Reportaje:

Hamás resiste el bloqueo israelí

La población de Gaza sufre cada día mayores penurias un año después de que elgrupo islamista tomara el poder - Lo único positivo es la seguridad en las calles

El catedrático de Economía Isam Buhaisi no emplea la novedad de los burros-taxi que cubren las distancias cortas para quienes acarrean bultos. Acude cada día a la universidad -"con los zapatos agujereados", dice- en un autobús atestado de profesores. Su coche está aparcado hace dos meses. "Compré un litro de gasolina en el mercado negro sólo para ponerlo en marcha. Me costó seis euros". Apenas hay tráfico. Hasta los guardias que ordenaban el tránsito, ya innecesarios, han desaparecido de los cruces. Los conductores adquieren cupones para acceder a la gasolina racionada: 20 litros por semana.

Un año después de que Hamás se alzara con el poder en Gaza, Israel mantiene un bloqueo económico asfixiante -definido como "crimen contra la humanidad" por organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales- a "la mayor cárcel del mundo". El millón y medio de habitantes de la franja comen. Poco más.

No se asaltan comercios, ni se roban coches, ni se escuchan disparos
Haniya resiste. La economía, no. Pobreza y paro son rampantes
"Hamás ha perdido apoyo popular, pero no demasiado", dice un catedrático

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En enero de 2006, el movimiento islamista venció en las elecciones. Nadie puso en duda su triunfo, pero nadie lo aceptó. Israel, los países occidentales, Egipto, Jordania y la Autoridad Palestina, encabezada por Mahmud Abbas, se pusieron manos a la obra para derribar el Gobierno de Hamás. Los cuerpos de seguridad del presidente orquestaron el caos y el abismo de la guerra civil planeó sobre Gaza. Medio millar de palestinos murieron en la lucha fratricida entre los cuerpos de seguridad y la milicia de Hamás hasta que los islamistas expulsaron a sus rivales el 14 de junio de 2007 y se hicieron con el control total del territorio ocupado. El Gobierno de Ismail Haniya resiste. La economía, no. Pobreza y desempleo son rampantes. "Al pueblo palestino no le perdonan haber elegido a Hamás", razona Buhaisi.

Anda mucho la gente de la franja. En la ciudad de Gaza, camino de restaurantes que carecen de gas para cocinar, Buhaisi quema leña para cocinar, como en miles de hogares. Los automovilistas utilizan aceite refrito de falafel (croquetas) en lugar de diésel. Apesta el humo que desprenden los tubos de escape.

Es de lo poco que contamina porque hablar de actividad productiva es un sarcasmo. "El 92% de las fábricas ha cerrado por falta de materias primas o combustible; el 65% de las empresas de servicios ha echado el cierre; el sector textil y el de la construcción se han desplomado; el desempleo alcanza el 75%", enumera Buhaisi.

¿Y cómo se sobrevive? Paradójicamente, dinero no falta. El Gobierno se las apaña. Introducir armas por los túneles de Rafah, en la frontera con Egipto, es complicado. Transportar maletas cargadas de dólares es sencillo.

La divisa estadounidense -ni eso ayuda- se ha hundido respecto al shekel, la moneda israelí de curso legal en los territorios palestinos. "Un kilo de carne de ternera cuesta tres veces más que hace un año. El precio de la fruta ha subido el doble y el de la ropa se ha multiplicado por cuatro, y es de pésima calidad", explica el catedrático. La familia, institución que goza de salud de hierro, y las ayudas alimentarias de Naciones Unidas son vitales para soportar el asedio. No todo es desalentador.

Hoy impera el orden. La oleada de secuestros de occidentales acabó, no se asaltan comercios, ni se roban coches, ni gánsteres armados pululan por las calles. No se escuchan disparos ni en las bodas. Es el único logro del Ejecutivo de Haniya. Pero no es una cuestión menor para una población que ha sufrido los efectos de una clase política corrupta que sigue manejando los hilos en Cisjordania.

"Lo primero que te diré es que yo soy de Al Fatah. Pero antes tenía que acompañar a mi hija al colegio, a 200 metros de mi casa. Ahora, mi familia va donde quiere", comenta el comerciante Abu Musab. "El problema", añade, "es el bloqueo". "Si abrieran las fronteras viviríamos muy bien", dice.

Las penurias ceden ante el recuerdo de los 12 meses aciagos en que Hamás y Al Fatah se enzarzaban a tiros desde cada azotea. El movimiento fundamentalista ha unificado la miriada de cuerpos policiales, ha creado juzgados, expulsa de los ayuntamientos a los funcionarios que rechazan trabajar -aunque cobran sus salarios- cumpliendo órdenes del presidente Abbas. Haniya paga religiosamente los sueldos.

Los islamistas no dudan. Resistirán. A toda costa. Porque están persuadidos de que la mayoría de la población les apoya. "No doblaremos la rodilla. Todos saben que el bloqueo es un castigo contra Hamás, pero también contra los derechos de los palestinos", explica Jalil Nofal, uno de los máximos dirigentes islamistas, en la orilla de una playa cada vez más contaminada por aguas negras. "Ahora", continúa, "tratamos de facilitar la vida cotidiana. Fomentamos la agricultura, perseguimos a los especuladores, y hemos recortado los salarios de los funcionarios para atender otras necesidades".

Nadie atisba un levantamiento contra el Gobierno de Haniya. Ni sus más acérrimos adversarios. Alaa Abu Amer, antiguo alto funcionario en el Ejecutivo de Abbas, airea su antipatía hacia Hamás. "La experiencia de los islamistas no ha gustado. Son un pésimo ejemplo para Egipto. Por eso Estados Unidos impulsó los ataques contra Hamás. Pero representan al 40% de la población". Y a ello se añaden factores cruciales.

"Hamás ha perdido apoyo popular, aunque no demasiado. La gente sabe que sus dirigentes no se enriquecen, transportan a personas que esperan en cada esquina, sus hijos luchan contra Israel mientras los hijos de los jefes de Al Fatah estudian en el extranjero. Y, muy importante, todos ven que en Cisjordania no gobierna Hamás y la situación en Kalkilia, Nablus o Yenín es lamentable", agrega Buhaisi. Las redadas del Ejército israelí son incesantes, el expolio de tierras privadas palestinas para ampliar asentamientos es imparable, viajar de una ciudad a otra es un tormento...

Los esfuerzos de Hamás se centran ahora en pactar una tregua con Israel que permita la apertura de los cruces fronterizos y un alivio al cerco que necesitan como el aire. Están convencidos de que tarde o temprano lo conseguirán, aunque antes aguardan un severo castigo en forma de bombardeos. Pero eso no es novedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 14 de junio de 2008.

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