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Reportaje:61º Festival de Cannes

El vacío con pretensiones de Wim Wenders

El realizador alemán presenta una aburrida película

A principios de los años sesenta, un joven director alemán llamado Wim Wenders describía el viaje nihilista y sin meta de hombres atormentados que huían de algo intentando buscarse a sí mismos. El vagabundeo de estos solitarios por pueblos y ciudades olvidadas de Alemania estaba expresado con imágenes potentes en películas sugerentes y líricas, en blanco y negro, con los diálogos justos. Se titulaban Alicia en las ciudades y En el curso del tiempo. Cambió de escenario en Paris-Texas. Allí un hombre con gesto alucinado caminaba incansablemente a través del desierto y atravesando carreteras secundarias para encontrar al amor perdido.

Wenders no ha parado desde entonces de hacer películas desarrollando esa obsesionante temática, pero su cine está seco, descafeinado, huele a impotencia creativa, a fórmula, a pesadez, a manierismo, a lamentable degradación de lo que antes estuvo admirablemente expresado. Ha presentado en Cannes Cita en Palermo. Con resultados patéticos. Durante la proyección había gente que desertaba de la sala ante la pretenciosa oquedad de lo que estaban viendo y oyendo, y en la posterior rueda de prensa la sala estaba semivacía, algo muy triste en el caso de uno de los directores más ancestralmente mimados por los festivales de cine.

El filme francés 'Entre les murs' hace didactismo del bueno

En esta ocasión se trata de un reputado fotógrafo de moda que decide escapar porque se cree perseguido por un enemigo invisible. Igualmente su vida anda en naufragio sentimental y aunque se lo disputen las top-model y las más prestigiosas campañas cree que su cámara está prostituida, que ha renunciado a captar los misterios y la esencia de las personas y las cosas. Buscándose a sí mismo (a estas alturas, tan mayores ya el desesperado protagonista y su estéril creador) aterrizará en la enigmática Palermo donde una restauradora de arte le ayudará a descubrir los agresivos fantasmas que le acosan. No me pregunten si lo consigue o no. Da igual.

Todo suena a impostura en el problemático viaje de este pavo de diseño que fotografía con ínfulas de arte el exótico entorno, se pone ciego de alcohol para adormecer su sufrimiento interno y nunca se despega de unos auriculares que vomitan la música con la que se identifica su apesadumbrado estado de ánimo. Wenders siempre ha sido un melómano con excelente gusto y la música que escuchamos es muy buena, pero el resto de la peripecia existencial es tedioso y suena a falso. Incluso grotesco cuando aparece sin ningún motivo el espíritu de Lou Reed dándole consejos de supervivencia al angustiado. También aparece Dennis Hopper, el antiguo amigo americano, encarnando a la amenaza paranoica. Cita en Palermo provoca sensaciones que están entre el aburrimiento y la vergüenza ajena. Satura la vana acumulación de pretensiones poéticas y psicológicas. Ojalá que Wenders vuelva a ser el que fue alguna vez, que recupere la inspiración, pero la cosa está muy chunga.

Todo lo contrario ocurre en la película francesa Entre les murs. La dirige Lauren Cantet, un hombre que sabe extraer verdad y sentimiento a sus personajes, como demostró en Recursos humanos y El empleo del tiempo. En esta ocasión hace didactismo del bueno con un estilo cercano al docudrama al retratar la experiencia de un profesor joven que comienza a dar clase de francés en un colegio conflictivo y mestizo, poblado mayoritariamente por hijos de la inmigración que sienten alergia ante la autoridad. Es una película que respira autenticidad, que huye del maniqueísmo, con chavales que no interpretan sino que son ellos, que reproduce con matices y humanismo una complicada realidad.

Barry Levinson es un autor tan ambicioso como irregular que, a veces, ha acertado memorablemente en comedia y en drama como lo demuestran Dinner y Sleepers, ha sido el encargado de clausurar el festival con What just happened? La mirada de Levinson sobre las tribulaciones de un acorralado productor de Hollywood, dependiente de los caprichos de su agresiva estrella, la negativa de un director punky a cambiar el arriesgado y salvaje final de su película, la presión de los financieros, la relación psicoanalítica que mantiene con su ex mujer, el acoso de trepas voluptuosas, el trapicheo con agentes enloquecidos, es tan ácida como divertida. También sirve para recuperar en una actuación sobria y magnífica de Robert de Niro, un actor que andaba perdido e insoportablemente histriónico desde hacía demasiado tiempo, desde sus magistrales composiciones en Heat y Casino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2008