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LA ZONA FANTASMA COLUMNA i

¿Por qué tantas mujeres están tan furiosas?

Uno de los mayores tópicos soltados por mujeres desde hace decenios -también por varones a los que esas mujeres convencen y hacen cautivos- consiste en la idea de que los pobrecitos hombres ya no saben qué hacer ni cómo conducirse y andan acomplejados y desorientados. Es rara la entrevista con una actriz, escritora o cantante en la que éstas no expresen en algún momento su conmiseración, si no desprecio, por los integrantes del sexo masculino. Tampoco es raro oír estos comentarios en diálogos de películas o de televisión, así como, en la vida, chistes despectivos o maternalistas y descalificaciones globales: "los hombres son tan simples", o "sólo piensan con la polla", o "son un mal necesario", por mencionar tres lugares comunes que, cuando dichos u oídos, parecen reconfortar a muchas mujeres. Y cuando éstas repiten por enésima vez estas nociones trilladas, los varones no protestan ni se ofenden, y en cambio la mayoría de ellas ríen invariablemente la supuesta y novedosa gracia. Así que hoy nos encontramos con una situación curiosa: las mujeres pueden echar pestes de los varones en su conjunto sin que nadie se escandalice ni queje ni llame la atención a las denostadoras, mientras que cualquier chascarrillo equivalente por parte de un hombre le acarrearía perder su empleo (si es un profesor o un político, por ejemplo) o caer en el descrédito.

Pero no es este desequilibrio lo que me preocupa. Al fin y al cabo, durante siglos fueron los varones los que hicieron burla de las mujeres, los que las tildaron de tontas e incapaces y les negaron el voto y antes el alma. Quizá no tenga mucho de particular que ahora haya un buen grupo de ellas -sin duda las más elementales- que deseen resarcirse y aun tomarse la revancha. Son las más miméticas, las que piensan "Ahora nos toca a nosotras" y lo pasan en grande copiando las actitudes de los hombres más brutos del pasado, sólo que dándole la vuelta a la tortilla. Lo que me parece preocupante no son estas mujeres que -aunque de modo rudimentario- tanto se divierten, sino el gran número de ellas que, por el contrario, se diría que viven en la permanente furia.

El último artículo que aquí publiqué antes de mi respiro de agosto hablaba de las antiguas esposas y madres que se veían confinadas al exclusivo ámbito doméstico, y condenadas a conocer el resto del mundo sólo de manera indirecta, a menudo a través de sus maridos; y lamentaba que a lo largo de la historia fueran tantas las generaciones que se habían visto obligadas a desperdiciarse. Y decía, entre otras cosas: "Cuántas existencias dedicadas a procrear y a proteger y a formar a los jóvenes miembros de la especie, tarea admirable, pero limitada y con fecha de caducidad". Había simpatía y lástima por esas existencias "recortadas", en muchos casos no elegidas sino impuestas o heredadas. Pero las cartas furiosas no se hicieron esperar: algunas se han leído aquí, otras me fueron remitidas. Se me ha acusado de denigrar a las esposas y madres de la historia entera, se me ha espetado que muchas amas de casa eran sin embargo cultas y leían la prensa y muchos libros (como si eso no fuera conocer el mundo de manera indirecta), que he faltado al respeto a quienes han llevado y llevan a cabo la más importante misión de la humanidad, la de dar a luz hijos y criarlos, y hasta una señora se ha empeñado en que yo había insultado personalmente a su madre (Dios me libre). Añadía yo en mi pieza esta frase: "Imaginar hoy a una mujer que por elección no trabaje, o sin vida propia, produce bostezos ...", lo cual, es evidente -mis artículos son de opinión-, quiere decir que a mí me los produce. Alguien que me hablara sólo de sus niños y de sus problemas domésticos y vecinales -o de lo que ve en la tele, que a fin de cuentas es un electrodoméstico- me aburriría mucho, qué quieren.

Mi columna era, en suma, una deploración por el papel secundario, casi ancilar, que se ha asignado a demasiadas mujeres, y una incitación a las actuales a seguir la senda ya emprendida por la mayoría: a no conformarse con eso, a sentirse en igualdad de condiciones con los hombres, a no permitir que sean ellos quienes les cuenten y muestren la vida y el mundo, ni tampoco sus hijos ya crecidos; a no agacharse ni resignarse. Pues bien, no quiero ni imaginar las cartas que habrían llegado si hubiera hecho yo una loa del ama de casa, y hubiera manifestado lo que las mujeres que me han escrito han afirmado: que las meras esposas y madres son divertidísimas, que están al tanto de todo aunque nunca hayan trabajado fuera de sus hogares, que sus maridos no sólo no se aburren con ellas, sino que están contentísimos de que hayan optado por la vida familiar y hayan renunciado a casi cualquier otra. Diga uno lo que diga sobre cuestiones concernientes a una parte u otra de la población femenina, salen mujeres furiosas de debajo de las piedras. Esto es lo que me parece más preocupante, porque empiezan a recordarme a los nacionalistas más fanáticos, los cuales sostienen que nadie que no pertenezca a su casta puede entenderlos (como si el nacionalismo fuera complejo), ni opinar, ni hablar de ellos. A lo cual hay que responder que no hace falta ser gallina para saber si un huevo está podrido. Sólo faltaría que la mitad de la humanidad no pudiéramos decir una palabra sobre la otra mitad, la que nos completa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de septiembre de 2008