradojas como que el importe medio de los ingresos de los trabajadores sea (datos de 2003) de 20.307 euros, mientras lo declarado por los empresarios osciló entre los 13.701 y los 11.923.

Las opiniones de los expertos van por otro lado. Según las conclusiones a las que han llegado los directivos del Club Financiero de Vigo, una de las razones de que el crecimiento económico se desplome del 3,5% previsto al 2% pelado es que el gallego (el idioma) es malo para los negocios, porque muchos capitanes de industria toman otros rumbos ante el peligro de que sus retoños embarranquen y naufraguen en los escollos del vernáculo escolar obligatorio. Ignoro si las instituciones como el Club Financiero de Vigo son círculos de análisis, grupos de presión, reposo del guerrero empresarial o instituciones hosteleras con ínfulas, pero o no tienen razón o el gallego sigue siendo un idioma con connotaciones de clase (perdonen la antigualla conceptual). Hace años, el que era delegado para Galicia y Asturias de uno de los entonces grandes bancos contaba su metedura de pata al acceder al cargo. Andaluz de nacimiento, trabajó toda su vida en Cataluña, así que juzgó un detalle de educación endosarle a sus subordinados el discurso de bienvenida en gallego. "Advertí que pasaba algo raro cuando vi que se abrían algunas bocas", recordaba divertido.

Sigo en la duda, a pesar de la comparecencia en Cortes del presidente Zapatero, y de que comparto el exabrupto de Isaac Asimov: "En primer lugar acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de este invento de que no saber nada es un signo de sabiduría". Así que me inclino porque el Club vigués tiene razón, sobre todo por la conversación que escuché el otro día entre una señora que le recomendaba a otra una asistenta: "Está bien, si no te importa que conteste al teléfono en gallego". O sea, que el gallego, además de malo para la economía, es fatal para el empleo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de septiembre de 2008